← Volver a la portada
Internacional
viernes, 31 de julio de 2026

Una relación perturbadora: «Tenía 24 años cuando conocí a mi padre biológico. Y me enamoré de él»

Atracción sexual genética entre familiares separados. Adoptada con cinco meses, Sophia Greenwood conoció a su padre biológico cuando tenía 24 años y se enamoró de él sin saber que lo que sentía tenía

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Una relación perturbadora: «Tenía 24 años cuando conocí a mi padre biológico. Y me enamoré de él» Adoptada al nacer, Sophia ya era adulta cuando conoció a su padre...

Y se enamoró de él. Y tuvieron un hijo. Su relación los convirtió en 'parias' sociales y a punto estuvieron de acabar en la cárcel.

Ella misma lo cuenta en un libro que busca «generar comprensión». Regala esta noticia Añádenos en Google Fernando Goitia 31/07/2026 a las 09:51h. Atracción sexual genética entre familiares separados.

Adoptada con cinco meses, Sophia Greenwood conoció a su padre biológico cuando tenía 24 años y se enamoró de él sin saber que lo que sentía tenía un nombre tan específico. Se define como vínculo intenso entre parientes que ... se reencuentran tras haber sido separados al nacer o en la primera infancia, pero cuando las autoridades australianas supieron que habían tenido un hijo juntos el calificativo que les aplicaron fue mucho menos ambiguo: incesto. Sophia (el pseudónimo que usa para contar su caso) nació en 1965.

Su madre, Janet, la tuvo a los 18 años, sin estar casada, lo que en la Inglaterra de la época era una vergüenza familiar. Fue internada en un hogar de maternidad hasta que, cuando su bebé tuvo cinco semanas de vida, lo entregó en adopción. No sin resistencia.

Suplicó que le permitieran quedarse con su hija, pero para ello le exigían pruebas de que el padre, Michael, podía mantenerlas. Para entonces, sin embargo, él se había ido a vivir a Australia sin saber que estaba a punto de tener una hija. Sophia fue criada por sus padres adoptivos con mucho cariño en Yorkshire, cuenta ahora en Forbidden love: a true story of adoption, reunion and longing ('Amor prohibido: una historia real de adopción, reencuentro y anhelo'), el libro con el que, a sus 61 años, se ha decidido a contar su historia.

No busca, dice, la absolución, sino «mejorar la comprensión de la complejidad psicológica de los reencuentros por adopción y la atracción sexual genética». «Cuando mi madre me preguntó quién era el padre del niño, lo confesé todo y se horrorizó. La noticia se extendió por ambas familias y los años de enfrentamiento que siguieron fueron devastadores»

«Durante mucho tiempo pensé en buscar a mis padres biológicos, pero temía las consecuencias emocionales –añade–. Hasta que, a los 20 años, mientras estudiaba Fisioterapia, presencié un parto y algo cambió en mi interior. De repente necesitaba saber quién era mi madre».

Contactó con Norcap, un servicio de intermediación para adopciones, y poco después recibió la noticia: su madre biológica había registrado sus datos años antes con la esperanza de que su hija la buscara algún día. «Me dieron su número y, con el corazón acelerado, llamé». Contestó una mujer: «Hola… ¿está Janet?», preguntó con timidez.

«Sí, soy yo. ¿Quién llama?». «Me llamo Sophia.

Creo que podría ser su hija». Se produjo una explosión de mutua alegría. «Conocerla fue surrealista: alegre pero desconcertante.

No estaba preparada para la intensidad emocional de aquel reencuentro». Janet le explicó que su padre vivía en Australia y que apenas hablaban, pero que le escribiría. «Poco después recibí su primera carta –recuerda Sophia–.

A lo largo de meses de cartas y llamadas forjamos una conexión intensa. Me sentí comprendida como nunca». Se vieron en Inglaterra un año después.

«Fue como si nos conociéramos de toda la vida, pero desde el primer día me di cuenta con horror de que experimentaba una atracción romántica». Michael, por lo visto, sentía algo similar. Sophia se mudó a Australia e iniciaron una relación «emocionalmente abrumadora, pero completamente natural –subraya–, aunque al final, consumida por la culpa y el miedo a ser descubierta, regresé a Inglaterra».

La víspera del viaje supo que estaba embarazada. «Hagas lo que hagas, te apoyo», le dijo Michael. «Fue como si mi padre y yo nos conociéramos de toda la vida, pero desde el primer día me di cuenta con horror de que experimentaba una atracción romántica hacia él»

Pasó la gravidez en su país, pero regresó a Australia para dar a luz porque la idea de hacerlo sola le resultaba insoportable. «James nació en 1994. Nos preocupaban los riesgos genéticos, pero prosperó».

