Vanesa Lorenzo retrasa el primer móvil de su hija y una psiquiatra explica por qué
La decisión de la modelo Vanesa Lorenzo de que su hija mayor, de 12 años, todavía no tenga teléfono móvil, pese a que muchos de sus amigos ya disponen de uno, vuelve a poner sobre la mesa una cuestión
Vanesa Lorenzo retrasa el primer móvil de su hija y una psiquiatra explica por qué La edad no es el único criterio para decidir cuándo un menor está preparado para tener teléfono propio Regala esta noticia Añádenos en Google Según la psiquiatra Ana Isabel Sanz «existe consenso en que por debajo de los 13 años el móvil no es conveniente». (ABC) Soledad Barbacil Madrid 19/08/2026 Actualizado a las 01:17h. La decisión de la modelo Vanesa Lorenzo de que su hija mayor, de 12 años, todavía no tenga teléfono móvil, pese a que muchos de sus amigos ya disponen de uno, vuelve a poner sobre la mesa una cuestión cada vez más presente en las ... familias: ¿cuándo está realmente preparado un niño para tener su primer smartphone? Para la psiquiatra Ana Isabel Sanz, no existe una edad que sirva por igual para todos, aunque sí señala que «parece existir cierto consenso en que por debajo de los 13 años no resulta conveniente».
La experta, médico psiquiatra y directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias, considera que la decisión no debería tomarse únicamente atendiendo a la edad. «Cada adolescente es diferente y alcanza la responsabilidad, la madurez y la capacidad para gestionar la frustración en momentos distintos», explica. Por eso, antes de entregar un teléfono propio, considera necesario valorar si el menor dispone de las herramientas necesarias para desenvolverse adecuadamente en el mundo digital.
El debate no está tanto en si el móvil es bueno o malo como en qué supone introducir una herramienta especialmente estimulante en una etapa en la que todavía se están desarrollando los mecanismos de autocontrol. «El problema de un acceso demasiado precoz es que estamos poniendo al alcance del menor una herramienta enormemente estimulante cuando determinados mecanismos de control cerebral todavía no están completamente desarrollados», apunta Sanz. La situación adquiere una especial relevancia cuando el smartphone abre además la puerta a las redes sociales.
En estos espacios predominan la gratificación inmediata y la comparación constante con otras personas: seguidores, modelos corporales, estilos de vida o determinadas formas de éxito que se presentan como deseables. Para enfrentarse a esos mensajes, explica la psiquiatra, es necesario haber desarrollado previamente recursos que permitan al menor preguntarse quién es, quién quiere ser y qué criterios quiere seguir. «Cuando todavía no existen esas herramientas, el menor queda mucho más expuesto a la manipulación, a la comparación y a la pérdida de una autocrítica sana», advierte.
Noticia relacionada Pilar Rubio, sobre la crianza de sus hijos con Sergio Ramos: «No tienen móvil y mientras estén en mi casa tampoco redes sociales» Marina Ortiz Retrasar el primer móvil puede permitir que durante esos años el niño desarrolle habilidades que después necesitará también cuando se incorpore al entorno digital. Relacionarse cara a cara, gestionar la frustración, asumir responsabilidades, cumplir normas, desarrollar su identidad o aprender a pedir ayuda son, para Sanz, recursos que conviene consolidar antes.
«Lo deseable es que primero aprenda a manejarse en el mundo tangible y analógico y después dé el paso al digital, y no a la inversa», resume. Además, posponer el smartphone no tiene por qué significar aislar al menor de su grupo. La familia puede favorecer los encuentros presenciales, buscar otras vías de comunicación y, sobre todo, explicar las razones de la decisión.
La psiquiatra considera importante que no se plantee únicamente como una prohibición unilateral, sino como una decisión razonada. «No debería considerarse simplemente como un «no tienes móvil porque lo digo yo», sino como una decisión razonada y explicada», señala. Una de las cuestiones que preocupa especialmente es la exposición continuada a estímulos rápidos.
Los mensajes breves, impactantes y diseñados para captar la atención proporcionan una gratificación inmediata. Según Sanz, acostumbrarse desde edades tempranas a esa dinámica puede hacer que otras experiencias de menor intensidad resulten «grises, aburridas o insuficientes». En el caso de los menores, el impacto puede ser especialmente relevante porque sus mecanismos cerebrales de control todavía están en desarrollo.
