Perderlo todo
Perderlo todo es una experiencia extrema que vislumbramos imposible, hasta que un día le sucede al vecino. Ahí está, en estos días aciagos. Se pierde de repente la casa donde uno nació, el reloj del p
Perderlo todo El fuego no destruye solo casas: arrasa recuerdos, biografías y la arquitectura invisible que sostiene la vida de una familia Regala esta noticia Añádenos en Google Una bandera española dañada ondea el 30 de julio de 2026 sobre unas casas quemadas en un incendio forestal en Alfondeguilla, Castellón. (EUROPA PRESS) Ángel Antonio Herrera 01/08/2026 a las 20:03h. Perderlo todo es una experiencia extrema que vislumbramos imposible, hasta que un día le sucede al vecino. Ahí está, en estos días aciagos.
Se pierde de repente la casa donde uno nació, el reloj del padre, la mecedora de la madre, el álbum donde todavía ... había un niño de recreo, con pantalón corto y la ilusión limpia, cuyo nombre pudiera ser el nuestro. Hay objetos que valen 10 euros y otros que no tienen precio, porque incluyen una vida entera. El fuego es demócrata, en su ferocidad, y no distingue entre unos y otros.
Para las llamas, una tela de Velázquez y una fotografía de comunión cotizan exactamente lo mismo. Hay algo obsceno en contemplar una casa ardiendo. Se queman unos muebles, pero sobre todo se quema el tiempo mismo.
Eso no aparece en los telediarios. Está la noticia en la noticia que no damos, porque se destruyen lunes, cumpleaños, Nochebuenas, reconciliaciones, siestas de agosto, lunas de amorío, aquella marca de un lápiz en el marco de una puerta donde un padre iba midiendo la estatura de los hijos. Arde la arquitectura invisible de una familia.
Y eso ya no lo remienda o alivia ningún seguro. La dimensión de un incendio no se mide por metros sino por recuerdos. En rigor, la vida nos está incendiando despacio.
Primero desaparecen los padres, luego la casa de la infancia, luego los amigos que sabían quiénes fuimos. Y luego, incluso viene un pirómano a rematar la faena. Tarde o temprano, uno acaba viviendo entre ruinas invisibles, con la obstinación irreductible de quien sigue poniendo flores en una ventana, aunque sepa que nada hay más provisional que una ventana.
Tal vez vivir consista en aceptar que somos una hoguera al revés. Vamos perdiéndolo todo poco a poco, desde la juventud hasta los padres, los amigos, las certezas, el cuerpo que fuimos. Aun así, seguimos en el hábito animoso en encender la lámpara cada noche.
No destruye paisajes o viviendas el incendio sino biografías. Todo hombre con un incendio en la existencia es un desterrado de sí mismo. Ya sabemos que el negro es también el color del verano.
Todos somos ricos hasta que la llama de la desgracia nos ajusta el inventario. Temas Incendios forestales Castellón Padres comentarios Reportar un error Perderlo todo El fuego no destruye solo casas: arrasa recuerdos, biografías y la arquitectura invisible que sostiene la vida de una familia Regala esta noticia Añádenos en Google Una bandera española dañada ondea el 30 de julio de 2026 sobre unas casas quemadas en un incendio forestal en Alfondeguilla, Castellón. (EUROPA PRESS) Ángel Antonio Herrera 01/08/2026 a las 20:03h. Perderlo todo es una experiencia extrema que vislumbramos imposible, hasta que un día le sucede al vecino.
Ahí está, en estos días aciagos. Se pierde de repente la casa donde uno nació, el reloj del padre, la mecedora de la madre, el álbum donde todavía ... había un niño de recreo, con pantalón corto y la ilusión limpia, cuyo nombre pudiera ser el nuestro. Hay objetos que valen 10 euros y otros que no tienen precio, porque incluyen una vida entera.
El fuego es demócrata, en su ferocidad, y no distingue entre unos y otros. Para las llamas, una tela de Velázquez y una fotografía de comunión cotizan exactamente lo mismo. Hay algo obsceno en contemplar una casa ardiendo.
Se queman unos muebles, pero sobre todo se quema el tiempo mismo. Eso no aparece en los telediarios. Está la noticia en la noticia que no damos, porque se destruyen lunes, cumpleaños, Nochebuenas, reconciliaciones, siestas de agosto, lunas de amorío, aquella marca de un lápiz en el marco de una puerta donde un padre iba midiendo la estatura de los hijos.
Arde la arquitectura invisible de una familia. Y eso ya no lo remienda o alivia ningún seguro. La dimensión de un incendio no se mide por metros sino por recuerdos.
En rigor, la vida nos está incendiando despacio. Primero desaparecen los padres, luego la casa de la infancia, luego los amigos que sabían quiénes fuimos. Y luego, incluso viene un pirómano a rematar la faena.
Tarde o temprano, uno acaba viviendo entre ruinas invisibles, con la obstinación irreductible de quien sigue poniendo flores en una ventana, aunque sepa que nada hay más provisional que una ventana. Tal vez vivir consista en aceptar que somos una hoguera al revés. Vamos perdiéndolo todo poco a poco, desde la juventud hasta los padres, los amigos, las certezas, el cuerpo que fuimos.
Aun así, seguimos en el hábito animoso en encender la lámpara cada noche. No destruye paisajes o viviendas el incendio sino biografías. Todo hombre con un incendio en la existencia es un desterrado de sí mismo.
Ya sabemos que el negro es también el color del verano. Todos somos ricos hasta que la llama de la desgracia nos ajusta el inventario. Temas Incendios forestales Castellón Padres comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero.
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