Un país que sucede dos veces
La autoestima colectiva se forjaba antaño en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se i
ESPA�ATribunaUn pa�s que sucede dos vecesLa autoestima colectiva se forjaba anta�o en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se inauguran, en plazas llenas de j�venes ante un PapaCompartirComentarGerardo Iracheta Vall�s*Actualizado Lunes, 3 agosto 2026 - 00:17Pier Paolo Pasolini, cineasta, poeta y aficionado con carn�, distingu�a entre el f�tbol en verso de los sudamericanos y el f�tbol en prosa de los europeos: los primeros se encomendaban a la inspiraci�n individual; los segundos, a la t�ctica colectiva. �Escenific� la final de Nueva York entre Espa�a y Argentina esa vieja dial�ctica? Sin ser experto en f�tbol, dir�a que Espa�a alcanz� la gloria conjugando lo mejor de ambas tradiciones: prosa para sostener el partido, poes�a para resolverlo. Y quiz� no sea casualidad.
Los espa�oles somos, junto con los portugueses, los �nicos europeos con el alma repartida entre Europa y Am�rica. Jugar en verso y en prosa a la vez es, para nosotros, una condici�n hist�rica m�s que un hallazgo t�ctico.Pasolini, siempre sensible a las corrientes profundas de la sociedad, sosten�a adem�s que el f�tbol era el �ltimo rito sagrado de nuestro tiempo. Ah�, los acontecimientos de los �ltimos meses le han llevado la contraria.
La visita del Papa Le�n XIV a nuestro pa�s demostr� que los ritos sagrados de verdad siguen convocando multitudes, tambi�n -o precisamente- en la sociedad hipertecnol�gica de la inteligencia artificial. No deja de ser significativo que el sucesor de Le�n XIII, aquel papa que respondi� a la m�quina de vapor con la Rerum Novarum, haya dedicado su primera enc�clica, Magnifica Humanitas, a preguntarse qu� significa ser humano en medio de otra revoluci�n t�cnica. Cada cual juzgar� sus respuestas; la pregunta, desde luego, es la de nuestra �poca.Adem�s, hubo un momento de la visita en que Espa�a volvi� a sorprenderse a s� misma y al mundo, como sucedi� con la final de Nueva York: la misa en la Sagrada Familia, con la inauguraci�n de la Torre de Jesucristo, ofreci� al mundo unas im�genes de belleza sobrecogedora que nos evocaron, a muchos, las Olimpiadas de 1992, cuando Barcelona fue por primera vez el escenario donde este pa�s se descubre capaz de asombrar.As� que los espa�oles nos vamos de vacaciones en este verano de 2026 con dos hitos que nos proyectan en el mundo y en el tiempo: la visita del Papa y la coronaci�n deportiva.
Gloria espiritual y gloria terrenal para un pa�s que ha vivido su identidad, demasiadas veces, de manera problem�tica -al menos en el plano pol�tico-, pero que respira normalidad en sus calles, y la proliferaci�n de camisetas de la selecci�n y pantallas gigantes en las plazas as� lo demuestra. Precisamente por eso conviene subrayar el efecto unificador de ambos acontecimientos sobre una sociedad profundamente polarizada. Las cifras hablan solas: m�s de 15 millones de personas siguieron en directo la final del Mundial, y la visita papal acumul�, a lo largo de seis d�as, casi 20 millones de espectadores.
El gol de Ferran Torres nos hizo gritar juntos y el Papa concit� el aplauso un�nime de un Congreso diariamente crispado. Como en aquella canci�n de Mecano sobre las uvas de Nochevieja, los espa�olitos hicimos �por una vez, algo a la vez�.El escritor mexicano Juan Villoro ha escrito que el f�tbol sucede dos veces: una en la cancha y otra en la mente del p�blico. Lo mismo vale para una visita papal.
Y es en esa segunda funci�n, la que se juega en nuestras cabezas, donde cabe preguntarse si acontecimientos as� inciden en nuestra autopercepci�n como sociedad. Desde ese �xito, ha habido debate sobre si la selecci�n es una muestra representativa de Espa�a; si sus virtudes y su diversidad reflejan las de la sociedad espa�ola. Dicho en corto: �es la selecci�n espa�ola Espa�a?
Vivimos tiempos de sobreinterpretaci�n, en los que cada suceso carga con significados que a menudo no le caben. En el f�tbol, la tentaci�n se dispara hasta lo extraordinario, porque -como es sabido- cada espa�ol lleva dentro un seleccionador nacional con su idea, su filosof�a y sus alineaciones incontrovertibles e irrenunciables.La humilde respuesta que propongo desde la estad�stica puede parecer un poco salom�nica, pero se ci�e a nuestro oficio: la selecci�n espa�ola es Espa�a, aunque Espa�a no sea la selecci�n espa�ola. Me explico.
