Loaisa y Elcano en el 'lago español'
Un vacío en el mapa. Así fue representado largo tiempo el océano Pacífico en el imaginario cultural y cartográfico occidental. Los caminos por los cuales ese vacío, el mayor océano del planeta, se con
LA TERCERA Loaisa y Elcano en el 'lago español' La expedición de Loaisa y Elcano, de la que se cumplen cinco siglos, marcada por la tragedia, abrió el Pacífico a la navegación española y transformó para siempre la historia global oceánica Regala esta noticia Añádenos en Google Retrato de Juan Sebastián Elcano. (ABC) Manuel Lucena Giraldo 03/08/2026 a las 19:41h. Un vacío en el mapa. Así fue representado largo tiempo el océano Pacífico en el imaginario cultural y cartográfico occidental.
Los caminos por los cuales ese vacío, el mayor océano del planeta, se convirtieron en el 'Lago español', tuvieron mucho que ver con una expedición marítima que costó la vida, hace justo cinco siglos, tanto a su comandante, el extremeño García Jofre de Loaisa, como al guipuzcoano Juan Sebastián Elcano, piloto veterano de la primera vuelta al mundo. Se trata de una historia imposible de explicar sin aludir a las apasionantes biografías de sus protagonistas. Aunque con toda naturalidad sobreviven 'lagos españoles' como emplazamientos urbanos o bajo forma lacustre, la expresión historiográfica se debe al singular geógrafo, por decir poco, Oskar H.
C. Spate. Nacido en Londres en 1911, de padre alemán y madre británica, Spate, fallecido en Australia en 2000, fue conocido por su peculiar sentido del humor.
Tras formarse en Cambridge y ser expulsado de una célula comunista por «frívolo e inconsistente», en 1937 fue contratado como profesor universitario en Birmania. Ya no abandonaría aquella zona del mundo. Tras la invasión japonesa, fue herido en un bombardeo.
Enviado a la India a recuperar la salud, se dedicó a la poesía y al mismo tiempo lo ocuparon en una oficina de censura militar. Reconocido como uno de los grandes geógrafos de Asia y Oceanía, Spate participó en la división de India y Pakistán. En 1953 fue contratado en Australia como asesor del ministerio de territorios.
Solo tras jubilarse de la universidad, en 1972, tuvo tiempo para rematar su obra maestra, largamente meditada, 'El lago español. El Pacífico desde Magallanes'. El volumen fue publicado en 1979 y, por fin, en español en 2006, gracias a la iniciativa de la Universidad nacional de Australia y Casa Asia.
Las explicaciones de Spate sobre el título elegido aludieron a su principal objetivo literario y científico, la identificación de un ámbito histórico y regional propio, no subordinado a la narrativa etnocéntrica europea y angloamericana. En sus propias palabras, «esta es una historia del Pacífico, no de los pueblos del Pacífico. No existía, ni podía existir, ningún concepto del 'Pacífico' hasta que los límites y contornos del océano fueron trazados, y eso fue innegablemente obra de los europeos».
En un proyecto intelectual volcado hacia las circunstancias posimperiales británicas, Spate se tropezó, sin buscarlo, podríamos decir, con los navegantes ibéricos, portugueses y españoles: «Estos aparecen –señaló– menos como conquistadores invencibles de lo que fueron reflejados en la historiografía del imperialismo; pero no menos heroicos y humanos por ello». Resulta fascinante que Spate reconociera el Pacífico como «una creación euroamericana construida sobre un sustrato indígena» y, al mismo tiempo, este enfoque lo arrastrara a establecer que había sido en los orígenes una experiencia histórica compartida, nada menos que 'el lago español'. Por supuesto quienes en la actualidad, desde un desconocimiento de la historia global oceánico, nunca mejor dicho, apelan a la expresión como reivindicatoria de una posición prohispanista opuesta a las ficciones negrolegendarias, deberían tomar nota y retornar a la verdadera historia hispana global para evitar así contiendas tóxicas.