El secretismo sobre sus orígenes, sin embargo, se tornó angustioso y la tensión, insoportable. Quince meses después, Sophia regresó a Inglaterra y todo acabó saltando por los aires. «Al poco de llegar, mi madre me preguntó por el padre y lo confesé todo.

Se horrorizó –relata Greenwood–. La noticia se extendió por ambas familias y siguieron años devastadores de enfrentamientos y presión constante para que no volviéramos a vernos». Justo lo que sucedió.

Todo empezó a cambiar cuando James cumplió 9 años, en 2003. «Decidí que merecía saber la verdad –explica–. Me preparé para la confusión y la angustia, pero él lo aceptó todo con admirable madurez.

Para entonces yo ya estaba con un hombre maravilloso, Andrew, el padre de mi hijo Lucas». Aunque a Sophia le costara creérselo, había paz y estabilidad en su vida. Un espejismo.

Al año, una ex de Michael los denunció a la Policía. Condenado a un año de prisión por incesto, la sentencia de Michael quedó, sin embargo, suspendida. Durante el juicio se usó el término 'incesto técnico' para subrayar que ambos eran adultos que, hasta conocerse, nunca habían sabido de su parentesco y que su relación había sido consentida.

Fue allí donde conoció el concepto 'atracción sexual genética' y también el 'efecto Westermarck': una barrera psicológica natural que desactiva la atracción romántica o sexual entre parientes. Sophia se arrepiente de lo sucedido, «porque jamás -admite- elegiría conscientemente el dolor, el secretismo y las consecuencias emocionales» Sophia vivió todo el proceso desde Inglaterra.

La Policía australiana había emitido una orden de arresto contra ella y pasó años sin atreverse a viajar a Australia, donde vivía su hijo James. Pero «cuando Lucas me dijo que quería irse a vivir con James a Perth no me quedó más remedio que buscar asesoría legal –cuenta–. ¿Y si mis hijos enfermaran, se casaran y formaran una familia, o me necesitaran con urgencia?

Eso es lo que me impulsó finalmente a buscar respuestas». Para su sorpresa sus temores no tardaron en diluirse como el humo. Tras unas audiencias preliminares, la Fiscalía archivó el caso y se retiraron todos los cargos.

Hoy, Sophia vive en Perth y dice de Michael que «es un padre cariñoso». No ocultan la verdad ni se obsesionan con ella, aunque Sophia, admite, se arrepiente de lo sucedido, «porque jamás elegiría conscientemente el dolor, el secretismo y las consecuencias emocionales». Celebra, sin embargo, el amor y la conexión profunda que les brindó su relación.

Una dualidad que, así lo cree ella, la perseguirá hasta la muerte. «Me ha llevado años de terapia y reflexión comprender ambas verdades: que la relación fue profundamente real, pero que provocó graves consecuencias emocionales. De haberlo sabido antes, habríamos, quizá, tomado decisiones diferentes».

Daniel y Rosa son hermanos, gallegos, llevan juntos 49 años y tienen dos hijos. HERMANOS ESPAÑOLES QUE SON PAREJA Y, ADEMÁS, PADRES RECLAMAN SU DERECHO A CASARSE En España, dos casos de reencuentros entre familiares biológicos han alcanzado notoriedad mediática en los últimos años. Daniel y Rosa supieron que eran hermanos (de padres que se separaron) cuando ya eran pareja.

Lo dejaron de inmediato, pero tras varios meses decidieron seguir. Todo ocurrió en 1977, poco antes de que el incesto dejara de ser delito en España. Recién acabada la mili, Daniel salió una noche en Madrid, conoció a Rosa en una 'disco' y, al poco, comenzaron a salir.

Se dieron cuenta de todo el día que Daniel visitó la casa de Rosa, al ver que se apellidaba Moya Peña. ¡Tenían los mismos apellidos! Sí, eran hijos de los mismos padres.

Daniel había crecido con su madre y otra hermana (eran siete hijos), y Rosa en una institución de acogida con su hermano gemelo (ya fallecido). Ahora llevan juntos casi medio siglo y son padres de Cristina e Iván, cuya paternidad no le fue reconocida legalmente hasta que tenían 26 y 19, respectivamente. Su historia se convirtió en el telefilme Más que hermanos en 2005, lo que impulsó el conocimiento público de su historia.