Una selecci�n nacional es, t�cnicamente, una muestra de un universo dado: el de los futbolistas espa�oles federados y seleccionables. No es una muestra aleatoria, como exigir�a la metodolog�a de una encuesta para ser representativa, sino una muestra por m�ritos: se escoge, en teor�a, a los mejores para cada puesto. Pero esos jugadores operan dentro de un sistema -el f�tbol espa�ol- que a su vez se inserta en un ecosistema cultural y social del que es indisociable, llamado Espa�a.
Espa�a es m�s grande, m�s compleja, m�s diversa y m�s contradictoria que su selecci�n. La selecci�n, en cambio, es un trozo idealizado de Espa�a: mejorado, al menos, en lo deportivo.Pero quiz� la pregunta del espejo -�nos refleja o no nos refleja?- est� mal planteada. Acontecimientos como un Mundial o una visita papal no son tanto un reflejo de lo que somos como un catalizador de lo que aspiramos a ser.
A veces los planes salen mejor de lo esperado, y el resultado nos transforma. Estos acontecimientos, m�s que reflejar una Espa�a, la producen: son performativos, aunque sea en el estado de �nimo. Si una naci�n es, en parte, la narraci�n que se cuenta sobre s� misma, este verano es muy probable que hayamos mejorado el guion.
La autoestima colectiva se forjaba anta�o en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se inauguran, en plazas llenas de j�venes ante un Papa. Es un progreso civilizatorio que conviene no menospreciar: hemos sustituido el �xito con la p�lvora por el de la pr�rroga.Es cierto que ni el gol de Ferran Torres ni las palabras del Papa borran nuestros problemas, ni individuales ni colectivos, ni resuelve nuestros desaf�os, que el lunes segu�an donde los dejamos. Pero nos vamos a la playa sabiendo que la Espa�a de hoy no tiene por qu� ser m�s que otros, pero tampoco menos.
En prosa lo sab�amos hace tiempo. Este verano, por fin, lo hemos escrito en verso que siempre recordaremos.* Gerardo Iracheta Vall�s es el presidente de Sigma Dos. Ver enlaces de inter�s �ltimas noticias Programacion TV Traductor Calendario Laboral Madrid 2026 Calendario Laboral Espa�a 2026 Temas Comprobar Loter�a Navidad 2026 Volver a la noticiaUn pa�s que sucede dos veces TribunaUn pa�s que sucede dos vecesLa autoestima colectiva se forjaba anta�o en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se inauguran, en plazas llenas de j�venes ante un PapaCompartirComentarGerardo Iracheta Vall�s*Actualizado Lunes, 3 agosto 2026 - 00:17Pier Paolo Pasolini, cineasta, poeta y aficionado con carn�, distingu�a entre el f�tbol en verso de los sudamericanos y el f�tbol en prosa de los europeos: los primeros se encomendaban a la inspiraci�n individual; los segundos, a la t�ctica colectiva. �Escenific� la final de Nueva York entre Espa�a y Argentina esa vieja dial�ctica?
Sin ser experto en f�tbol, dir�a que Espa�a alcanz� la gloria conjugando lo mejor de ambas tradiciones: prosa para sostener el partido, poes�a para resolverlo. Y quiz� no sea casualidad. Los espa�oles somos, junto con los portugueses, los �nicos europeos con el alma repartida entre Europa y Am�rica.
Jugar en verso y en prosa a la vez es, para nosotros, una condici�n hist�rica m�s que un hallazgo t�ctico.Pasolini, siempre sensible a las corrientes profundas de la sociedad, sosten�a adem�s que el f�tbol era el �ltimo rito sagrado de nuestro tiempo. Ah�, los acontecimientos de los �ltimos meses le han llevado la contraria. La visita del Papa Le�n XIV a nuestro pa�s demostr� que los ritos sagrados de verdad siguen convocando multitudes, tambi�n -o precisamente- en la sociedad hipertecnol�gica de la inteligencia artificial.
