Volver a Odelot
Hace ya muchos años puse punto final a una novela casi autobiográfica. Sólo casi. En realidad, puse punto final a algunas otras cosas. Algunos de sus capítulos, los de una cierta época, me «obligaban»
Volver a Odelot «Quizá fuera esa ciudad de años atrás en la que vivían –vivíamos–, en cuya Calle Ancha, todavía sin franquicias, brujuleábamos sin venir mucho a cuento, en cuyo Zocodover nos temíamos cual sería cualquiera de sus próximas reformas...» Regala esta noticia Añádenos en Google Ricardo Sánchez Candelas TOLEDO 31/07/2026 Actualizado a las 20:08h. Hace ya muchos años puse punto final a una novela casi autobiográfica.
Sólo casi. En realidad, puse punto final a algunas otras cosas. Algunos de sus capítulos, los de una cierta época, me «obligaban» a describir demasiada miseria.
Otros, los de esa ... misma época, a encontrar ropaje literario a ciertos personajes de cuya talla moral, por mucha que fuera mi intención en dotarles de la mejor indumentaria, era incapaz de disimular su bajeza. Temía que aquello no me saliera bien, que en el teclado de mi ordenador se colara algún duendecillo maligno que me obligara a desfigurarme, a olvidarme de que narrar todo aquello, narrarlo de aquella manera, no era mi estilo, ni como escritor ni como simple ser humano. En la novela todo eso, claro está, sucedía en un determinado sitio.
El cuadro tenía su marco. Era para mí, espacio urbano diario bien conocido. Sus plazas y sus calles.
Sus mañanas luminosas y sus penumbras de atardecer. En algunos capítulos me tocaba poner como escenario de aquel desastre moral a la ciudad en la que yo había nacido y a la que amaba. Demasiada prueba.
Si quería seguir con mi narración no me quedaba más remedio que idear un sitio nuevo. Tal vez algo parecido a huir. No importaba la distancia de la huida, porque a lo mejor ni existía tal distancia.
Los autores de la inteligencia artificial de aquellos días a buen seguro que ya se habrían ocupado de situarla en cualquier mapa, acaso ni imaginario, que todavía no se había publicado, ni siquiera tal vez impreso. En realidad, el «invento» le tuvieron muy a la mano. Bastaba con que el nombre de mi ciudad-escenario, en una grafía de grandes letras, le situaran frente a un espejo.
Y leyeran. Leyéramos. Simplemente eso.
Pero algo muy importante. Fue así como una determinada ciudad distinta, destinada, ¡ay!, a convivir con «la otra», se convirtió en imprescindible para poder continuar mi narración. En ella todo podía ser algo más noble, menos mediocre y ramplón.
En sus calles, serían posibles los hermosos encuentros con amigos de otro tiempo y en la soledad silenciosa del final de cada día, se podría sentir que reviven los primeros sueños de juventud. Toda la bella plenitud que tenía ese «nuevo» espacio de vida se había convertido para mí en punto de referencia liberador. Era Odelot.
Newsletter Para entonces, no sabía si era yo el avispado pionero del venturoso descubrimiento o existía algún otro necesitado de cambios de escenario en su vida. Era lo mismo. Daba igual.
Odelot ya existía. Eso era lo importante. Sin embargo, pasó el tiempo, releía el texto, y me daba cuenta de que ni siquiera con la incorporación de Odelot se arreglaban demasiado las cosas.
Era solo una quimera efímera, una bondadosa terapia de lavado de cara. En la narración novelada, por más empeño que pusiera en poner sordina en alguno de sus pasajes más turbios, seguían impregnados de esa viscosa baba que segregan las malas acciones y la proterva conducta de las malas personas. Así, por fin decidí que lo más sensato, y quizá hasta lo más honesto, era confinar en la papelera de reciclaje, pero ya sin reciclaje posible, mi relato casi autobiográfico.
Hasta llegué a pensar que ni el mayor esfuerzo de alcanzar excelencia literaria merece la pena si se emplea en narrar atropellos y maldades de los que uno ha sido víctima. Se corre el serio peligro de que el rigor de la autodefensa gane la partida al compromiso estético por la belleza. Y por lo demás, admitir sin dogmatismo alguno, sin ningún extremismo excluyente, que también en paisajes muy urbanos anodinos, mediocres, hasta de fealdad conscientemente exhibida, pueden suceder historias hermosas.