Spate dedicó el cuarto capítulo a 'Los sucesores de Magallanes: De Loaysa a Urdaneta'. No supo entonces, no podía conocerlo, todo lo que hemos aprendido en las últimas décadas de investigadores formidables de los hechos hispanos globales del mar y la navegación. Muchos determinismos decimonónicos, basados en una supuesta 'idea de progreso' victoriana y darwinista, han desaparecido.
Las máscaras de Magallanes, Elcano y hasta del desgraciado Loaysa, a su sombra, no tienen por qué ocultar ya que representaron a cabalidad lo que se ha llamado desde los años ochenta del siglo XX «el milagro europeo». Este es un multifactorial que explica la singularidad explosiva del luego llamado 'Viejo mundo'. Desde 1450, una mezcla de capital riesgo, aventurerismo marítimo, ausencia de despotismos paralizantes e individualismo cooperativo lanzó a las ciudades marítimas europeas al Atlántico y, cuando correspondió, al Índico y Pacífico.
En esa trama tendida como una red por etapas, cuando la geografía planetaria se reiniciaba, Colón fue un detonante. Siempre supo más de lo que contaba –que se podía llegar a Asia (o lo que fueran aquellas tierras «por descubrir y por ganar») navegando hacia el oeste–. Magallanes fue su opuesto y su complemento.
Veterano de la ruta portuguesa al Maluco y la especiería por el oriente, África y el Índico, la postergación le estropeó el carácter y la existencia. Por una pura paradoja, planteó a un tiempo la continuidad y la coronación del plan colombino. Que convenciera de su plan a banqueros de Sevilla y Burgos, marinos cantábricos y andaluces, o cortesanos ambiciosos, en la coyuntura fundacional de los Habsburgo españoles, no fue un milagro, sino la consecuencia de que todo funcionaba como correspondía.
El asesinato de Magallanes en las Molucas, en 1521, fue un error de novato y la ulterior gestión de crisis coronó la «primera vuelta al mundo», bajo el mando inesperado de Juan Sebastián Elcano. Al llegar vivo a Sanlúcar de Barrameda, este expresó el triunfo no de un plan preconcebido, sino de la mentalidad talasocrática, marítima, predominante en España. La experiencia vale, dice el refrán inmemorial, «un grado» (en la carta o en el escalafón).
Por eso resultó consistente que, tras un viaje de exploración, «descubrimiento y rescate», si es que marinos y tripulantes regresaban para contarlo, la empresa consecutiva fuera «de colonización y poblamiento». El primer viaje de Colón llevó unas 90 personas; el segundo, de 1.200 a 1.500, con notable número de mujeres y niños. La expedición de Magallanes partió con cinco embarcaciones y quizás 247 tripulantes.
Su consecuencia y continuación, la ahora recordada expedición al Maluco mandada por García Jofre de Loaysa, llevaba unos 450 hombres (volvieron 24) en siete naves. Loaysa, jefe de la flota, fue autoridad política y cortesana; Elcano, marino y empresario naval, era quien sabía de la derrota, el rumbo a seguir. ¿Había alguien mejor?
Por supuesto que no. Si había conseguido retornar una vez del fin del mundo, ¿necesitaba ponerse en riesgo otra vez y con tanta premura? Los honores que le otorgó al regreso el emperador Carlos V no tenían liquidez inmediata y había que volver a intentarlo.
Para el comercio de las especias se acababa de fundar en La Coruña una 'Casa de la especiería'. Otro de los objetivos de la expedición, que partió de La Coruña el 24 de julio de 1525, era -para Elcano sin duda lo fue- recuperar a los supervivientes de la nao Trinidad que pudieran estar vivos. La gente de mar no abandona a los suyos.
El 4 de agosto de 1526, cinco días después del fallecimiento de Loaysa, en medio del océano, quizás de escorbuto, quizás envenenado también por la comida, falleció el propio Elcano. La historia de la humanidad, como señaló Spate, cambió para siempre. El Pacífico sería por un tiempo, quién lo diría hoy, 'el lago español'.