La psiquiatra explica que esta exposición puede influir en procesos cognitivos y emocionales y apunta también a la atención y al sueño. «Estamos sometiendo al cerebro a estímulos tan rápidos que dificultan el desarrollo de mecanismos encargados de mantener el foco durante un periodo prolongado y de alcanzar una atención profunda», afirma. La dimensión emocional tampoco queda al margen.
Si un menor se acostumbra a recibir continuamente estímulos intensos y gratificantes, la vida cotidiana puede parecerle poco estimulante en comparación. Esto puede dificultar la tolerancia al aburrimiento y a la frustración, según la especialista. Cuando no tener móvil se convierte en un problema Newsletter Sin embargo, retrasar el teléfono tampoco significa ignorar la presión social que puede experimentar un preadolescente.
A los 11 o 12 años, ser el único del grupo que no tiene móvil puede hacer que el menor se sienta diferente o incluso estigmatizado. «Puede sentir que está en desventaja y llegar incluso a aislarse si esa diferencia no se gestiona adecuadamente», reconoce Sanz. Por eso considera importante hablar con el hijo tanto de lo que el teléfono puede aportar —la posibilidad de comunicarse con sus amigos, compartir temas de conversación o sentirse integrado— como de aquello a lo que puede exponerle.
También pueden buscarse alternativas y establecer fórmulas intermedias, como determinados periodos de utilización o momentos de desconexión. La clave, en este sentido, está en averiguar qué hay realmente detrás de la petición de un móvil. «Hay que mantener una conversación profunda con el menor y preguntarle para qué quiere realmente el teléfono», explica la psiquiatra.
Puede tratarse del miedo a quedarse fuera del grupo, de la necesidad de sentirse aceptado o, en cambio, de una necesidad práctica relacionada con los estudios, las actividades extraescolares o el comienzo de una mayor autonomía. «Tenemos que transmitirle que el móvil no es un apéndice de nuestro cuerpo, sino una herramienta», apunta Sanz. Y esa diferencia resulta fundamental: no es lo mismo necesitar un teléfono para poder comunicarse cuando el menor empieza a desplazarse solo que utilizarlo simplemente para ocupar cualquier momento vacío.
Más allá de una edad concreta, existen determinados comportamientos que pueden ayudar a los padres a valorar si ha llegado el momento. Entre ellos, que el menor sea capaz de cumplir normas, responsabilizarse de sus tareas y horarios, respetar acuerdos sobre tiempos de utilización y contenidos y tolerar un 'no' sin descontrolarse cuando llega el momento de apagar el dispositivo. También es importante que comprenda que sus acciones tienen consecuencias y que lo que hace en internet deja una huella.
La comunicación familiar constituye otro elemento fundamental: que sea capaz de pedir ayuda a sus padres, profesores u otros adultos de confianza cuando se encuentre ante una situación que no sabe resolver. «Lo que hacemos es mucho más educativo que lo que decimos» Ana Isabel Sanz Para Sanz, hay además una señal especialmente relevante: que el menor haya aprendido previamente a desenvolverse en las relaciones presenciales y comprenda las reglas básicas de la convivencia cara a cara.
A ello se suma que el teléfono responda a una necesidad real y que el niño sea capaz de explicar por qué lo necesita más allá del argumento de que «todos los demás lo tienen». Porque la decisión no termina el día que el móvil llega a casa. A partir de entonces comienza también una tarea educativa.
«El problema no es solo a qué edad se entrega el primer móvil, sino cómo gestionamos su uso a partir de ese momento», sostiene la psiquiatra. Para ello recomienda establecer límites y mantener un diálogo permanente sobre los riesgos, pero sin convertir cada conversación en un sermón. El papel de los padres resulta especialmente importante.
