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Internacional
lunes, 3 de agosto de 2026

Las 'Cataratas de sangre' de la Antártida revelan los restos de un mar desconocido y oculto bajo el hielo

Las llaman 'Cataratas de sangre' y, como se puede ver en la imágen, el nombre es más que merecido. Están en la Antártida y, aparte de su color carmesí, tienen la particularidad de brotar del mismísimo

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Las 'Cataratas de sangre' de la Antártida revelan los restos de un mar desconocido y oculto bajo el hielo Un nuevo estudio confirma que los microbios de la icónica cascada carmesí provienen de un antiguo mar que quedó aislado bajo el hielo hace millones de años justo debajo del inmenso glaciar Taylor Regala esta noticia Añádenos en Google Los investigadores de este estudio recolectaron muestras en Blood Falls, un accidente geográfico del glaciar Taylor, en la Antártida, donde emerge una salmuera subglacial rica en hierro que crea el llamativo flujo rojo que desemboca en el lóbulo oeste proglacial del lago Bonney. (Bryan Minnea) José Manuel Nieves 03/08/2026 a las 17:02h. Las llaman 'Cataratas de sangre' y, como se puede ver en la imágen, el nombre es más que merecido. Están en la Antártida y, aparte de su color carmesí, tienen la particularidad de brotar del mismísimo hielo.

Un enigma visual que, durante más de un ... siglo, ha desconcertado a exploradores y científicos por igual. Ahora, un nuevo y revelador estudio acaba de abrir una ventana a un mundo perdido en el tiempo, demostrando que esta peculiar 'sangre' terrestre esconde los restos vivos de un océano milenario. El hallazgo, publicado en 'Nature Geoscience', aporta las pruebas definitivas que la ciencia llevaba años buscando.

Liderado por la investigadora Angela Zoumplis, el trabajo demuestra que estas aguas escarlata albergan una intrincada comunidad de microorganismos de origen estrictamente marino. Y eso significa algo verdaderamente asombroso: el sistema de salmuera oculto bajo el implacable glaciar Taylor no es un mero charco helado y aislado, sino que se trata de los restos encapsulados de un océano antiguo. El misterio de Griffith Taylor La historia de este remoto y gélido paraje comienza en 1911.

Fue entonces cuando el intrépido geólogo australiano Thomas Griffith Taylor, en plena era de la exploración antártica, se topó con lo que parecía una herida abierta y sangrante en medio del blanco paisaje de los Valles Secos de McMurdo. Al principio, Taylor y sus colegas pensaron que el inusual color rojo era culpa de unas algas. Tuvieron que pasar varias décadas para que análisis posteriores demostraran que el verdadero 'pintor' de esas aguas era, sencillamente, el óxido de hierro.

Noticia relacionada Hallan el primer hueso de dinosaurio de la Antártida tras 40 años olvidado en un cajón Lorena Gamarra El agua que asoma a la superficie es una salmuera (agua con una concentración extrema de sal) saturada de hierro. Al entrar en contacto directo con el oxígeno atmosférico, se oxida al instante. Dicho de otro modo, la cascada se oxida en tiempo real frente a nuestros ojos.

Pero, ¿de dónde sale esta agua líquida en un rincón del mundo donde la temperatura media se desploma hasta los 17 grados bajo cero? Ya en 2017, un equipo dirigido por la investigadora Erin Pettit utilizó tecnologías de radar de penetración terrestre para escanear las entrañas del glaciar. Sus resultados, publicados en el 'Journal of Glaciology', revelaron una vasta y compleja red de ríos subterráneos.

La razón por la que esa agua no se congela a temperaturas extremas es la altísima cantidad de sal que contiene, que desploma el punto de congelación del líquido. Además, a medida que una pequeña fracción del agua sí se congela, libera lo que en física se llama 'calor latente', que derrite milimétricamente el hielo circundante y le abre camino a la salmuera como si fuera un soplete químico y silencioso. Un océano encerrado en el tiempo Sin embargo, lo que nadie lograba encajar en el rompecabezas era el origen geológico exacto de esa gigantesca bolsa de salmuera.

Y aquí es donde el exhaustivo trabajo del equipo de Zoumplis marca un antes y un después. Los científicos recolectaron y analizaron a fondo 167 muestras de agua, sedimento y aire procedentes de los Valles Secos de McMurdo para rastrear, mediante técnicas genéticas de última generación, el auténtico 'pedigrí' de estos escurridizos microbios. Newsletter Los datos no dejaron lugar a dudas.

Encontraron que los microorganismos, tanto eucariotas como procariotas, presentes en el hielo rojo y el barro del frente del glaciar estaban casi en su totalidad asociados a ambientes marinos. Esta es una diferencia radical frente a las zonas de alrededor, dominadas por bacterias terrestres o de agua dulce. Las cifras son contundentes: la proporción de células eucariotas compartidas con ecosistemas oceánicos cercanos era de un 9,34% en las cataratas, frente a un exiguo 1,15% en el resto de los Valles Secos.