Y merecer ser narradas, ¡Hay tantos ejemplos! Que lo horrendo del escenario, lo sórdido y mezquino de los figurantes, no haya contaminado a la belleza de la narración –quizá por contraste, todo lo contrario– ha llenado de obras admirables la historia del realismo de cualquier expresión de arte. Hagamos caso a Galdós y acompañemos a su héroe Ángel Guerra en sus callejeos toledanos de aquel tiempo entre Montichel y la calle del Plegadero.
Hagamos caso a Galdós y acompañemos a su héroe Ángel Guerra en sus callejeos toledanos de aquel tiempo entre Montichel y la calle del Plegadero. Pero lo mío era otra cosa. Debía adoptar una firme decisión irrevocable.
Nada de ficciones artificiales. Estricto respeto a la realidad químicamente pura. Es un género literario ya inventado.
Se llama Memorias. Y se podía escribir sin viajar a Odelot. Además, cada cual llegaba a ella a su manera.
Algunos, los más imaginativos, soñando con idilios románticos malogrados, que sólo en los cobertizos de los conventos podían alcanzar el culmen de su hermosura. Era su Odelot místico. Otros, más ganados por leyendas medievales esotéricas, imaginando conjuras de caballeros templarios desleales al rey, convocados desde el campanario de San Miguel el Alto.
Era su Odelot épico. Los habría, ¡cómo no!, inasequibles al olvido de amores que pudieron ser. Era su Odelot sentimental.
Y yo, rara avis, por ponerme a escribir una novela casi autobiográfica cuyo escenario «real» no me gustaba. Era, al menos entonces, mi Odelot imprescindible. Pero con la dosis necesaria de normalidad, algunas veces he pensado en cuantos toledanos, toledanas, etcétera, de ayer y de hoy, de todas generaciones, no habrán deseado alguna vez en su vida –aunque no recuerden cuál fue la primera– volver a Odelot.
Quizá no se lo digan a nadie, pero abandonada la memoria de los momentos amargos, cargados de recuerdos y nostalgias, sin vanidad por los módicos triunfos ni pesar por los humillantes fracasos, desasidos ya de malquerencias y rencores, a buen seguro que han deseado, con equipaje liviano, acceder con el alma, ¡por fin libre!, a otra «peñascosa pesadumbre». Hasta alguno habrá que habiendo perdido todas las batallas del olvido habrá ganado al final la guerra del perdón. Sólo en Odelot pueden pasar esas cosas.
En su regreso, ascendiendo despacio por la cuesta de La Fuente Nueva, al pie de San Servando, como si fueran unos turistas más, llegados a otra estación y en otro AVE, también verán junto a su misma ribera, correr las aguas de Rio Ojat, –la joya de Odelot, según algún insigne poeta local–, tan limpias y de caudal suficiente como en otro tiempo, libres de venenos y de latrocinios expoliadores. «Sólo en Odelot pueden pasar esas cosas» Quizá fuera esa ciudad de años atrás en la que vivían –vivíamos–, en cuya Calle Ancha, todavía sin franquicias, brujuleábamos sin venir mucho a cuento, en cuyo Zocodover nos temíamos cual sería cualquiera de sus próximas reformas, y en un Miradero en el que, pasado poco tiempo, terminaríamos por desear que el Concejal de turno anunciara que se iba a hacer un huequecito en el «boj-que» para algún día volver a instalar el cine de verano, ya liberado el paseo del horroroso mamotreto hormigonero-asalmonado que le ha invadido y aislado de la ciudad.
Y cosas así. Compañeras del regreso, quizá de poca importancia. Esa ciudad, en fin, a la que amábamos, pero a la que no alcanzaban nuestros sueños, en la que todavía no encontraban su sitio nuestras ilusiones, ese reducto del alma al que ya no poníamos ni sitio ni edad, ¡qué le vamos a hacer!, porque todavía no era ese Odelot, exilio inevitable para muchos, de un toledanismo doliente y tardío.
Y porque la nuestra, la de cada día, era una ciudad a la que amábamos demasiado pero no era la que amábamos. Esa utopía doméstica, tan al alcance de la mano, que tan solo con mirarnos al espejo cada mañana, al encontrarnos con nosotros mismos, también nos podíamos encontrar con ella. Y así, sin sentir apenas la necesidad de tomar grandes decisiones, comprender que la más sabia de todas, la que más serena nuestro ánimo, siempre puede ser volver a Odelot.