Sanz recuerda que los menores observan continuamente cómo utilizan sus propios dispositivos los adultos. «Si nos ven pasar horas haciendo scroll en las redes sociales o sentarnos juntos sin hablar porque estamos pendientes del teléfono, ese es el modelo que interiorizan». Por eso, concluye, «lo que hacemos es mucho más educativo que lo que decimos». comentarios Reportar un error Vanesa Lorenzo retrasa el primer móvil de su hija y una psiquiatra explica por qué La edad no es el único criterio para decidir cuándo un menor está preparado para tener teléfono propio Regala esta noticia Añádenos en Google Según la psiquiatra Ana Isabel Sanz «existe consenso en que por debajo de los 13 años el móvil no es conveniente». (ABC) Soledad Barbacil Madrid 19/08/2026 Actualizado a las 01:17h.
La decisión de la modelo Vanesa Lorenzo de que su hija mayor, de 12 años, todavía no tenga teléfono móvil, pese a que muchos de sus amigos ya disponen de uno, vuelve a poner sobre la mesa una cuestión cada vez más presente en las ... familias: ¿cuándo está realmente preparado un niño para tener su primer smartphone? Para la psiquiatra Ana Isabel Sanz, no existe una edad que sirva por igual para todos, aunque sí señala que «parece existir cierto consenso en que por debajo de los 13 años no resulta conveniente». La experta, médico psiquiatra y directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias, considera que la decisión no debería tomarse únicamente atendiendo a la edad.
«Cada adolescente es diferente y alcanza la responsabilidad, la madurez y la capacidad para gestionar la frustración en momentos distintos», explica. Por eso, antes de entregar un teléfono propio, considera necesario valorar si el menor dispone de las herramientas necesarias para desenvolverse adecuadamente en el mundo digital. El debate no está tanto en si el móvil es bueno o malo como en qué supone introducir una herramienta especialmente estimulante en una etapa en la que todavía se están desarrollando los mecanismos de autocontrol.
«El problema de un acceso demasiado precoz es que estamos poniendo al alcance del menor una herramienta enormemente estimulante cuando determinados mecanismos de control cerebral todavía no están completamente desarrollados», apunta Sanz. La situación adquiere una especial relevancia cuando el smartphone abre además la puerta a las redes sociales. En estos espacios predominan la gratificación inmediata y la comparación constante con otras personas: seguidores, modelos corporales, estilos de vida o determinadas formas de éxito que se presentan como deseables.
Para enfrentarse a esos mensajes, explica la psiquiatra, es necesario haber desarrollado previamente recursos que permitan al menor preguntarse quién es, quién quiere ser y qué criterios quiere seguir. «Cuando todavía no existen esas herramientas, el menor queda mucho más expuesto a la manipulación, a la comparación y a la pérdida de una autocrítica sana», advierte. Noticia relacionada Pilar Rubio, sobre la crianza de sus hijos con Sergio Ramos: «No tienen móvil y mientras estén en mi casa tampoco redes sociales»
Marina Ortiz Retrasar el primer móvil puede permitir que durante esos años el niño desarrolle habilidades que después necesitará también cuando se incorpore al entorno digital. Relacionarse cara a cara, gestionar la frustración, asumir responsabilidades, cumplir normas, desarrollar su identidad o aprender a pedir ayuda son, para Sanz, recursos que conviene consolidar antes. «Lo deseable es que primero aprenda a manejarse en el mundo tangible y analógico y después dé el paso al digital, y no a la inversa», resume.
Además, posponer el smartphone no tiene por qué significar aislar al menor de su grupo. La familia puede favorecer los encuentros presenciales, buscar otras vías de comunicación y, sobre todo, explicar las razones de la decisión. La psiquiatra considera importante que no se plantee únicamente como una prohibición unilateral, sino como una decisión razonada.
«No debería considerarse simplemente como un «no tienes móvil porque lo digo yo», sino como una decisión razonada y explicada», señala. Una de las cuestiones que preocupa especialmente es la exposición continuada a estímulos rápidos. Los mensajes breves, impactantes y diseñados para captar la atención proporcionan una gratificación inmediata.
Según Sanz, acostumbrarse desde edades tempranas a esa dinámica puede hacer que otras experiencias de menor intensidad resulten «grises, aburridas o insuficientes». En el caso de los menores, el impacto puede ser especialmente relevante porque sus mecanismos cerebrales de control todavía están en desarrollo. La psiquiatra explica que esta exposición puede influir en procesos cognitivos y emocionales y apunta también a la atención y al sueño.
