El fin de la Hispalis romana: el rey vándalo que murió al asaltar una iglesia de Sevilla
En el muro de la iglesia de San Vicente —sede de Las Penas de San Vicente y las Siete Palabras—, medio tapada por las ramas de un naranjo, hay una lápida que cuenta una muerte sobrenatural. Dice que e
El fin de la Hispalis romana: el rey vándalo que murió al asaltar una iglesia de Sevilla ¿Qué hay de verdad tras la milagrosa muerte del rey vándalo que intentó profanar un templo en Sevilla? Una lápida en el muro de San Vicente recuerda el castigo divino sufrido por Gunderico, un episodio entre la leyenda y la historia que certificó en el año 428 el fin definitivo de la Hispalis romana Regala esta noticia Añádenos en Google Recreación de los vándalos ante Hispalis. En 425 arrasaron la ciudad; en 428 volvieron, y su rey Gunderico no salió de ella. (J.P) Jesús Pozuelo 30/07/2026 a las 07:18h.
En el muro de la iglesia de San Vicente —sede de Las Penas de San Vicente y las Siete Palabras—, medio tapada por las ramas de un naranjo, hay una lápida que cuenta una muerte sobrenatural. Dice que en el 428 un rey vándalo llamado ... Gunderico quiso profanar el templo y robar sus riquezas, y que «al entrar por esta puerta fue arrebatado del demonio y muerto infelizmente en pena de su delito… Afírmalo el mismo san Isidoro».
Tanto la iglesia parroquial como la lápida son posteriores a los hechos y el episodio milagroso está dentro del terreno de la leyenda, pero realidad o no, la placa acierta en que la muerte del rey vándalo Gunderico en Hispalis en el 428 supuso el fin del mundo romano en Sevilla. Hispalis en el ocaso del imperio La Hispalis del siglo IV no era una ciudad ruinosa ni en llamas. Ganó importancia justo cuando se hundía el sistema que la había hecho rica.
El golpe económico había llegado antes y fue silencioso y gradual. Durante dos siglos el aceite de la Bética alimentó a Roma y a sus ejércitos de frontera, y salía embarcado desde aquí; en Roma existe todavía un cerro artificial, el Monte Testaccio, formado con las ánforas rotas de aquel comercio bético. A mediados del siglo III el flujo se cortó y el aceite africano ocupó su lugar.
Sevilla perdió la función que la había enriquecido. Y aun así fue ganando rango. En algún momento entre finales del siglo IV y principios del V, se piensa que la capital de la provincia Bética se traslada de Córdoba a Hispalis.
Ningún documento registra ese traslado: se deduce del peso que la ciudad tiene a partir de entonces. Dentro de las murallas aparecen casas de hasta mil metros cuadrados, formadas absorbiendo viviendas vecinas: menos propietarios y mucho más ricos. A la vez el tejido urbano se afloja, con solares vacíos entre barrios habitados, enterramientos que se acercan a las murallas y edificios públicos que cambian de uso.
Hispalis pasaría en época tardoantigua a tener un urbanismo polinuclear y más difuso: ya no hay un solo centro, sino varios. En otras palabras, ya no manda el foro. Recreación de un comedor de una domus hispalense del Antiquarium.
Las grandes casas del siglo IV se formaron absorbiendo viviendas vecinas. Menos propietarios y más ricos. (J.P) Las muestras más claras de estas domus tardorromanas de grandes propietarios se encuentran bajo el Metropol Parasol, al norte de la ciudad romana tardoimperial, en el Antiquarium de la Encarnación, excavado por Fernando Amores y hoy visitable, aunque en condiciones verdaderamente mejorables. Mosaico de una de las domus excavadas bajo la Encarnación, hoy visitable en el Antiquarium. (J.P) Cómo Roma perdió Sevilla sin librar batalla Newsletter En el otoño de 409 cruzaron los Pirineos suevos, alanos y vándalos.
No eran ejércitos, sino pueblos enteros en movimiento, con mujeres, niños y carros, buscando dónde asentarse. Dos años después se repartieron las provincias a suertes y a la Bética le tocaron los vándalos. Hispalis cambió de dueño sin que se conozca batalla alguna.