«Los hallazgos -escriben los autores en su artículo- ofrecen nuevas perspectivas sobre cómo las comunidades microbianas pueden persistir a través de grandes transiciones ambientales». Y consideran que es imposible que estos 'inquilinos' marinos llegaran hasta allí simplemente arrastrados por los vientos polares en tiempos recientes. Sobrevivir en la oscuridad extrema Todo lo anterior dibuja un escenario que parece sacado de una novela de ciencia ficción.

Durante algún periodo cálido del pasado geológico terrestre (probablemente durante el Mioceno, hace más de 5 millones de años), las aguas del mar inundaron lo que hoy es el Valle de Taylor. Después, cuando el nivel de los océanos descendió y el clima volvió al frío extremo, el inmenso glaciar avanzó sobre la cuenca y selló aquella porción de mar como si alguien le hubiera puesto encima una gruesa tapa de plomo de 400 metros de grosor. Desde entonces, estos diminutos supervivientes marinos han permanecido herméticamente aislados.

Han subsistido durante millones de años sumidos en la más absoluta de las oscuridades, sin una sola molécula de oxígeno puro, 'respirando' sulfatos y hierro y reciclando incansablemente la materia orgánica de sus ancestros. Son, a todos los efectos, el equivalente biológico a encontrar una manada de dinosaurios vivitos y coleando en una remota caverna subterránea. Como subraya el equipo de investigación, el trabajo futuro sobre estos extremófilos nos ayudará a afinar mucho más la fecha en que el agua subglacial quedó prisionera, completando así la evolución de este desolado paisaje polar.

Pero el impacto de este estudio va mucho más allá de las fronteras de la Antártida, porque conocer a fondo esta 'cápsula del tiempo' nos proporciona el mejor campo de pruebas imaginable para nuestro próximo gran salto fuera del planeta. Porque si la vida es capaz de abrirse camino bajo el hielo perpetuo, triturando rocas para alimentarse y esquivando la congelación a base de química pura, ¿quién nos asegura que no está ocurriendo exactamente lo mismo ahora mismo en los océanos subterráneos de Marte, o bajo la corteza helada de Europa, la gran luna de Júpiter? La respuesta, teñida de un intenso color sangre, acaba de asomar a la superficie. comentarios Reportar un error Las 'Cataratas de sangre' de la Antártida revelan los restos de un mar desconocido y oculto bajo el hielo Un nuevo estudio confirma que los microbios de la icónica cascada carmesí provienen de un antiguo mar que quedó aislado bajo el hielo hace millones de años justo debajo del inmenso glaciar Taylor Regala esta noticia Añádenos en Google Los investigadores de este estudio recolectaron muestras en Blood Falls, un accidente geográfico del glaciar Taylor, en la Antártida, donde emerge una salmuera subglacial rica en hierro que crea el llamativo flujo rojo que desemboca en el lóbulo oeste proglacial del lago Bonney. (Bryan Minnea) José Manuel Nieves 03/08/2026 a las 17:02h.

Las llaman 'Cataratas de sangre' y, como se puede ver en la imágen, el nombre es más que merecido. Están en la Antártida y, aparte de su color carmesí, tienen la particularidad de brotar del mismísimo hielo. Un enigma visual que, durante más de un ... siglo, ha desconcertado a exploradores y científicos por igual.

Ahora, un nuevo y revelador estudio acaba de abrir una ventana a un mundo perdido en el tiempo, demostrando que esta peculiar 'sangre' terrestre esconde los restos vivos de un océano milenario. El hallazgo, publicado en 'Nature Geoscience', aporta las pruebas definitivas que la ciencia llevaba años buscando. Liderado por la investigadora Angela Zoumplis, el trabajo demuestra que estas aguas escarlata albergan una intrincada comunidad de microorganismos de origen estrictamente marino.

Y eso significa algo verdaderamente asombroso: el sistema de salmuera oculto bajo el implacable glaciar Taylor no es un mero charco helado y aislado, sino que se trata de los restos encapsulados de un océano antiguo. El misterio de Griffith Taylor La historia de este remoto y gélido paraje comienza en 1911. Fue entonces cuando el intrépido geólogo australiano Thomas Griffith Taylor, en plena era de la exploración antártica, se topó con lo que parecía una herida abierta y sangrante en medio del blanco paisaje de los Valles Secos de McMurdo.

Al principio, Taylor y sus colegas pensaron que el inusual color rojo era culpa de unas algas. Tuvieron que pasar varias décadas para que análisis posteriores demostraran que el verdadero 'pintor' de esas aguas era, sencillamente, el óxido de hierro. Noticia relacionada Hallan el primer hueso de dinosaurio de la Antártida tras 40 años olvidado en un cajón Lorena Gamarra El agua que asoma a la superficie es una salmuera (agua con una concentración extrema de sal) saturada de hierro.

