Lo que cuentan las heridas en Gaza
Una enfermera palestina que apenas habla inglés señala las cabezas vendadas de dos niños conectados a respiradores y repite una palabra: shot . Les han disparado. El cirujano estadounidense piensa pri
Lo que cuentan las heridas en Gaza Un análisis científico y documentado de 114 casos de niños palestinos en Gaza que sufrieron disparos selectivos en la cabeza y el pecho ha ganado el Premio Europeo de Periodismo 2026. Fue publicado en el diario neerlandés 'de Volkskrant', pero no son los únicos que han documentado este tipo de crimen, que Israel niega. Te lo contamos.
Mira, de 4 años, llegó a un hospital de Gaza con una bala en la cabeza. Según sus padres, le disparaon con un dron en la zona humanitaria declarada por Israel. Regala esta noticia Añádenos en Google Carlos Manuel Sanchez 06/08/2026 a las 10:08h.
Una enfermera palestina que apenas habla inglés señala las cabezas vendadas de dos niños conectados a respiradores y repite una palabra: shot. Les han disparado. El cirujano estadounidense piensa primero que se equivoca.
Entonces mira las tomografías. Sobre el gris del hueso, una forma ... oval, blanca, nítida. No hace falta ser médico para adivinar lo que es.
Una bala alojada dentro de una cabeza pequeña. Es el primer día de Feroze Sidhwa en el Hospital Europeo de Gaza, marzo de 2024. Cirujano de trauma en Stockton (California), hijo de inmigrantes paquistaníes, ha operado en Zimbabue y en Haití, ha formado a médicos en Ucrania, y hasta esa semana creía saber lo que un ser humano puede soportar.
En otra sala halla otros dos niños en el mismo estado. Durante los trece días siguientes llegarán nueve más: trece en total, cada uno con una sola bala en la cabeza o el pecho y sin otras heridas visibles. Contra todo pronóstico, a Mira, la niña de la radiografía anterior, le pudieron extraer la bala y sobrevivió.
Sidhwa anota lo que va viendo en el diario del móvil. Llegó a preguntarse si su hospital caía cerca de un francotirador enloquecido o de un equipo de drones que mataba niños por diversión. De vuelta en California, en un congreso, se cruza por azar con otro médico estadounidense que había trabajado en Gaza justo antes que él.
Le menciona los niños. El otro asiente: él también los vio, casi cada día. Ese cruce de pasillo fue el origen de una investigación periodística extraordinariamente compleja.
Maud Effting y Willem Feenstra son reporteros del diario neerlandés de Volkskrant. El 3 de junio de 2026, en la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa, su reportaje, titulado Lo que las heridas nos dicen, fue escogido entre más de ochocientas candidaturas de 44 países. El jurado subrayó lo que hace singular a la pieza: el personal sanitario convertido en testigo de crímenes inconcebibles, y el rigor logrado en un contexto donde el acceso independiente es casi imposible.
Israel no permite a los periodistas extranjeros entrar de forma independiente en Gaza; salvo contadas visitas bajo control militar, la prensa internacional informa desde fuera. Así que Effting y Feenstra convirtieron al personal sanitario en sus ojos sobre el terreno. Un exjefe del Ejército de Tierra neerlandés juzgó prácticamente nula la posibilidad de que más de cien impactos concentrados en la cabeza y la zona cardiaca fueran fortuitos.
«Eso no es daño colateral. Es fuego dirigido» Durante meses hablaron con diecisiete médicos y una enfermera de Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá y los Países Bajos, gente curtida en Sudán, Afganistán, Bosnia, Ruanda.
Les pidieron fotos, radiografías, notas de quirófano, páginas de diario escritas a las tres de la madrugada. Quince de los diecisiete médicos dijeron haber atendido a niños de 15 años o menos con una única bala en la cabeza o el pecho. Aplicando el criterio más restrictivo –fuera los casos dudosos, fuera aquellos en que había heridas en otras partes del cuerpo, donde el disparo dirigido es menos seguro– sumaron 114.
La mayoría no sobrevivió. Esa cifra, 114, no pretende ser una estimación del total de víctimas. Es un recuento conservador de los casos recordados o documentados por un grupo limitado de sanitarios extranjeros durante estancias breves y en una parte de los hospitales de Gaza.