Temas Novela Calles Toledo comentarios Reportar un error Volver a Odelot «Quizá fuera esa ciudad de años atrás en la que vivían –vivíamos–, en cuya Calle Ancha, todavía sin franquicias, brujuleábamos sin venir mucho a cuento, en cuyo Zocodover nos temíamos cual sería cualquiera de sus próximas reformas...» Regala esta noticia Añádenos en Google Ricardo Sánchez Candelas TOLEDO 31/07/2026 Actualizado a las 20:08h. Hace ya muchos años puse punto final a una novela casi autobiográfica.
Sólo casi. En realidad, puse punto final a algunas otras cosas. Algunos de sus capítulos, los de una cierta época, me «obligaban» a describir demasiada miseria.
Otros, los de esa ... misma época, a encontrar ropaje literario a ciertos personajes de cuya talla moral, por mucha que fuera mi intención en dotarles de la mejor indumentaria, era incapaz de disimular su bajeza. Temía que aquello no me saliera bien, que en el teclado de mi ordenador se colara algún duendecillo maligno que me obligara a desfigurarme, a olvidarme de que narrar todo aquello, narrarlo de aquella manera, no era mi estilo, ni como escritor ni como simple ser humano. En la novela todo eso, claro está, sucedía en un determinado sitio.
El cuadro tenía su marco. Era para mí, espacio urbano diario bien conocido. Sus plazas y sus calles.
Sus mañanas luminosas y sus penumbras de atardecer. En algunos capítulos me tocaba poner como escenario de aquel desastre moral a la ciudad en la que yo había nacido y a la que amaba. Demasiada prueba.
Si quería seguir con mi narración no me quedaba más remedio que idear un sitio nuevo. Tal vez algo parecido a huir. No importaba la distancia de la huida, porque a lo mejor ni existía tal distancia.
Los autores de la inteligencia artificial de aquellos días a buen seguro que ya se habrían ocupado de situarla en cualquier mapa, acaso ni imaginario, que todavía no se había publicado, ni siquiera tal vez impreso. En realidad, el «invento» le tuvieron muy a la mano. Bastaba con que el nombre de mi ciudad-escenario, en una grafía de grandes letras, le situaran frente a un espejo.
Y leyeran. Leyéramos. Simplemente eso.
Pero algo muy importante. Fue así como una determinada ciudad distinta, destinada, ¡ay!, a convivir con «la otra», se convirtió en imprescindible para poder continuar mi narración. En ella todo podía ser algo más noble, menos mediocre y ramplón.
En sus calles, serían posibles los hermosos encuentros con amigos de otro tiempo y en la soledad silenciosa del final de cada día, se podría sentir que reviven los primeros sueños de juventud. Toda la bella plenitud que tenía ese «nuevo» espacio de vida se había convertido para mí en punto de referencia liberador. Era Odelot.
Newsletter Para entonces, no sabía si era yo el avispado pionero del venturoso descubrimiento o existía algún otro necesitado de cambios de escenario en su vida. Era lo mismo. Daba igual.
Odelot ya existía. Eso era lo importante. Sin embargo, pasó el tiempo, releía el texto, y me daba cuenta de que ni siquiera con la incorporación de Odelot se arreglaban demasiado las cosas.
Era solo una quimera efímera, una bondadosa terapia de lavado de cara. En la narración novelada, por más empeño que pusiera en poner sordina en alguno de sus pasajes más turbios, seguían impregnados de esa viscosa baba que segregan las malas acciones y la proterva conducta de las malas personas. Así, por fin decidí que lo más sensato, y quizá hasta lo más honesto, era confinar en la papelera de reciclaje, pero ya sin reciclaje posible, mi relato casi autobiográfico.
Hasta llegué a pensar que ni el mayor esfuerzo de alcanzar excelencia literaria merece la pena si se emplea en narrar atropellos y maldades de los que uno ha sido víctima. Se corre el serio peligro de que el rigor de la autodefensa gane la partida al compromiso estético por la belleza. Y por lo demás, admitir sin dogmatismo alguno, sin ningún extremismo excluyente, que también en paisajes muy urbanos anodinos, mediocres, hasta de fealdad conscientemente exhibida, pueden suceder historias hermosas.