Al entrar en contacto directo con el oxígeno atmosférico, se oxida al instante. Dicho de otro modo, la cascada se oxida en tiempo real frente a nuestros ojos. Pero, ¿de dónde sale esta agua líquida en un rincón del mundo donde la temperatura media se desploma hasta los 17 grados bajo cero?

Ya en 2017, un equipo dirigido por la investigadora Erin Pettit utilizó tecnologías de radar de penetración terrestre para escanear las entrañas del glaciar. Sus resultados, publicados en el 'Journal of Glaciology', revelaron una vasta y compleja red de ríos subterráneos. La razón por la que esa agua no se congela a temperaturas extremas es la altísima cantidad de sal que contiene, que desploma el punto de congelación del líquido.

Además, a medida que una pequeña fracción del agua sí se congela, libera lo que en física se llama 'calor latente', que derrite milimétricamente el hielo circundante y le abre camino a la salmuera como si fuera un soplete químico y silencioso. Un océano encerrado en el tiempo Sin embargo, lo que nadie lograba encajar en el rompecabezas era el origen geológico exacto de esa gigantesca bolsa de salmuera. Y aquí es donde el exhaustivo trabajo del equipo de Zoumplis marca un antes y un después.

Los científicos recolectaron y analizaron a fondo 167 muestras de agua, sedimento y aire procedentes de los Valles Secos de McMurdo para rastrear, mediante técnicas genéticas de última generación, el auténtico 'pedigrí' de estos escurridizos microbios. Newsletter Los datos no dejaron lugar a dudas. Encontraron que los microorganismos, tanto eucariotas como procariotas, presentes en el hielo rojo y el barro del frente del glaciar estaban casi en su totalidad asociados a ambientes marinos.

Esta es una diferencia radical frente a las zonas de alrededor, dominadas por bacterias terrestres o de agua dulce. Las cifras son contundentes: la proporción de células eucariotas compartidas con ecosistemas oceánicos cercanos era de un 9,34% en las cataratas, frente a un exiguo 1,15% en el resto de los Valles Secos. «Los hallazgos -escriben los autores en su artículo- ofrecen nuevas perspectivas sobre cómo las comunidades microbianas pueden persistir a través de grandes transiciones ambientales».

Y consideran que es imposible que estos 'inquilinos' marinos llegaran hasta allí simplemente arrastrados por los vientos polares en tiempos recientes. Sobrevivir en la oscuridad extrema Todo lo anterior dibuja un escenario que parece sacado de una novela de ciencia ficción. Durante algún periodo cálido del pasado geológico terrestre (probablemente durante el Mioceno, hace más de 5 millones de años), las aguas del mar inundaron lo que hoy es el Valle de Taylor.

Después, cuando el nivel de los océanos descendió y el clima volvió al frío extremo, el inmenso glaciar avanzó sobre la cuenca y selló aquella porción de mar como si alguien le hubiera puesto encima una gruesa tapa de plomo de 400 metros de grosor. Desde entonces, estos diminutos supervivientes marinos han permanecido herméticamente aislados. Han subsistido durante millones de años sumidos en la más absoluta de las oscuridades, sin una sola molécula de oxígeno puro, 'respirando' sulfatos y hierro y reciclando incansablemente la materia orgánica de sus ancestros.

Son, a todos los efectos, el equivalente biológico a encontrar una manada de dinosaurios vivitos y coleando en una remota caverna subterránea. Como subraya el equipo de investigación, el trabajo futuro sobre estos extremófilos nos ayudará a afinar mucho más la fecha en que el agua subglacial quedó prisionera, completando así la evolución de este desolado paisaje polar. Pero el impacto de este estudio va mucho más allá de las fronteras de la Antártida, porque conocer a fondo esta 'cápsula del tiempo' nos proporciona el mejor campo de pruebas imaginable para nuestro próximo gran salto fuera del planeta.

Porque si la vida es capaz de abrirse camino bajo el hielo perpetuo, triturando rocas para alimentarse y esquivando la congelación a base de química pura, ¿quién nos asegura que no está ocurriendo exactamente lo mismo ahora mismo en los océanos subterráneos de Marte, o bajo la corteza helada de Europa, la gran luna de Júpiter? La respuesta, teñida de un intenso color sangre, acaba de asomar a la superficie. comentarios Reportar un error Hallan el primer hueso de dinosaurio de la Antártida tras 40 años olvidado en un cajón Lorena Gamarra Freidora de aire, heladera y ventilador: mis 3 imprescindibles de SharkNinja para el verano Alejandra Santisteban Guiu Jordi Cruz, sobre sus inicios en televisión: «Tuve dos años que viví la noche en Madrid. Probé cosas, pero no me sentaron bien»

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Publicado por Redacción · lunes, 3 de agosto de 2026

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