Recreación del paso de los bárbaros por los Pirineos, en otoño del 409. No eran ejércitos: eran pueblos enteros en movimiento, con mujeres, niños y carros, buscando dónde asentarse. (J.P) El 24 de agosto del 410, once meses después del cruce de los Pirineos, los visigodos de Alarico entraron en Roma y la saquearon durante tres días. Era la primera vez en ochocientos años, desde los galos de Breno, que un enemigo tomaba la ciudad.
San Agustín empezó a escribir La ciudad de Dios para responder a quienes culpaban del desastre al abandono de los dioses antiguos. El saqueo de Roma por los visigodos el 24 de agosto del 410, pintura del artista francés Joseph Noël Sylvestre (1890). Roma no tenía ejército para recuperar Hispania, de modo que pagó a otros bárbaros para que lo hicieran por ella.
Y no a unos cualesquiera: a los mismos visigodos que acababan de saquearla, ahora asentados en el sur de la Galia como aliados del emperador a cambio de suministros de trigo. Entre 416 y 418 exterminaron a los vándalos instalados en la Bética y destrozaron a los alanos. El remedio salió caro.
Los vándalos habían entrado en Hispania divididos en dos ramas que nunca actuaron juntas, y solo una había bajado al sur. Los supervivientes de la matanza, con los restos de los alanos, se unieron a la otra rama, intacta en el norte, cuyo rey se llamaba Gunderico. Roma acababa de convertir tres pueblos enfrentados entre sí en uno solo, unificado y con mando único.
Y ese pueblo bajó al sur. Las áreas de asentamiento de suevos, vándalos y alanos tras el reparto de las provincias hispanas. La Bética, con Hispalis, correspondió a los vándalos silingos. (Wikimedia Commons) En 422 el último ejército romano serio enviado a la Bética los tenía cercados y hambrientos cuando presentó batalla precipitadamente.
Sus aliados godos lo traicionaron y el general romano llamado Castino huyó a Tarraco (Tarragona). Roma no volvió a intentarlo. Desde entonces el saqueo vándalo fue sistemático, y tuvo una consecuencia que nadie previó: en 425 los vándalos arrasaron Carthago Nova (Cartagena) e Hispalis (Sevilla) y se apoderaron de los barcos que hallaron en los puertos.
Un pueblo llegado de las llanuras del centro de Europa acababa de convertirse en potencia naval; en pocas décadas sería la única del Mediterráneo occidental. Recreación del saqueo del puerto de Hispalis en el 425 por los vándalos. Se apoderaron de los barcos y aquel botín los convirtió en potencia naval. (J.P) En 428 Gunderico volvió a tomar Sevilla.
No salió de ella. La cuestión del arrianismo germano Curiosamente, Gunderico era cristiano, y los vándalos lo eran desde hacía décadas. Lo que los separaba de los sevillanos no era la lengua ni la ley, sino una discusión teológica que había partido en dos al imperio.
Si Cristo es Hijo de Dios, ¿existió siempre o hubo un tiempo en que no existía? Un sacerdote de Alejandría llamado Arrio defendió lo segundo: el Hijo sería la primera y más excelsa de las criaturas, pero no eterno ni de la misma sustancia que el Padre. El concilio de Nicea lo condenó en 325 y definió justo lo contrario.
El credo niceno-constantinopolitano, ampliado en 381 es el que todavía hoy se recita en misa. Condenarlo no bastó. Durante medio siglo la corte imperial amparó fórmulas intermedias, y hubo años en que la doctrina oficial del imperio fue precisamente la arriana.
Justo en esa época se evangelizó a los germanos asentados al otro lado del Danubio desde la perspectiva arrianista: el obispo Ulfilas les tradujo la Biblia a su lengua y omitió los libros de los Reyes —cuenta un cronista llamado Filostorgio, que era arriano— para no alimentar el gusto por la guerra de gente que ya lo tenía de sobra. Con los vándalos el proceso concreto no está documentado, pero el resultado fue el mismo. El Codex Argenteus, copia ostrogoda hecha en Rávena en tiempos de Teodorico, hacia el 500-520 (Biblioteca de la Universidad de Upsala). (J.P) Aquellos misioneros no predicaban una herejía: predicaban la fe oficial del Estado, que era arriana.