Aunque su gran punto de inflexión llegó en 2010, cuando un juez reconoció que Daniel era el padre de sus hijos y permitió la rectificación registral, ya que hasta entonces Rosa figuraba como madre soltera y Daniel era considerado su tío. Fue un hito jurídico que les permitió acceder a derechos que les habían sido negados. Consiguieron el preceptivo libro de familia y sus hijos pudieron incluir en el DNI sus verdaderos apellidos: Moya Moya.

Fue un gran paso, pero nunca han podido dar el siguiente: casarse o ser pareja de hecho, ya que en España no se permite hasta el tercer grado de consanguinidad. Ana y Daniel, hermanos catalanes, son pareja desde hace más de 12 años y tienen dos hijos. Más recientemente, Ana y Daniel Parra también alcanzaron notoriedad por ser pareja y padres de dos hijos.

Hermanos por parte paterna, Ana fue abandonada con meses de vida y, ya adulta, decidió localizar a su padre. El reencuentro fue una experiencia complicada, pero le permitió conocer a un hermano. Ana y Daniel empezaron como amigos, hasta intimar, convertirse en pareja y, más tarde, en padres de dos hijos.

Antes, matizan siempre, consultaron con especialistas en genética sobre los riesgos para su descendencia. Como los informes los tranquilizaron, siguieron adelante. Hoy, aseguran, llevan una vida familiar «como cualquier otra».

Solo quieren formalizarla legalmente. «¿Por qué está prohibido si no hacemos daño a nadie? Solo queremos que se reconozca que somos una pareja», reclaman.

El incesto, sin embargo, está lejos de perder esa condición de tabú que ha mantenido en casi todas las culturas a lo largo de la historia. Se asocia a relaciones abusivas –mayores de edad con menores– y no a las que surgen libremente entre parientes adultos que no crecieron juntos. Por eso, casos como estos obligan a plantear una cuestión espinosa: ¿hasta dónde puede intervenir el Estado en las relaciones privadas entre adultos que actúan de forma libre y consentida?

Los afectados exigen los mismos derechos que cualquier otra pareja. Entienden la dificultad de cambiar la percepción social sobre el incesto y no pretenden convencer a quienes lo rechazan, pero creen que se les debería permitir formalizar una unión que consideran tan real como cualquier otra. comentarios Reportar un error Una relación perturbadora: «Tenía 24 años cuando conocí a mi padre biológico. Y me enamoré de él»

Adoptada al nacer, Sophia ya era adulta cuando conoció a su padre... Y se enamoró de él. Y tuvieron un hijo.

Su relación los convirtió en 'parias' sociales y a punto estuvieron de acabar en la cárcel. Ella misma lo cuenta en un libro que busca «generar comprensión». Regala esta noticia Añádenos en Google Fernando Goitia 31/07/2026 a las 09:51h.

Atracción sexual genética entre familiares separados. Adoptada con cinco meses, Sophia Greenwood conoció a su padre biológico cuando tenía 24 años y se enamoró de él sin saber que lo que sentía tenía un nombre tan específico. Se define como vínculo intenso entre parientes que ... se reencuentran tras haber sido separados al nacer o en la primera infancia, pero cuando las autoridades australianas supieron que habían tenido un hijo juntos el calificativo que les aplicaron fue mucho menos ambiguo: incesto.

Sophia (el pseudónimo que usa para contar su caso) nació en 1965. Su madre, Janet, la tuvo a los 18 años, sin estar casada, lo que en la Inglaterra de la época era una vergüenza familiar. Fue internada en un hogar de maternidad hasta que, cuando su bebé tuvo cinco semanas de vida, lo entregó en adopción.

No sin resistencia. Suplicó que le permitieran quedarse con su hija, pero para ello le exigían pruebas de que el padre, Michael, podía mantenerlas. Para entonces, sin embargo, él se había ido a vivir a Australia sin saber que estaba a punto de tener una hija.

Sophia fue criada por sus padres adoptivos con mucho cariño en Yorkshire, cuenta ahora en Forbidden love: a true story of adoption, reunion and longing ('Amor prohibido: una historia real de adopción, reencuentro y anhelo'), el libro con el que, a sus 61 años, se ha decidido a contar su historia. No busca, dice, la absolución, sino «mejorar la comprensión de la complejidad psicológica de los reencuentros por adopción y la atracción sexual genética». «Cuando mi madre me preguntó quién era el padre del niño, lo confesé todo y se horrorizó.