Manuel Lucena Giraldo es miembro correspondiente de la Real academia de la historia Temas Juan Sebastián Elcano España Magallanes La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA Loaisa y Elcano en el 'lago español' La expedición de Loaisa y Elcano, de la que se cumplen cinco siglos, marcada por la tragedia, abrió el Pacífico a la navegación española y transformó para siempre la historia global oceánica Regala esta noticia Añádenos en Google Retrato de Juan Sebastián Elcano. (ABC) Manuel Lucena Giraldo 03/08/2026 a las 19:41h. Un vacío en el mapa. Así fue representado largo tiempo el océano Pacífico en el imaginario cultural y cartográfico occidental.
Los caminos por los cuales ese vacío, el mayor océano del planeta, se convirtieron en el 'Lago español', tuvieron mucho que ver con una expedición marítima que costó la vida, hace justo cinco siglos, tanto a su comandante, el extremeño García Jofre de Loaisa, como al guipuzcoano Juan Sebastián Elcano, piloto veterano de la primera vuelta al mundo. Se trata de una historia imposible de explicar sin aludir a las apasionantes biografías de sus protagonistas. Aunque con toda naturalidad sobreviven 'lagos españoles' como emplazamientos urbanos o bajo forma lacustre, la expresión historiográfica se debe al singular geógrafo, por decir poco, Oskar H.
C. Spate. Nacido en Londres en 1911, de padre alemán y madre británica, Spate, fallecido en Australia en 2000, fue conocido por su peculiar sentido del humor.
Tras formarse en Cambridge y ser expulsado de una célula comunista por «frívolo e inconsistente», en 1937 fue contratado como profesor universitario en Birmania. Ya no abandonaría aquella zona del mundo. Tras la invasión japonesa, fue herido en un bombardeo.
Enviado a la India a recuperar la salud, se dedicó a la poesía y al mismo tiempo lo ocuparon en una oficina de censura militar. Reconocido como uno de los grandes geógrafos de Asia y Oceanía, Spate participó en la división de India y Pakistán. En 1953 fue contratado en Australia como asesor del ministerio de territorios.
Solo tras jubilarse de la universidad, en 1972, tuvo tiempo para rematar su obra maestra, largamente meditada, 'El lago español. El Pacífico desde Magallanes'. El volumen fue publicado en 1979 y, por fin, en español en 2006, gracias a la iniciativa de la Universidad nacional de Australia y Casa Asia.
Las explicaciones de Spate sobre el título elegido aludieron a su principal objetivo literario y científico, la identificación de un ámbito histórico y regional propio, no subordinado a la narrativa etnocéntrica europea y angloamericana. En sus propias palabras, «esta es una historia del Pacífico, no de los pueblos del Pacífico. No existía, ni podía existir, ningún concepto del 'Pacífico' hasta que los límites y contornos del océano fueron trazados, y eso fue innegablemente obra de los europeos».
En un proyecto intelectual volcado hacia las circunstancias posimperiales británicas, Spate se tropezó, sin buscarlo, podríamos decir, con los navegantes ibéricos, portugueses y españoles: «Estos aparecen –señaló– menos como conquistadores invencibles de lo que fueron reflejados en la historiografía del imperialismo; pero no menos heroicos y humanos por ello». Resulta fascinante que Spate reconociera el Pacífico como «una creación euroamericana construida sobre un sustrato indígena» y, al mismo tiempo, este enfoque lo arrastrara a establecer que había sido en los orígenes una experiencia histórica compartida, nada menos que 'el lago español'. Por supuesto quienes en la actualidad, desde un desconocimiento de la historia global oceánico, nunca mejor dicho, apelan a la expresión como reivindicatoria de una posición prohispanista opuesta a las ficciones negrolegendarias, deberían tomar nota y retornar a la verdadera historia hispana global para evitar así contiendas tóxicas.