Lo que cambió fue el Estado. En 380 Teodosio hizo del credo de Nicea la religión del imperio, y los germanos convertidos cuarenta años antes se encontraron siendo herejes sin haber cambiado una coma de lo que creían. El efecto práctico duró siglos: en una misma ciudad podía haber dos obispos, dos bautismos y dos templos que no se reconocían entre sí.
Para un rey vándalo, la basílica católica de Hispalis no era un lugar sagrado. Era el edificio del enemigo, y el que guardaba el tesoro. El rey vándalo que profanó una iglesia sevillana La versión tradicional nos cuenta que Gunderico entra en Hispalis al frente de sus hombres y va derecho a la basílica cristiana de San Vicente, que era la iglesia más rica de la ciudad y donde los hispalenses guardan lo que tienen.
Sin desmontar del caballo, cruza el umbral de la puerta y entra con las armas encima, y en ese instante algo lo agarra por dentro. Se retuerce, grita, cae. Los suyos lo sacan del atrio muerto.
Un demonio lo ha estrangulado por haber puesto la mano sobre la casa de Dios, y esa misma tarde el reino de los vándalos pasa a su hermanastro Genserico. Recreación de la muerte de Gunderico en el atrio de la basílica hispalense, según la tradición recogida en la lápida de San Vicente. (J.P) Más allá del hecho legendario o milagroso, lo que sabemos con certeza cabe en dos líneas. Hidacio, obispo de Chaves y contemporáneo de los hechos, escribió que Gunderico, tomada Hispalis, «extendió impíamente la mano contra la iglesia de aquella ciudad y al punto, por juicio de Dios, arrebatado por un demonio, murió».
Le sucedió su hermanastro Genserico. Nada más. Hidacio era un obispo católico contando el final de un rey vándalo, y en ese género la muerte súbita por castigo divino aparece una y otra vez.
Que Gunderico murió en 428, poco después de tomar la ciudad, es razonablemente seguro; lo demás es interpretación legendaria. La basílica, en cambio, sí existió: allí recibió san Isidoro la penitencia pocos días antes de morir, en 636, según cuenta un clérigo sevillano llamado Redempto que estuvo presente. Pero no sabemos dónde estaba.
Se ha propuesto bajo el Salvador, bajo el patio de Banderas, en la calle Mármoles o bajo la misma Parroquia de San Vicente por el nombre homónimo —la teoría menos probable—, como contamos en un artículo anterior. Del templo que hoy lleva el nombre tampoco queda nada de entonces: la parroquia actual es medieval, levantada en el siglo XIV. Doscientos años más tarde san Isidoro copió el pasaje casi al pie de la letra.
Y es a él a quien la lápida invoca como garante: quien la mandó grabar puso el nombre de san Isidoro. La lápida del muro de la Parroquia de San Vicente de Sevilla, que sitúa en esta puerta la muerte del rey vándalo. (J.P) La piedra desde luego no es de aquella época. Por la letra y la tipografía es del XVIII, mil trescientos años posterior a los hechos que narra, y sitúa la muerte de Gunderico en 421, siete años antes de la fecha que da Hidacio.
El gran profesor —y alcalde de Sevilla— José Hernández Díaz ya sentenció en su estudio «El templo hispalense de San Vicente» (Boletín de Bellas Artes) que «nada puede comprobarse de todo ello, ni queda in situ resto alguno de tan remotos años; circunstancia, por otra parte, nada probable en el urbanismo de la época». Como bien documentó el catedrático, la colocación de esta placa no es un testimonio histórico real de la época visigoda, sino que responde a un esfuerzo propagandístico del clero del siglo XVIII por monumentalizar y dar veracidad física a las tradiciones populares más antiguas de la iglesia. Este empeño legitimador corrió en paralelo al encargo de las obras de arte del interior, concretamente los dos grandes lienzos del presbiterio pintados por los hermanos Joaquín José y Juan Cano en 1753, que plasmaron visualmente estas mismas leyendas: el fulminante castigo divino al rey vándalo por intentar profanar el templo y la santa muerte del arzobispo hispalense.
En lo alto de dicha placa, sobre una paloma, quien la compuso mandó labrar un versículo del profeta Amós: Constituite in porta iudicium, «estableced el juicio en la puerta». En la Biblia la puerta de la ciudad es el lugar donde se imparte justicia, y la inscripción hace morir al rey justo al cruzar la puerta. «Estableced el juicio en la puerta».