Los propios médicos calculan que el total real puede ser mucho mayor: los niños que morían en el acto, dicen, no solían llegar a sus plantas. El límite de los 15 años buscaba reducir la ambigüedad; en la mayoría de los casos, explican los autores, las víctimas resultaban inequívocamente reconocibles como niños. Luego está la verificación material.
De Volkskrant mostró decenas de fotografías y varias radiografías a dos patólogos forenses. Wim van de Voorde, catedrático emérito de la Universidad de Lovaina, consideró que con toda probabilidad se trataba de disparos efectuados desde cierta distancia y dirigidos a la cabeza o el cuello con munición militar, aunque advirtió que las imágenes no bastaban por sí solas para extraer conclusiones judiciales. Frank van de Goot observó que los proyectiles alojados en los cráneos habían perdido energía antes del impacto, porque los niños tienen el cráneo más fino que los adultos y, de lo contrario, lo habrían atravesado: «A estos niños, por tanto, se les disparó desde una distancia considerable».
El exjefe del Ejército de Tierra neerlandés Mart de Kruif juzgó prácticamente nula la posibilidad de que más de cien impactos concentrados en la cabeza y la zona cardiaca fueran fortuitos. «Eso no es daño colateral –resumió–. Es fuego dirigido».
El doctor Feroze Sidhwa, cirujano californiano de origen paquistaní que trabajó en Palestina, fue testigo de los disparos selectivos a niños. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) niegan de forma sistemática disparar deliberadamente contra civiles, y rechazaron las acusaciones recogidas en el reportaje. Frente a esa versión, de Volkskrant recoge lo que militares israelíes han contado de forma anónima a Haaretz, el diario liberal israelí y el más crítico con la conducta del Ejército durante la guerra.
Israel había abierto en mayo de 2025 cuatro puntos de distribución de alimentos a los que la población tenía que desplazarse para conseguir comida. Los soldados destinados allí describen lo que ocurría: se disparaba contra la multitud que esperaba, por orden de los mandos, aunque no supusiera ninguna amenaza. No había megafonía ni instrucciones de ningún tipo; el fuego cesaba cuando los mandos lo decidían y ese silencio era la única señal de que la gente podía acercarse.
Disparar, dice uno de ellos, era su forma de comunicarse. «Es un campo de exterminio», resume otro. Un tercero cuenta que entre ellos comparaban aquello con el escondite inglés: el juego en el que hay que avanzar hacia un niño que está de espaldas y quedas eliminado si te ve moverse cuando se da la vuelta.
La organización de veteranos Breaking the Silence recogió por su parte testimonios de militares a los que se ordenó disparar contra cualquiera que entrara en determinadas zonas. Los periodistas holandeses no fueron los primeros en contarlo. Un mes antes, en agosto de 2025, el Servicio Mundial de la BBC había publicado su propia investigación: 168 casos de niños alcanzados por disparos entre octubre de 2023 y julio de 2025, de los cuales 95 recibieron el impacto en la cabeza o el pecho, y 67 tenían menos de 12 años.
En los 59 casos en que la cadena pudo consultar testimonios presenciales, los testigos atribuyeron 57 disparos al Ejército israelí y dos a fuego palestino. La BBC habló con treinta médicos y enfermeros y revisó cientos de fotografías, vídeos, escáneres y notas clínicas. Las FDI respondieron a la cadena que los casos concretos serían examinados por las autoridades competentes y que está estrictamente prohibido dañar de forma intencionada a civiles, en especial a niños.
Dar testimonio tiene una dificultad añadida. Los médicos son las mejores fuentes que quedan. Casi todos quieren volver a Gaza.
Pero saben que, si hablan, Israel puede vetarles la entrada: más de cien sanitarios extranjeros han visto rechazado su acceso desde marzo de 2025, en casi todos los casos sin una explicación de fondo. Sidhwa contó que las organizaciones humanitarias advertían a los sanitarios de que no documentaran lo que veían, por temor a que Israel les impidiera regresar. Las fotografías que llegaron a los periodistas se tomaron, por tanto, bajo una presión extraordinaria: con la conciencia de que conservar una prueba podía cerrarles para siempre la puerta de Gaza.
Los médicos tratan a tres niños palestinos heridos en el hospital Al-Aqsa tras un ataque israelí en el centro de la Franja de Gaza en 2023. Según reconstruye de Volkskrant, a la anestesióloga Ahlia Kattan, norteamericana de origen iraquí, le trajeron una niña de menos de 2 años, muy pálida, aparentemente intacta; pensó que tendría una hemorragia interna. La madre gritaba.