La noticia se extendió por ambas familias y los años de enfrentamiento que siguieron fueron devastadores» «Durante mucho tiempo pensé en buscar a mis padres biológicos, pero temía las consecuencias emocionales –añade–. Hasta que, a los 20 años, mientras estudiaba Fisioterapia, presencié un parto y algo cambió en mi interior.

De repente necesitaba saber quién era mi madre». Contactó con Norcap, un servicio de intermediación para adopciones, y poco después recibió la noticia: su madre biológica había registrado sus datos años antes con la esperanza de que su hija la buscara algún día. «Me dieron su número y, con el corazón acelerado, llamé».

Contestó una mujer: «Hola… ¿está Janet?», preguntó con timidez. «Sí, soy yo. ¿Quién llama?».

«Me llamo Sophia. Creo que podría ser su hija». Se produjo una explosión de mutua alegría.

«Conocerla fue surrealista: alegre pero desconcertante. No estaba preparada para la intensidad emocional de aquel reencuentro». Janet le explicó que su padre vivía en Australia y que apenas hablaban, pero que le escribiría.

«Poco después recibí su primera carta –recuerda Sophia–. A lo largo de meses de cartas y llamadas forjamos una conexión intensa. Me sentí comprendida como nunca».

Se vieron en Inglaterra un año después. «Fue como si nos conociéramos de toda la vida, pero desde el primer día me di cuenta con horror de que experimentaba una atracción romántica». Michael, por lo visto, sentía algo similar.

Sophia se mudó a Australia e iniciaron una relación «emocionalmente abrumadora, pero completamente natural –subraya–, aunque al final, consumida por la culpa y el miedo a ser descubierta, regresé a Inglaterra». La víspera del viaje supo que estaba embarazada. «Hagas lo que hagas, te apoyo», le dijo Michael.

«Fue como si mi padre y yo nos conociéramos de toda la vida, pero desde el primer día me di cuenta con horror de que experimentaba una atracción romántica hacia él» Pasó la gravidez en su país, pero regresó a Australia para dar a luz porque la idea de hacerlo sola le resultaba insoportable. «James nació en 1994.

Nos preocupaban los riesgos genéticos, pero prosperó». El secretismo sobre sus orígenes, sin embargo, se tornó angustioso y la tensión, insoportable. Quince meses después, Sophia regresó a Inglaterra y todo acabó saltando por los aires.

«Al poco de llegar, mi madre me preguntó por el padre y lo confesé todo. Se horrorizó –relata Greenwood–. La noticia se extendió por ambas familias y siguieron años devastadores de enfrentamientos y presión constante para que no volviéramos a vernos».

Justo lo que sucedió. Todo empezó a cambiar cuando James cumplió 9 años, en 2003. «Decidí que merecía saber la verdad –explica–.

Me preparé para la confusión y la angustia, pero él lo aceptó todo con admirable madurez. Para entonces yo ya estaba con un hombre maravilloso, Andrew, el padre de mi hijo Lucas». Aunque a Sophia le costara creérselo, había paz y estabilidad en su vida.

Un espejismo. Al año, una ex de Michael los denunció a la Policía. Condenado a un año de prisión por incesto, la sentencia de Michael quedó, sin embargo, suspendida.

Durante el juicio se usó el término 'incesto técnico' para subrayar que ambos eran adultos que, hasta conocerse, nunca habían sabido de su parentesco y que su relación había sido consentida. Fue allí donde conoció el concepto 'atracción sexual genética' y también el 'efecto Westermarck': una barrera psicológica natural que desactiva la atracción romántica o sexual entre parientes. Sophia se arrepiente de lo sucedido, «porque jamás -admite- elegiría conscientemente el dolor, el secretismo y las consecuencias emocionales»

Sophia vivió todo el proceso desde Inglaterra. La Policía australiana había emitido una orden de arresto contra ella y pasó años sin atreverse a viajar a Australia, donde vivía su hijo James. Pero «cuando Lucas me dijo que quería irse a vivir con James a Perth no me quedó más remedio que buscar asesoría legal –cuenta–.

¿Y si mis hijos enfermaran, se casaran y formaran una familia, o me necesitaran con urgencia? Eso es lo que me impulsó finalmente a buscar respuestas». Para su sorpresa sus temores no tardaron en diluirse como el humo.

Tras unas audiencias preliminares, la Fiscalía archivó el caso y se retiraron todos los cargos. Hoy, Sophia vive en Perth y dice de Michael que «es un padre cariñoso». No ocultan la verdad ni se obsesionan con ella, aunque Sophia, admite, se arrepiente de lo sucedido, «porque jamás elegiría conscientemente el dolor, el secretismo y las consecuencias emocionales».