El versículo de Amós elegido para una muerte ocurrida, según la lápida, al cruzar esa puerta. (J.P) En 428 cayó una capital de provincia entera, con su puerto y sus almacenes, y de todo aquello lo único que un cronista contemporáneo anotó fue lo que le pasó a un rey delante de una iglesia. No sabemos dónde estaba el edificio. Sabemos qué clase de edificio era, y que era el que más importaba.
En mayo de 429 Genserico embarcó a todo el pueblo vándalo rumbo a África. Diez años después tomaba Cartago —la que Roma había arrasado en el 146 a. C. y ella misma refundó como capital de África—; veintiséis años después de salir de Sevilla saqueaba Roma, que caía así por segunda vez en menos de medio siglo.
La marcha de Genserico no devolvió Sevilla al imperio. En 441 la tomó un rey suevo, y poco después llegaron los godos con una situación que duraría más de un siglo: en el palacio hispalense se hablaba gótico y se rezaba en clave arriana; en la calle se hablaba latín y se profesaba el credo de Nicea. Siglo y medio después de Gunderico, el hijo de un rey godo rompió esa división precisamente aquí, en Sevilla, y le costó la vida.
Se llamaba Hermenegildo. Pero esa es otra historia que contaremos más adelante. comentarios Reportar un error El fin de la Hispalis romana: el rey vándalo que murió al asaltar una iglesia de Sevilla ¿Qué hay de verdad tras la milagrosa muerte del rey vándalo que intentó profanar un templo en Sevilla? Una lápida en el muro de San Vicente recuerda el castigo divino sufrido por Gunderico, un episodio entre la leyenda y la historia que certificó en el año 428 el fin definitivo de la Hispalis romana Regala esta noticia Añádenos en Google Recreación de los vándalos ante Hispalis.
En 425 arrasaron la ciudad; en 428 volvieron, y su rey Gunderico no salió de ella. (J.P) Jesús Pozuelo 30/07/2026 a las 07:18h. En el muro de la iglesia de San Vicente —sede de Las Penas de San Vicente y las Siete Palabras—, medio tapada por las ramas de un naranjo, hay una lápida que cuenta una muerte sobrenatural. Dice que en el 428 un rey vándalo llamado ...
Gunderico quiso profanar el templo y robar sus riquezas, y que «al entrar por esta puerta fue arrebatado del demonio y muerto infelizmente en pena de su delito… Afírmalo el mismo san Isidoro». Tanto la iglesia parroquial como la lápida son posteriores a los hechos y el episodio milagroso está dentro del terreno de la leyenda, pero realidad o no, la placa acierta en que la muerte del rey vándalo Gunderico en Hispalis en el 428 supuso el fin del mundo romano en Sevilla. Hispalis en el ocaso del imperio La Hispalis del siglo IV no era una ciudad ruinosa ni en llamas.
Ganó importancia justo cuando se hundía el sistema que la había hecho rica. El golpe económico había llegado antes y fue silencioso y gradual. Durante dos siglos el aceite de la Bética alimentó a Roma y a sus ejércitos de frontera, y salía embarcado desde aquí; en Roma existe todavía un cerro artificial, el Monte Testaccio, formado con las ánforas rotas de aquel comercio bético.
A mediados del siglo III el flujo se cortó y el aceite africano ocupó su lugar. Sevilla perdió la función que la había enriquecido. Y aun así fue ganando rango.
En algún momento entre finales del siglo IV y principios del V, se piensa que la capital de la provincia Bética se traslada de Córdoba a Hispalis. Ningún documento registra ese traslado: se deduce del peso que la ciudad tiene a partir de entonces. Dentro de las murallas aparecen casas de hasta mil metros cuadrados, formadas absorbiendo viviendas vecinas: menos propietarios y mucho más ricos.
A la vez el tejido urbano se afloja, con solares vacíos entre barrios habitados, enterramientos que se acercan a las murallas y edificios públicos que cambian de uso. Hispalis pasaría en época tardoantigua a tener un urbanismo polinuclear y más difuso: ya no hay un solo centro, sino varios. En otras palabras, ya no manda el foro.