Kattan empezó el masaje cardiaco e intubó. Continuó la reanimación, explicaría después, para que la madre supiera que habían hecho todo lo posible. Entonces alguien le pasó la tomografía.
Una bala. Un disparo en la sien. Hizo una foto desde los pies de la cama, una de las poquísimas que hizo en Gaza.
Por qué la hizo es la frase que resume el problema: «Si no, nadie me va a creer». Los periodistas debían verificar a distancia los relatos de quienes habían atendido a las víctimas y contrastarlos con fotografías, radiografías, diarios y notas quirúrgicas. Y buena parte de su trabajo consistió en decidir qué no enseñar.
El periódico vio imágenes de decenas de niños con heridas de bala y publicó una selección tras mucha deliberación, porque las consideraba parte esencial de la investigación; los médicos que las tomaron consultaron con los familiares cuando pudieron, y cuando no –porque la familia estaba muerta, desplazada o era ilocalizable– las compartieron igualmente, convencidos del interés público. La mayoría del material no se publicó, por demasiado atroz. Los médicos son las mejores fuentes que quedan.
Pero saben que, si hablan, Israel puede impedirles regresar a Gaza. A más de cien sanitarios extranjeros les han vetado el acceso desde marzo de 2025 Nizam Mamode, cirujano británico de trasplantes de 63 años, medio jubilado cuando lo llamaron para ir a Gaza, volvió a Londres y compareció ante una comisión del Parlamento británico. Contó que vio una radiografía que mostraba una bala alojada en el cerebro de un niño de 3 años.
Y relató lo que ocurría después de los bombardeos: aparecían drones que disparaban contra quienes salían a auxiliar a los heridos. «Día tras día tras día», resumió. En mitad del relato se quedó sin voz, cerró los ojos, le temblaban los labios.
Después cortó con unas tijeras su carné del Partido Laborista, tras casi tres décadas de militancia, porque se avergonzaba de un Gobierno que tenía la obligación moral de actuar y no lo hizo. Los médicos del reportaje fueron a Gaza a operar, no a denunciar. Casi todos se dieron cuenta, uno a uno, de que su trabajo no terminaba al volver a casa.
Sidhwa acabó compareciendo ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 28 de mayo de 2025. Allí afirmó que durante sus cinco semanas en Gaza no había visto ni tratado a un solo combatiente. Su discurso original, contaría luego, era más duro; lo suavizó por consejo de una persona de confianza, para no apartarse demasiado de los usos diplomáticos ni ser acusado de no ser neutral.
Que sea un cirujano de California, y no un periodista sobre el terreno, quien tenga que decir eso ante el Consejo de Seguridad no es un detalle menor. Cuando se veta el acceso independiente a la prensa, la carga de testificar recae sobre gente que no eligió ese papel y que a menudo ni sabe cómo ejercerlo. Effting y Feenstra, desde una redacción en Ámsterdam, reunieron esos testimonios dispersos, los cruzaron entre sí, los contrastaron con documentos e imágenes, los sometieron a forenses y los seleccionaron hasta quedarse con el núcleo más difícil de refutar.
Un niño herido en el hospital Al-Shifa tras los ataques israelíes contra el campamento de refugiados de Jabalia, en la Franja de Gaza, el 20 de julio. Sidhwa, por su parte, ya había participado en 2024 en una iniciativa de The New York Times que reunió el testimonio de sesenta y cinco médicos, enfermeros y paramédicos que habían trabajado en Gaza. Esperaba que aquellas declaraciones provocaran una reacción política mucho mayor.
Según contó después el cirujano, no ocurrió: sostiene que la Administración Biden lo ignoró sin más. En marzo de 2025, después de que Israel reanudara los bombardeos y quedara roto el alto el fuego, Sidhwa atendió a una niña de 5 años llamada Sham. Una esquirla le había atravesado el cerebro.