Celebra, sin embargo, el amor y la conexión profunda que les brindó su relación. Una dualidad que, así lo cree ella, la perseguirá hasta la muerte. «Me ha llevado años de terapia y reflexión comprender ambas verdades: que la relación fue profundamente real, pero que provocó graves consecuencias emocionales.

De haberlo sabido antes, habríamos, quizá, tomado decisiones diferentes». Daniel y Rosa son hermanos, gallegos, llevan juntos 49 años y tienen dos hijos. HERMANOS ESPAÑOLES QUE SON PAREJA Y, ADEMÁS, PADRES RECLAMAN SU DERECHO A CASARSE En España, dos casos de reencuentros entre familiares biológicos han alcanzado notoriedad mediática en los últimos años.

Daniel y Rosa supieron que eran hermanos (de padres que se separaron) cuando ya eran pareja. Lo dejaron de inmediato, pero tras varios meses decidieron seguir. Todo ocurrió en 1977, poco antes de que el incesto dejara de ser delito en España.

Recién acabada la mili, Daniel salió una noche en Madrid, conoció a Rosa en una 'disco' y, al poco, comenzaron a salir. Se dieron cuenta de todo el día que Daniel visitó la casa de Rosa, al ver que se apellidaba Moya Peña. ¡Tenían los mismos apellidos!

Sí, eran hijos de los mismos padres. Daniel había crecido con su madre y otra hermana (eran siete hijos), y Rosa en una institución de acogida con su hermano gemelo (ya fallecido). Ahora llevan juntos casi medio siglo y son padres de Cristina e Iván, cuya paternidad no le fue reconocida legalmente hasta que tenían 26 y 19, respectivamente.

Su historia se convirtió en el telefilme Más que hermanos en 2005, lo que impulsó el conocimiento público de su historia. Aunque su gran punto de inflexión llegó en 2010, cuando un juez reconoció que Daniel era el padre de sus hijos y permitió la rectificación registral, ya que hasta entonces Rosa figuraba como madre soltera y Daniel era considerado su tío. Fue un hito jurídico que les permitió acceder a derechos que les habían sido negados.

Consiguieron el preceptivo libro de familia y sus hijos pudieron incluir en el DNI sus verdaderos apellidos: Moya Moya. Fue un gran paso, pero nunca han podido dar el siguiente: casarse o ser pareja de hecho, ya que en España no se permite hasta el tercer grado de consanguinidad. Ana y Daniel, hermanos catalanes, son pareja desde hace más de 12 años y tienen dos hijos.

Más recientemente, Ana y Daniel Parra también alcanzaron notoriedad por ser pareja y padres de dos hijos. Hermanos por parte paterna, Ana fue abandonada con meses de vida y, ya adulta, decidió localizar a su padre. El reencuentro fue una experiencia complicada, pero le permitió conocer a un hermano.

Ana y Daniel empezaron como amigos, hasta intimar, convertirse en pareja y, más tarde, en padres de dos hijos. Antes, matizan siempre, consultaron con especialistas en genética sobre los riesgos para su descendencia. Como los informes los tranquilizaron, siguieron adelante.

Hoy, aseguran, llevan una vida familiar «como cualquier otra». Solo quieren formalizarla legalmente. «¿Por qué está prohibido si no hacemos daño a nadie?

Solo queremos que se reconozca que somos una pareja», reclaman. El incesto, sin embargo, está lejos de perder esa condición de tabú que ha mantenido en casi todas las culturas a lo largo de la historia. Se asocia a relaciones abusivas –mayores de edad con menores– y no a las que surgen libremente entre parientes adultos que no crecieron juntos.

Por eso, casos como estos obligan a plantear una cuestión espinosa: ¿hasta dónde puede intervenir el Estado en las relaciones privadas entre adultos que actúan de forma libre y consentida? Los afectados exigen los mismos derechos que cualquier otra pareja. Entienden la dificultad de cambiar la percepción social sobre el incesto y no pretenden convencer a quienes lo rechazan, pero creen que se les debería permitir formalizar una unión que consideran tan real como cualquier otra. comentarios Reportar un error

Publicado por Redacción · viernes, 31 de julio de 2026

ReversoDigital — Pensamiento crítico, anti‑propaganda.

← Ver más noticias
Una relación perturbadora: «Tenía 24 años cuando conocí a mi padre biológico. Y me enamoré de él» · ReversoDigital