Spate dedicó el cuarto capítulo a 'Los sucesores de Magallanes: De Loaysa a Urdaneta'. No supo entonces, no podía conocerlo, todo lo que hemos aprendido en las últimas décadas de investigadores formidables de los hechos hispanos globales del mar y la navegación. Muchos determinismos decimonónicos, basados en una supuesta 'idea de progreso' victoriana y darwinista, han desaparecido.
Las máscaras de Magallanes, Elcano y hasta del desgraciado Loaysa, a su sombra, no tienen por qué ocultar ya que representaron a cabalidad lo que se ha llamado desde los años ochenta del siglo XX «el milagro europeo». Este es un multifactorial que explica la singularidad explosiva del luego llamado 'Viejo mundo'. Desde 1450, una mezcla de capital riesgo, aventurerismo marítimo, ausencia de despotismos paralizantes e individualismo cooperativo lanzó a las ciudades marítimas europeas al Atlántico y, cuando correspondió, al Índico y Pacífico.
En esa trama tendida como una red por etapas, cuando la geografía planetaria se reiniciaba, Colón fue un detonante. Siempre supo más de lo que contaba –que se podía llegar a Asia (o lo que fueran aquellas tierras «por descubrir y por ganar») navegando hacia el oeste–. Magallanes fue su opuesto y su complemento.
Veterano de la ruta portuguesa al Maluco y la especiería por el oriente, África y el Índico, la postergación le estropeó el carácter y la existencia. Por una pura paradoja, planteó a un tiempo la continuidad y la coronación del plan colombino. Que convenciera de su plan a banqueros de Sevilla y Burgos, marinos cantábricos y andaluces, o cortesanos ambiciosos, en la coyuntura fundacional de los Habsburgo españoles, no fue un milagro, sino la consecuencia de que todo funcionaba como correspondía.
El asesinato de Magallanes en las Molucas, en 1521, fue un error de novato y la ulterior gestión de crisis coronó la «primera vuelta al mundo», bajo el mando inesperado de Juan Sebastián Elcano. Al llegar vivo a Sanlúcar de Barrameda, este expresó el triunfo no de un plan preconcebido, sino de la mentalidad talasocrática, marítima, predominante en España. La experiencia vale, dice el refrán inmemorial, «un grado» (en la carta o en el escalafón).
Por eso resultó consistente que, tras un viaje de exploración, «descubrimiento y rescate», si es que marinos y tripulantes regresaban para contarlo, la empresa consecutiva fuera «de colonización y poblamiento». El primer viaje de Colón llevó unas 90 personas; el segundo, de 1.200 a 1.500, con notable número de mujeres y niños. La expedición de Magallanes partió con cinco embarcaciones y quizás 247 tripulantes.
Su consecuencia y continuación, la ahora recordada expedición al Maluco mandada por García Jofre de Loaysa, llevaba unos 450 hombres (volvieron 24) en siete naves. Loaysa, jefe de la flota, fue autoridad política y cortesana; Elcano, marino y empresario naval, era quien sabía de la derrota, el rumbo a seguir. ¿Había alguien mejor?
Por supuesto que no. Si había conseguido retornar una vez del fin del mundo, ¿necesitaba ponerse en riesgo otra vez y con tanta premura? Los honores que le otorgó al regreso el emperador Carlos V no tenían liquidez inmediata y había que volver a intentarlo.
Para el comercio de las especias se acababa de fundar en La Coruña una 'Casa de la especiería'. Otro de los objetivos de la expedición, que partió de La Coruña el 24 de julio de 1525, era -para Elcano sin duda lo fue- recuperar a los supervivientes de la nao Trinidad que pudieran estar vivos. La gente de mar no abandona a los suyos.
El 4 de agosto de 1526, cinco días después del fallecimiento de Loaysa, en medio del océano, quizás de escorbuto, quizás envenenado también por la comida, falleció el propio Elcano. La historia de la humanidad, como señaló Spate, cambió para siempre. El Pacífico sería por un tiempo, quién lo diría hoy, 'el lago español'.
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