«Estamos sometiendo al cerebro a estímulos tan rápidos que dificultan el desarrollo de mecanismos encargados de mantener el foco durante un periodo prolongado y de alcanzar una atención profunda», afirma. La dimensión emocional tampoco queda al margen. Si un menor se acostumbra a recibir continuamente estímulos intensos y gratificantes, la vida cotidiana puede parecerle poco estimulante en comparación.
Esto puede dificultar la tolerancia al aburrimiento y a la frustración, según la especialista. Cuando no tener móvil se convierte en un problema Newsletter Sin embargo, retrasar el teléfono tampoco significa ignorar la presión social que puede experimentar un preadolescente. A los 11 o 12 años, ser el único del grupo que no tiene móvil puede hacer que el menor se sienta diferente o incluso estigmatizado.
«Puede sentir que está en desventaja y llegar incluso a aislarse si esa diferencia no se gestiona adecuadamente», reconoce Sanz. Por eso considera importante hablar con el hijo tanto de lo que el teléfono puede aportar —la posibilidad de comunicarse con sus amigos, compartir temas de conversación o sentirse integrado— como de aquello a lo que puede exponerle. También pueden buscarse alternativas y establecer fórmulas intermedias, como determinados periodos de utilización o momentos de desconexión.
La clave, en este sentido, está en averiguar qué hay realmente detrás de la petición de un móvil. «Hay que mantener una conversación profunda con el menor y preguntarle para qué quiere realmente el teléfono», explica la psiquiatra. Puede tratarse del miedo a quedarse fuera del grupo, de la necesidad de sentirse aceptado o, en cambio, de una necesidad práctica relacionada con los estudios, las actividades extraescolares o el comienzo de una mayor autonomía.
«Tenemos que transmitirle que el móvil no es un apéndice de nuestro cuerpo, sino una herramienta», apunta Sanz. Y esa diferencia resulta fundamental: no es lo mismo necesitar un teléfono para poder comunicarse cuando el menor empieza a desplazarse solo que utilizarlo simplemente para ocupar cualquier momento vacío. Más allá de una edad concreta, existen determinados comportamientos que pueden ayudar a los padres a valorar si ha llegado el momento.
Entre ellos, que el menor sea capaz de cumplir normas, responsabilizarse de sus tareas y horarios, respetar acuerdos sobre tiempos de utilización y contenidos y tolerar un 'no' sin descontrolarse cuando llega el momento de apagar el dispositivo. También es importante que comprenda que sus acciones tienen consecuencias y que lo que hace en internet deja una huella. La comunicación familiar constituye otro elemento fundamental: que sea capaz de pedir ayuda a sus padres, profesores u otros adultos de confianza cuando se encuentre ante una situación que no sabe resolver.
«Lo que hacemos es mucho más educativo que lo que decimos» Ana Isabel Sanz Para Sanz, hay además una señal especialmente relevante: que el menor haya aprendido previamente a desenvolverse en las relaciones presenciales y comprenda las reglas básicas de la convivencia cara a cara. A ello se suma que el teléfono responda a una necesidad real y que el niño sea capaz de explicar por qué lo necesita más allá del argumento de que «todos los demás lo tienen».
Porque la decisión no termina el día que el móvil llega a casa. A partir de entonces comienza también una tarea educativa. «El problema no es solo a qué edad se entrega el primer móvil, sino cómo gestionamos su uso a partir de ese momento», sostiene la psiquiatra.
Para ello recomienda establecer límites y mantener un diálogo permanente sobre los riesgos, pero sin convertir cada conversación en un sermón. El papel de los padres resulta especialmente importante. Sanz recuerda que los menores observan continuamente cómo utilizan sus propios dispositivos los adultos.
«Si nos ven pasar horas haciendo scroll en las redes sociales o sentarnos juntos sin hablar porque estamos pendientes del teléfono, ese es el modelo que interiorizan». Por eso, concluye, «lo que hacemos es mucho más educativo que lo que decimos». comentarios Reportar un error Pilar Rubio, sobre la crianza de sus hijos con Sergio Ramos: «No tienen móvil y mientras estén en mi casa tampoco redes sociales» Marina Ortiz Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Elsa Pataky: «Ceno a las 18.30 y ayuno hasta las 10.
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Marina Ortiz