Como a gilipollas
Vale, que sí, que debería estar pegado más a la actualidad, que últimamente las columnas están tan desacompasadas como mis escleróticos andares, pero es que hay veces que llego al día de teclear con u
Como a gilipollas No insultes al personal. Porque la mayoría trabajamos en sitios donde nos obligan a devolver cualquier regalo que supere los cincuenta euros Escucha el artículo. 3 min Escucha el artículo. 3 min Regala esta noticia Añádenos en Google (Gabriel Sanz) Agustín Pery 28/07/2026 Actualizado a las 20:00h. Vale, que sí, que debería estar pegado más a la actualidad, que últimamente las columnas están tan desacompasadas como mis escleróticos andares, pero es que hay veces que llego al día de teclear con una idea rémora en la cabeza.
Verán, creo que no soy ... gilipollas. Igual sí, oigan, que la gilipollez es una condición mensurable, pero también opinable. Incluso democrática: si un porcentaje elevado de tus congéneres cree que eres un bobo esférico, a lo mejor hasta tienen razón.
Lo que no admite discusión es que a ninguno nos gusta que nos insulten. Pertenezco a ese grupo de personas al que le molesta que el expresidente que nos devolvió los derechos, apuntaló el progreso, espantó el fantasma del fascismo y nos hizo más demócratas y mejores (no se me enerven, es irónico) me trate como a un auténtico imbécil. Porque hay que tenerlos muy cuadrados, y una moral inexistente, para plantarse en un plató, el suyo, el de los suyos, y sostener que ese ajuar obsceno, hortera, digno de un oligarca ruso o de un narco sinaloense era un simple regalo de cortesía.
Que nunca tuvo uso, ni destino, ni afán. Y que, aquí llega lo más obsceno, en casa de los Zapatero Espinosa ni siquiera hablaban de esas joyas. Claro, no me imagino a la familia en el tresillo probándose el joyerío, haciéndose selfis en la cocina o tirándose a la piscina para comprobar si las esmeraldas cambian de color con el cloro.
Ese no es el asunto. No, José Luis. Eso no.
Restarle importancia a las cosas no rebaja la indignidad ética —ya veremos si también penal— de tus actos. Enriquecerse ejerciendo de speaker de dictaduras infames que obligan al éxodo de millones de personas te retrata como lo que eres: un tipo codicioso, moralmente execrable. Por eso me enerva que me trates como si fuera gilipollas.
No aspiro a que reconozcas tus pecados ni a que pidas perdón. Eso se despacha en otra ventanilla. Entiendo incluso que reclames para ti la presunción que tú y los tuyos negasteis a vuestros rivales y abjures del apaleamiento público del que tanto rédito sacasteis.
Pero no te pases. Hoy eres una fiera, una alimaña, quizá, herida. No insultes al personal.
Porque la mayoría trabajamos en sitios donde nos obligan a devolver cualquier regalo que supere los cincuenta euros. En esta empresa, en otras donde trabajé y en miles más, cada Navidad llega una circular recordándote que puedes devolver los regalos, donarlos, pero nunca quedártelos. No me imagino respondiendo a Recursos Humanos que he guardado una joya de más de cien mil euros en un cajón, que en casa nadie ha hablado de ella y que, para mí, era poco más que un turrón de Jijona o una botella de Anís del Mono.
Si nos tratas de idiotas no es porque puedas, sino porque tu grey te lo permite. Y eso es casi peor. Porque quienes te aplauden, callan o hasta te ríen las (des)gracias son cómplices.
Cómplices de los arrumacos al Gollum leonés y a su tesoro. No sé si por estupidez; seguro, por fanatismo. Temas Navidad Joyería Audiencia Nacional José Luis Rodríguez Zapatero comentarios Reportar un error Como a gilipollas No insultes al personal.
Porque la mayoría trabajamos en sitios donde nos obligan a devolver cualquier regalo que supere los cincuenta euros Escucha el artículo. 3 min Escucha el artículo. 3 min Regala esta noticia Añádenos en Google (Gabriel Sanz) Agustín Pery 28/07/2026 Actualizado a las 20:00h. Vale, que sí, que debería estar pegado más a la actualidad, que últimamente las columnas están tan desacompasadas como mis escleróticos andares, pero es que hay veces que llego al día de teclear con una idea rémora en la cabeza. Verán, creo que no soy ... gilipollas.
Igual sí, oigan, que la gilipollez es una condición mensurable, pero también opinable. Incluso democrática: si un porcentaje elevado de tus congéneres cree que eres un bobo esférico, a lo mejor hasta tienen razón. Lo que no admite discusión es que a ninguno nos gusta que nos insulten.
Pertenezco a ese grupo de personas al que le molesta que el expresidente que nos devolvió los derechos, apuntaló el progreso, espantó el fantasma del fascismo y nos hizo más demócratas y mejores (no se me enerven, es irónico) me trate como a un auténtico imbécil. Porque hay que tenerlos muy cuadrados, y una moral inexistente, para plantarse en un plató, el suyo, el de los suyos, y sostener que ese ajuar obsceno, hortera, digno de un oligarca ruso o de un narco sinaloense era un simple regalo de cortesía. Que nunca tuvo uso, ni destino, ni afán.
Y que, aquí llega lo más obsceno, en casa de los Zapatero Espinosa ni siquiera hablaban de esas joyas. Claro, no me imagino a la familia en el tresillo probándose el joyerío, haciéndose selfis en la cocina o tirándose a la piscina para comprobar si las esmeraldas cambian de color con el cloro. Ese no es el asunto.
No, José Luis. Eso no. Restarle importancia a las cosas no rebaja la indignidad ética —ya veremos si también penal— de tus actos.
Enriquecerse ejerciendo de speaker de dictaduras infames que obligan al éxodo de millones de personas te retrata como lo que eres: un tipo codicioso, moralmente execrable. Por eso me enerva que me trates como si fuera gilipollas. No aspiro a que reconozcas tus pecados ni a que pidas perdón.
Eso se despacha en otra ventanilla. Entiendo incluso que reclames para ti la presunción que tú y los tuyos negasteis a vuestros rivales y abjures del apaleamiento público del que tanto rédito sacasteis. Pero no te pases.
Hoy eres una fiera, una alimaña, quizá, herida. No insultes al personal. Porque la mayoría trabajamos en sitios donde nos obligan a devolver cualquier regalo que supere los cincuenta euros.
En esta empresa, en otras donde trabajé y en miles más, cada Navidad llega una circular recordándote que puedes devolver los regalos, donarlos, pero nunca quedártelos. No me imagino respondiendo a Recursos Humanos que he guardado una joya de más de cien mil euros en un cajón, que en casa nadie ha hablado de ella y que, para mí, era poco más que un turrón de Jijona o una botella de Anís del Mono. Si nos tratas de idiotas no es porque puedas, sino porque tu grey te lo permite.
Y eso es casi peor. Porque quienes te aplauden, callan o hasta te ríen las (des)gracias son cómplices. Cómplices de los arrumacos al Gollum leonés y a su tesoro.
No sé si por estupidez; seguro, por fanatismo. Temas Navidad Joyería Audiencia Nacional José Luis Rodríguez Zapatero comentarios Reportar un error Con GPS y asistente de voz para hablar sin móvil: el Huawei Watch GT6 aguanta 21 días sin cargar Alejandra Santisteban Guiu Boticaria García, nutricionista: «El melón no fermenta en el estómago después de la cena. No es peor comerlo por la noche»
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