La reforma de la FIFA no puede esperar
La FIFA actúa simultáneamente como regulador y como uno de los principales actores económicos del mercado que regula. Dicta las normas, controla el acceso a las competiciones, ejerce potestades discip
La reforma de la FIFA no puede esperar La FIFA actúa simultáneamente como regulador y como uno de los principales actores económicos del mercado que regula. Dicta las normas, controla el acceso a las competiciones, ejerce potestades disciplinarias y, al mismo tiempo, obtiene beneficios de ese mismo sistema El presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Tom Weller / dpa 18 de agosto de 2026 22:03 h Actualizado el 19/08/2026 05:30 h 1 Cada nueva polémica que rodea a la FIFA suele reabrir el mismo debate: ¿basta con sustituir a sus dirigentes o ha llegado el momento de transformar la institución?
La última década ofrece una conclusión clara. Tras los escándalos de corrupción de 2015, muchos dieron por hecho que comenzaba una nueva etapa. Lo mismo ocurrió durante el litigio de la Superliga Europea.
Sin embargo, el patrón se ha repetido una y otra vez: cambian los protagonistas, pero el modelo de gobierno permanece intacto. El verdadero problema no son las personas, sino las reglas que concentran el poder y dificultan cualquier control efectivo. Que nadie se engañe: Infantino no es EL problema, sino el resultado de los problemas estructurales de la FIFA.
La FIFA ha dejado hace tiempo de ser una organización dedicada exclusivamente a gestionar competiciones deportivas. Hoy ejerce una enorme influencia económica, política y cultural. Las controversias recientes —desde su creciente protagonismo político hasta las propuestas para ampliar la comercialización del Mundial mediante inversión privada— no son episodios aislados, sino la manifestación de un modelo institucional que ha llegado a sus límites.
La reforma de la FIFA no puede esperar La FIFA actúa simultáneamente como regulador y como uno de los principales actores económicos del mercado que regula. Dicta las normas, controla el acceso a las competiciones, ejerce potestades disciplinarias y, al mismo tiempo, obtiene beneficios de ese mismo sistema El presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Tom Weller / dpa 18 de agosto de 2026 22:03 h Actualizado el 19/08/2026 05:30 h 1 Cada nueva polémica que rodea a la FIFA suele reabrir el mismo debate: ¿basta con sustituir a sus dirigentes o ha llegado el momento de transformar la institución?
La última década ofrece una conclusión clara. Tras los escándalos de corrupción de 2015, muchos dieron por hecho que comenzaba una nueva etapa. Lo mismo ocurrió durante el litigio de la Superliga Europea.
Sin embargo, el patrón se ha repetido una y otra vez: cambian los protagonistas, pero el modelo de gobierno permanece intacto. El verdadero problema no son las personas, sino las reglas que concentran el poder y dificultan cualquier control efectivo. Que nadie se engañe: Infantino no es EL problema, sino el resultado de los problemas estructurales de la FIFA.
La FIFA ha dejado hace tiempo de ser una organización dedicada exclusivamente a gestionar competiciones deportivas. Hoy ejerce una enorme influencia económica, política y cultural. Las controversias recientes —desde su creciente protagonismo político hasta las propuestas para ampliar la comercialización del Mundial mediante inversión privada— no son episodios aislados, sino la manifestación de un modelo institucional que ha llegado a sus límites.