La película de nuestras vidas
Mi generación creció con un VHS rebobinado en un bucle que hoy perdura como el primer día que leímos eso de «el amor y el dolor, la vida y la muerte, la sangre y las lágrimas, la carne y el espíritu,
La película de nuestras vidas Dijo Caro Romero que «la vida es una semana» y Juan Lebrón la dejó congelada en 40 minutos, que es el tiempo que va desde la subida del Calvario a la puerta que se cierra en San Lorenzo Regala esta noticia Añádenos en Google Javier Macías 05/08/2026 a las 21:36h. Mi generación creció con un VHS rebobinado en un bucle que hoy perdura como el primer día que leímos eso de «el amor y el dolor, la vida y la muerte, la sangre y las lágrimas, la carne y el espíritu, la eternidad y la ... finitud». Es la película de nuestras vidas, la que nos marcó el canon de la Semana Santa que hoy idealizamos, la que permanece o a la que aspiramos siempre volver.
En esa cinta está el tiempo detenido. El de las abuelas besando la mano del Gran Poder con la bolsa de la compra y el de esos niños asomados al escaparate de La Campana, que sigue siendo el anclaje de la memoria colectiva de la ciudad, porque es nuestro rito y nuestra regla. ¿Cómo será hoy el nazarenito rubio que lleva en brazos el diputado de cruz de la Borriquita, mientras suenan los tambores de la Centuria?
Dijo Caro Romero que «la vida es una semana» y Juan Lebrón la dejó congelada en 40 minutos, que es el tiempo que va desde la subida del Calvario a la puerta que se cierra en San Lorenzo. Es la crónica fija, inalterable, de ese Domingo de Ramos sin fecha en el que conocí a la Amargura mientras su rostro aparecía, como un cañaveral de luz y de oro, por el dintel de San Juan de la Palma, al son de los violines de la Sinfónica de Londres. O el milagro de Alcaine con la sombra proyectada del palio de la Estrella bamboleándose sobre la muralla del Alcázar, la del Amor en una fachada encalada de la calle Cuna.
O, ya en Lunes Santo, el espejo de Jesús de las Penas al salir de San Vicente con la melodía de Pantión, que sirve de banda sonora al Cristo de la Expiración entre los naranjos del Museo. La película sublimó la belleza del cielo de Sevilla en la noche del Jueves y la amanecida del Viernes Santo. Un helicóptero rodó alrededor de la Giralda, la primera y la última vez en la historia.
Porque Lebrón se empeñó en uno de sus sueños imposibles. Como el de tantas mujeres entre los cirios de escolta del Señor bajo la luna de Parasceve. O el de la calle Parras al ver llegar a la Macarena por Relator, con una bulla inmortal a la que apelamos siempre como seña de identidad.
Juan tuvo un último sueño antes de cerrar la puerta e irse con las campanas de Font de Anta: que su legado fuese un regalo para Sevilla que se proyectase en un lugar emblemático. Hasta en el río, si hiciese falta. Pero esa esperanza terminó con la soledad sin que nadie le acabara dando la mano.
Temas Semana Santa de Sevilla Cine Películas comentarios Reportar un error La película de nuestras vidas Dijo Caro Romero que «la vida es una semana» y Juan Lebrón la dejó congelada en 40 minutos, que es el tiempo que va desde la subida del Calvario a la puerta que se cierra en San Lorenzo Regala esta noticia Añádenos en Google Javier Macías 05/08/2026 a las 21:36h. Mi generación creció con un VHS rebobinado en un bucle que hoy perdura como el primer día que leímos eso de «el amor y el dolor, la vida y la muerte, la sangre y las lágrimas, la carne y el espíritu, la eternidad y la ... finitud». Es la película de nuestras vidas, la que nos marcó el canon de la Semana Santa que hoy idealizamos, la que permanece o a la que aspiramos siempre volver.
En esa cinta está el tiempo detenido. El de las abuelas besando la mano del Gran Poder con la bolsa de la compra y el de esos niños asomados al escaparate de La Campana, que sigue siendo el anclaje de la memoria colectiva de la ciudad, porque es nuestro rito y nuestra regla. ¿Cómo será hoy el nazarenito rubio que lleva en brazos el diputado de cruz de la Borriquita, mientras suenan los tambores de la Centuria?
Dijo Caro Romero que «la vida es una semana» y Juan Lebrón la dejó congelada en 40 minutos, que es el tiempo que va desde la subida del Calvario a la puerta que se cierra en San Lorenzo. Es la crónica fija, inalterable, de ese Domingo de Ramos sin fecha en el que conocí a la Amargura mientras su rostro aparecía, como un cañaveral de luz y de oro, por el dintel de San Juan de la Palma, al son de los violines de la Sinfónica de Londres. O el milagro de Alcaine con la sombra proyectada del palio de la Estrella bamboleándose sobre la muralla del Alcázar, la del Amor en una fachada encalada de la calle Cuna.
O, ya en Lunes Santo, el espejo de Jesús de las Penas al salir de San Vicente con la melodía de Pantión, que sirve de banda sonora al Cristo de la Expiración entre los naranjos del Museo. La película sublimó la belleza del cielo de Sevilla en la noche del Jueves y la amanecida del Viernes Santo. Un helicóptero rodó alrededor de la Giralda, la primera y la última vez en la historia.
Porque Lebrón se empeñó en uno de sus sueños imposibles. Como el de tantas mujeres entre los cirios de escolta del Señor bajo la luna de Parasceve. O el de la calle Parras al ver llegar a la Macarena por Relator, con una bulla inmortal a la que apelamos siempre como seña de identidad.
Juan tuvo un último sueño antes de cerrar la puerta e irse con las campanas de Font de Anta: que su legado fuese un regalo para Sevilla que se proyectase en un lugar emblemático. Hasta en el río, si hiciese falta. Pero esa esperanza terminó con la soledad sin que nadie le acabara dando la mano.
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