Sentado en el suelo, mientras intentaba ayudarla a respirar y miraba la sangre que le salía de la mejilla izquierda, el cirujano descubrió que ya no podía pensar como médico. Se preguntaba quién había pagado aquel proyectil, si había salido de sus impuestos o de los de alguno de sus vecinos, y a qué estadounidense podía escribir para decirle dónde había terminado su munición. comentarios Reportar un error Lo que cuentan las heridas en Gaza Un análisis científico y documentado de 114 casos de niños palestinos en Gaza que sufrieron disparos selectivos en la cabeza y el pecho ha ganado el Premio Europeo de Periodismo 2026. Fue publicado en el diario neerlandés 'de Volkskrant', pero no son los únicos que han documentado este tipo de crimen, que Israel niega.
Te lo contamos. Mira, de 4 años, llegó a un hospital de Gaza con una bala en la cabeza. Según sus padres, le disparaon con un dron en la zona humanitaria declarada por Israel.
Regala esta noticia Añádenos en Google Carlos Manuel Sanchez 06/08/2026 a las 10:08h. Una enfermera palestina que apenas habla inglés señala las cabezas vendadas de dos niños conectados a respiradores y repite una palabra: shot. Les han disparado.
El cirujano estadounidense piensa primero que se equivoca. Entonces mira las tomografías. Sobre el gris del hueso, una forma ... oval, blanca, nítida.
No hace falta ser médico para adivinar lo que es. Una bala alojada dentro de una cabeza pequeña. Es el primer día de Feroze Sidhwa en el Hospital Europeo de Gaza, marzo de 2024.
Cirujano de trauma en Stockton (California), hijo de inmigrantes paquistaníes, ha operado en Zimbabue y en Haití, ha formado a médicos en Ucrania, y hasta esa semana creía saber lo que un ser humano puede soportar. En otra sala halla otros dos niños en el mismo estado. Durante los trece días siguientes llegarán nueve más: trece en total, cada uno con una sola bala en la cabeza o el pecho y sin otras heridas visibles.
Contra todo pronóstico, a Mira, la niña de la radiografía anterior, le pudieron extraer la bala y sobrevivió. Sidhwa anota lo que va viendo en el diario del móvil. Llegó a preguntarse si su hospital caía cerca de un francotirador enloquecido o de un equipo de drones que mataba niños por diversión.
De vuelta en California, en un congreso, se cruza por azar con otro médico estadounidense que había trabajado en Gaza justo antes que él. Le menciona los niños. El otro asiente: él también los vio, casi cada día.
Ese cruce de pasillo fue el origen de una investigación periodística extraordinariamente compleja. Maud Effting y Willem Feenstra son reporteros del diario neerlandés de Volkskrant. El 3 de junio de 2026, en la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa, su reportaje, titulado Lo que las heridas nos dicen, fue escogido entre más de ochocientas candidaturas de 44 países.
El jurado subrayó lo que hace singular a la pieza: el personal sanitario convertido en testigo de crímenes inconcebibles, y el rigor logrado en un contexto donde el acceso independiente es casi imposible. Israel no permite a los periodistas extranjeros entrar de forma independiente en Gaza; salvo contadas visitas bajo control militar, la prensa internacional informa desde fuera. Así que Effting y Feenstra convirtieron al personal sanitario en sus ojos sobre el terreno.
Un exjefe del Ejército de Tierra neerlandés juzgó prácticamente nula la posibilidad de que más de cien impactos concentrados en la cabeza y la zona cardiaca fueran fortuitos. «Eso no es daño colateral. Es fuego dirigido»
Durante meses hablaron con diecisiete médicos y una enfermera de Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá y los Países Bajos, gente curtida en Sudán, Afganistán, Bosnia, Ruanda. Les pidieron fotos, radiografías, notas de quirófano, páginas de diario escritas a las tres de la madrugada. Quince de los diecisiete médicos dijeron haber atendido a niños de 15 años o menos con una única bala en la cabeza o el pecho.
Aplicando el criterio más restrictivo –fuera los casos dudosos, fuera aquellos en que había heridas en otras partes del cuerpo, donde el disparo dirigido es menos seguro– sumaron 114. La mayoría no sobrevivió. Esa cifra, 114, no pretende ser una estimación del total de víctimas.
Es un recuento conservador de los casos recordados o documentados por un grupo limitado de sanitarios extranjeros durante estancias breves y en una parte de los hospitales de Gaza. Los propios médicos calculan que el total real puede ser mucho mayor: los niños que morían en el acto, dicen, no solían llegar a sus plantas. El límite de los 15 años buscaba reducir la ambigüedad; en la mayoría de los casos, explican los autores, las víctimas resultaban inequívocamente reconocibles como niños.