Y merecer ser narradas, ¡Hay tantos ejemplos! Que lo horrendo del escenario, lo sórdido y mezquino de los figurantes, no haya contaminado a la belleza de la narración –quizá por contraste, todo lo contrario– ha llenado de obras admirables la historia del realismo de cualquier expresión de arte. Hagamos caso a Galdós y acompañemos a su héroe Ángel Guerra en sus callejeos toledanos de aquel tiempo entre Montichel y la calle del Plegadero.
Hagamos caso a Galdós y acompañemos a su héroe Ángel Guerra en sus callejeos toledanos de aquel tiempo entre Montichel y la calle del Plegadero. Pero lo mío era otra cosa. Debía adoptar una firme decisión irrevocable.
Nada de ficciones artificiales. Estricto respeto a la realidad químicamente pura. Es un género literario ya inventado.
Se llama Memorias. Y se podía escribir sin viajar a Odelot. Además, cada cual llegaba a ella a su manera.
Algunos, los más imaginativos, soñando con idilios románticos malogrados, que sólo en los cobertizos de los conventos podían alcanzar el culmen de su hermosura. Era su Odelot místico. Otros, más ganados por leyendas medievales esotéricas, imaginando conjuras de caballeros templarios desleales al rey, convocados desde el campanario de San Miguel el Alto.
Era su Odelot épico. Los habría, ¡cómo no!, inasequibles al olvido de amores que pudieron ser. Era su Odelot sentimental.
Y yo, rara avis, por ponerme a escribir una novela casi autobiográfica cuyo escenario «real» no me gustaba. Era, al menos entonces, mi Odelot imprescindible. Pero con la dosis necesaria de normalidad, algunas veces he pensado en cuantos toledanos, toledanas, etcétera, de ayer y de hoy, de todas generaciones, no habrán deseado alguna vez en su vida –aunque no recuerden cuál fue la primera– volver a Odelot.
Quizá no se lo digan a nadie, pero abandonada la memoria de los momentos amargos, cargados de recuerdos y nostalgias, sin vanidad por los módicos triunfos ni pesar por los humillantes fracasos, desasidos ya de malquerencias y rencores, a buen seguro que han deseado, con equipaje liviano, acceder con el alma, ¡por fin libre!, a otra «peñascosa pesadumbre». Hasta alguno habrá que habiendo perdido todas las batallas del olvido habrá ganado al final la guerra del perdón. Sólo en Odelot pueden pasar esas cosas.
En su regreso, ascendiendo despacio por la cuesta de La Fuente Nueva, al pie de San Servando, como si fueran unos turistas más, llegados a otra estación y en otro AVE, también verán junto a su misma ribera, correr las aguas de Rio Ojat, –la joya de Odelot, según algún insigne poeta local–, tan limpias y de caudal suficiente como en otro tiempo, libres de venenos y de latrocinios expoliadores. «Sólo en Odelot pueden pasar esas cosas» Quizá fuera esa ciudad de años atrás en la que vivían –vivíamos–, en cuya Calle Ancha, todavía sin franquicias, brujuleábamos sin venir mucho a cuento, en cuyo Zocodover nos temíamos cual sería cualquiera de sus próximas reformas, y en un Miradero en el que, pasado poco tiempo, terminaríamos por desear que el Concejal de turno anunciara que se iba a hacer un huequecito en el «boj-que» para algún día volver a instalar el cine de verano, ya liberado el paseo del horroroso mamotreto hormigonero-asalmonado que le ha invadido y aislado de la ciudad.
Y cosas así. Compañeras del regreso, quizá de poca importancia. Esa ciudad, en fin, a la que amábamos, pero a la que no alcanzaban nuestros sueños, en la que todavía no encontraban su sitio nuestras ilusiones, ese reducto del alma al que ya no poníamos ni sitio ni edad, ¡qué le vamos a hacer!, porque todavía no era ese Odelot, exilio inevitable para muchos, de un toledanismo doliente y tardío.
Y porque la nuestra, la de cada día, era una ciudad a la que amábamos demasiado pero no era la que amábamos. Esa utopía doméstica, tan al alcance de la mano, que tan solo con mirarnos al espejo cada mañana, al encontrarnos con nosotros mismos, también nos podíamos encontrar con ella. Y así, sin sentir apenas la necesidad de tomar grandes decisiones, comprender que la más sabia de todas, la que más serena nuestro ánimo, siempre puede ser volver a Odelot.
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