No deja de ser significativo que el sucesor de Le�n XIII, aquel papa que respondi� a la m�quina de vapor con la Rerum Novarum, haya dedicado su primera enc�clica, Magnifica Humanitas, a preguntarse qu� significa ser humano en medio de otra revoluci�n t�cnica. Cada cual juzgar� sus respuestas; la pregunta, desde luego, es la de nuestra �poca.Adem�s, hubo un momento de la visita en que Espa�a volvi� a sorprenderse a s� misma y al mundo, como sucedi� con la final de Nueva York: la misa en la Sagrada Familia, con la inauguraci�n de la Torre de Jesucristo, ofreci� al mundo unas im�genes de belleza sobrecogedora que nos evocaron, a muchos, las Olimpiadas de 1992, cuando Barcelona fue por primera vez el escenario donde este pa�s se descubre capaz de asombrar.As� que los espa�oles nos vamos de vacaciones en este verano de 2026 con dos hitos que nos proyectan en el mundo y en el tiempo: la visita del Papa y la coronaci�n deportiva. Gloria espiritual y gloria terrenal para un pa�s que ha vivido su identidad, demasiadas veces, de manera problem�tica -al menos en el plano pol�tico-, pero que respira normalidad en sus calles, y la proliferaci�n de camisetas de la selecci�n y pantallas gigantes en las plazas as� lo demuestra.
Precisamente por eso conviene subrayar el efecto unificador de ambos acontecimientos sobre una sociedad profundamente polarizada. Las cifras hablan solas: m�s de 15 millones de personas siguieron en directo la final del Mundial, y la visita papal acumul�, a lo largo de seis d�as, casi 20 millones de espectadores. El gol de Ferran Torres nos hizo gritar juntos y el Papa concit� el aplauso un�nime de un Congreso diariamente crispado.
Como en aquella canci�n de Mecano sobre las uvas de Nochevieja, los espa�olitos hicimos �por una vez, algo a la vez�.El escritor mexicano Juan Villoro ha escrito que el f�tbol sucede dos veces: una en la cancha y otra en la mente del p�blico. Lo mismo vale para una visita papal. Y es en esa segunda funci�n, la que se juega en nuestras cabezas, donde cabe preguntarse si acontecimientos as� inciden en nuestra autopercepci�n como sociedad.
Desde ese �xito, ha habido debate sobre si la selecci�n es una muestra representativa de Espa�a; si sus virtudes y su diversidad reflejan las de la sociedad espa�ola. Dicho en corto: �es la selecci�n espa�ola Espa�a? Vivimos tiempos de sobreinterpretaci�n, en los que cada suceso carga con significados que a menudo no le caben.
En el f�tbol, la tentaci�n se dispara hasta lo extraordinario, porque -como es sabido- cada espa�ol lleva dentro un seleccionador nacional con su idea, su filosof�a y sus alineaciones incontrovertibles e irrenunciables.La humilde respuesta que propongo desde la estad�stica puede parecer un poco salom�nica, pero se ci�e a nuestro oficio: la selecci�n espa�ola es Espa�a, aunque Espa�a no sea la selecci�n espa�ola. Me explico. Una selecci�n nacional es, t�cnicamente, una muestra de un universo dado: el de los futbolistas espa�oles federados y seleccionables.
No es una muestra aleatoria, como exigir�a la metodolog�a de una encuesta para ser representativa, sino una muestra por m�ritos: se escoge, en teor�a, a los mejores para cada puesto. Pero esos jugadores operan dentro de un sistema -el f�tbol espa�ol- que a su vez se inserta en un ecosistema cultural y social del que es indisociable, llamado Espa�a. Espa�a es m�s grande, m�s compleja, m�s diversa y m�s contradictoria que su selecci�n.
La selecci�n, en cambio, es un trozo idealizado de Espa�a: mejorado, al menos, en lo deportivo.Pero quiz� la pregunta del espejo -�nos refleja o no nos refleja?- est� mal planteada. Acontecimientos como un Mundial o una visita papal no son tanto un reflejo de lo que somos como un catalizador de lo que aspiramos a ser. A veces los planes salen mejor de lo esperado, y el resultado nos transforma.
Estos acontecimientos, m�s que reflejar una Espa�a, la producen: son performativos, aunque sea en el estado de �nimo. Si una naci�n es, en parte, la narraci�n que se cuenta sobre s� misma, este verano es muy probable que hayamos mejorado el guion. La autoestima colectiva se forjaba anta�o en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se inauguran, en plazas llenas de j�venes ante un Papa.
Es un progreso civilizatorio que conviene no menospreciar: hemos sustituido el �xito con la p�lvora por el de la pr�rroga.Es cierto que ni el gol de Ferran Torres ni las palabras del Papa borran nuestros problemas, ni individuales ni colectivos, ni resuelve nuestros desaf�os, que el lunes segu�an donde los dejamos. Pero nos vamos a la playa sabiendo que la Espa�a de hoy no tiene por qu� ser m�s que otros, pero tampoco menos. En prosa lo sab�amos hace tiempo.
Este verano, por fin, lo hemos escrito en verso que siempre recordaremos.* Gerardo Iracheta Vall�s es el presidente de Sigma Dos.