Luego está la verificación material. De Volkskrant mostró decenas de fotografías y varias radiografías a dos patólogos forenses. Wim van de Voorde, catedrático emérito de la Universidad de Lovaina, consideró que con toda probabilidad se trataba de disparos efectuados desde cierta distancia y dirigidos a la cabeza o el cuello con munición militar, aunque advirtió que las imágenes no bastaban por sí solas para extraer conclusiones judiciales.
Frank van de Goot observó que los proyectiles alojados en los cráneos habían perdido energía antes del impacto, porque los niños tienen el cráneo más fino que los adultos y, de lo contrario, lo habrían atravesado: «A estos niños, por tanto, se les disparó desde una distancia considerable». El exjefe del Ejército de Tierra neerlandés Mart de Kruif juzgó prácticamente nula la posibilidad de que más de cien impactos concentrados en la cabeza y la zona cardiaca fueran fortuitos. «Eso no es daño colateral –resumió–.
Es fuego dirigido». El doctor Feroze Sidhwa, cirujano californiano de origen paquistaní que trabajó en Palestina, fue testigo de los disparos selectivos a niños. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) niegan de forma sistemática disparar deliberadamente contra civiles, y rechazaron las acusaciones recogidas en el reportaje.
Frente a esa versión, de Volkskrant recoge lo que militares israelíes han contado de forma anónima a Haaretz, el diario liberal israelí y el más crítico con la conducta del Ejército durante la guerra. Israel había abierto en mayo de 2025 cuatro puntos de distribución de alimentos a los que la población tenía que desplazarse para conseguir comida. Los soldados destinados allí describen lo que ocurría: se disparaba contra la multitud que esperaba, por orden de los mandos, aunque no supusiera ninguna amenaza.
No había megafonía ni instrucciones de ningún tipo; el fuego cesaba cuando los mandos lo decidían y ese silencio era la única señal de que la gente podía acercarse. Disparar, dice uno de ellos, era su forma de comunicarse. «Es un campo de exterminio», resume otro.
Un tercero cuenta que entre ellos comparaban aquello con el escondite inglés: el juego en el que hay que avanzar hacia un niño que está de espaldas y quedas eliminado si te ve moverse cuando se da la vuelta. La organización de veteranos Breaking the Silence recogió por su parte testimonios de militares a los que se ordenó disparar contra cualquiera que entrara en determinadas zonas. Los periodistas holandeses no fueron los primeros en contarlo.
Un mes antes, en agosto de 2025, el Servicio Mundial de la BBC había publicado su propia investigación: 168 casos de niños alcanzados por disparos entre octubre de 2023 y julio de 2025, de los cuales 95 recibieron el impacto en la cabeza o el pecho, y 67 tenían menos de 12 años. En los 59 casos en que la cadena pudo consultar testimonios presenciales, los testigos atribuyeron 57 disparos al Ejército israelí y dos a fuego palestino. La BBC habló con treinta médicos y enfermeros y revisó cientos de fotografías, vídeos, escáneres y notas clínicas.
Las FDI respondieron a la cadena que los casos concretos serían examinados por las autoridades competentes y que está estrictamente prohibido dañar de forma intencionada a civiles, en especial a niños. Dar testimonio tiene una dificultad añadida. Los médicos son las mejores fuentes que quedan.
Casi todos quieren volver a Gaza. Pero saben que, si hablan, Israel puede vetarles la entrada: más de cien sanitarios extranjeros han visto rechazado su acceso desde marzo de 2025, en casi todos los casos sin una explicación de fondo. Sidhwa contó que las organizaciones humanitarias advertían a los sanitarios de que no documentaran lo que veían, por temor a que Israel les impidiera regresar.
Las fotografías que llegaron a los periodistas se tomaron, por tanto, bajo una presión extraordinaria: con la conciencia de que conservar una prueba podía cerrarles para siempre la puerta de Gaza. Los médicos tratan a tres niños palestinos heridos en el hospital Al-Aqsa tras un ataque israelí en el centro de la Franja de Gaza en 2023. Según reconstruye de Volkskrant, a la anestesióloga Ahlia Kattan, norteamericana de origen iraquí, le trajeron una niña de menos de 2 años, muy pálida, aparentemente intacta; pensó que tendría una hemorragia interna.
La madre gritaba. Kattan empezó el masaje cardiaco e intubó. Continuó la reanimación, explicaría después, para que la madre supiera que habían hecho todo lo posible.
Entonces alguien le pasó la tomografía. Una bala. Un disparo en la sien.
Hizo una foto desde los pies de la cama, una de las poquísimas que hizo en Gaza. Por qué la hizo es la frase que resume el problema: «Si no, nadie me va a creer». Los periodistas debían verificar a distancia los relatos de quienes habían atendido a las víctimas y contrastarlos con fotografías, radiografías, diarios y notas quirúrgicas.
Y buena parte de su trabajo consistió en decidir qué no enseñar. El periódico vio imágenes de decenas de niños con heridas de bala y publicó una selección tras mucha deliberación, porque las consideraba parte esencial de la investigación; los médicos que las tomaron consultaron con los familiares cuando pudieron, y cuando no –porque la familia estaba muerta, desplazada o era ilocalizable– las compartieron igualmente, convencidos del interés público. La mayoría del material no se publicó, por demasiado atroz.
Los médicos son las mejores fuentes que quedan. Pero saben que, si hablan, Israel puede impedirles regresar a Gaza. A más de cien sanitarios extranjeros les han vetado el acceso desde marzo de 2025 Nizam Mamode, cirujano británico de trasplantes de 63 años, medio jubilado cuando lo llamaron para ir a Gaza, volvió a Londres y compareció ante una comisión del Parlamento británico.
Contó que vio una radiografía que mostraba una bala alojada en el cerebro de un niño de 3 años. Y relató lo que ocurría después de los bombardeos: aparecían drones que disparaban contra quienes salían a auxiliar a los heridos. «Día tras día tras día», resumió.
En mitad del relato se quedó sin voz, cerró los ojos, le temblaban los labios. Después cortó con unas tijeras su carné del Partido Laborista, tras casi tres décadas de militancia, porque se avergonzaba de un Gobierno que tenía la obligación moral de actuar y no lo hizo. Los médicos del reportaje fueron a Gaza a operar, no a denunciar.
Casi todos se dieron cuenta, uno a uno, de que su trabajo no terminaba al volver a casa. Sidhwa acabó compareciendo ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 28 de mayo de 2025. Allí afirmó que durante sus cinco semanas en Gaza no había visto ni tratado a un solo combatiente.
Su discurso original, contaría luego, era más duro; lo suavizó por consejo de una persona de confianza, para no apartarse demasiado de los usos diplomáticos ni ser acusado de no ser neutral. Que sea un cirujano de California, y no un periodista sobre el terreno, quien tenga que decir eso ante el Consejo de Seguridad no es un detalle menor. Cuando se veta el acceso independiente a la prensa, la carga de testificar recae sobre gente que no eligió ese papel y que a menudo ni sabe cómo ejercerlo.
Effting y Feenstra, desde una redacción en Ámsterdam, reunieron esos testimonios dispersos, los cruzaron entre sí, los contrastaron con documentos e imágenes, los sometieron a forenses y los seleccionaron hasta quedarse con el núcleo más difícil de refutar. Un niño herido en el hospital Al-Shifa tras los ataques israelíes contra el campamento de refugiados de Jabalia, en la Franja de Gaza, el 20 de julio. Sidhwa, por su parte, ya había participado en 2024 en una iniciativa de The New York Times que reunió el testimonio de sesenta y cinco médicos, enfermeros y paramédicos que habían trabajado en Gaza.
Esperaba que aquellas declaraciones provocaran una reacción política mucho mayor. Según contó después el cirujano, no ocurrió: sostiene que la Administración Biden lo ignoró sin más. En marzo de 2025, después de que Israel reanudara los bombardeos y quedara roto el alto el fuego, Sidhwa atendió a una niña de 5 años llamada Sham.
Una esquirla le había atravesado el cerebro. Sentado en el suelo, mientras intentaba ayudarla a respirar y miraba la sangre que le salía de la mejilla izquierda, el cirujano descubrió que ya no podía pensar como médico. Se preguntaba quién había pagado aquel proyectil, si había salido de sus impuestos o de los de alguno de sus vecinos, y a qué estadounidense podía escribir para decirle dónde había terminado su munición. comentarios Reportar un error