Recreación de un comedor de una domus hispalense del Antiquarium. Las grandes casas del siglo IV se formaron absorbiendo viviendas vecinas. Menos propietarios y más ricos. (J.P) Las muestras más claras de estas domus tardorromanas de grandes propietarios se encuentran bajo el Metropol Parasol, al norte de la ciudad romana tardoimperial, en el Antiquarium de la Encarnación, excavado por Fernando Amores y hoy visitable, aunque en condiciones verdaderamente mejorables.
Mosaico de una de las domus excavadas bajo la Encarnación, hoy visitable en el Antiquarium. (J.P) Cómo Roma perdió Sevilla sin librar batalla Newsletter En el otoño de 409 cruzaron los Pirineos suevos, alanos y vándalos. No eran ejércitos, sino pueblos enteros en movimiento, con mujeres, niños y carros, buscando dónde asentarse. Dos años después se repartieron las provincias a suertes y a la Bética le tocaron los vándalos.
Hispalis cambió de dueño sin que se conozca batalla alguna. Recreación del paso de los bárbaros por los Pirineos, en otoño del 409. No eran ejércitos: eran pueblos enteros en movimiento, con mujeres, niños y carros, buscando dónde asentarse. (J.P) El 24 de agosto del 410, once meses después del cruce de los Pirineos, los visigodos de Alarico entraron en Roma y la saquearon durante tres días.
Era la primera vez en ochocientos años, desde los galos de Breno, que un enemigo tomaba la ciudad. San Agustín empezó a escribir La ciudad de Dios para responder a quienes culpaban del desastre al abandono de los dioses antiguos. El saqueo de Roma por los visigodos el 24 de agosto del 410, pintura del artista francés Joseph Noël Sylvestre (1890).
Roma no tenía ejército para recuperar Hispania, de modo que pagó a otros bárbaros para que lo hicieran por ella. Y no a unos cualesquiera: a los mismos visigodos que acababan de saquearla, ahora asentados en el sur de la Galia como aliados del emperador a cambio de suministros de trigo. Entre 416 y 418 exterminaron a los vándalos instalados en la Bética y destrozaron a los alanos.
El remedio salió caro. Los vándalos habían entrado en Hispania divididos en dos ramas que nunca actuaron juntas, y solo una había bajado al sur. Los supervivientes de la matanza, con los restos de los alanos, se unieron a la otra rama, intacta en el norte, cuyo rey se llamaba Gunderico.
Roma acababa de convertir tres pueblos enfrentados entre sí en uno solo, unificado y con mando único. Y ese pueblo bajó al sur. Las áreas de asentamiento de suevos, vándalos y alanos tras el reparto de las provincias hispanas.
La Bética, con Hispalis, correspondió a los vándalos silingos. (Wikimedia Commons) En 422 el último ejército romano serio enviado a la Bética los tenía cercados y hambrientos cuando presentó batalla precipitadamente. Sus aliados godos lo traicionaron y el general romano llamado Castino huyó a Tarraco (Tarragona). Roma no volvió a intentarlo.
Desde entonces el saqueo vándalo fue sistemático, y tuvo una consecuencia que nadie previó: en 425 los vándalos arrasaron Carthago Nova (Cartagena) e Hispalis (Sevilla) y se apoderaron de los barcos que hallaron en los puertos. Un pueblo llegado de las llanuras del centro de Europa acababa de convertirse en potencia naval; en pocas décadas sería la única del Mediterráneo occidental. Recreación del saqueo del puerto de Hispalis en el 425 por los vándalos.
Se apoderaron de los barcos y aquel botín los convirtió en potencia naval. (J.P) En 428 Gunderico volvió a tomar Sevilla. No salió de ella. La cuestión del arrianismo germano Curiosamente, Gunderico era cristiano, y los vándalos lo eran desde hacía décadas.
Lo que los separaba de los sevillanos no era la lengua ni la ley, sino una discusión teológica que había partido en dos al imperio. Si Cristo es Hijo de Dios, ¿existió siempre o hubo un tiempo en que no existía? Un sacerdote de Alejandría llamado Arrio defendió lo segundo: el Hijo sería la primera y más excelsa de las criaturas, pero no eterno ni de la misma sustancia que el Padre.
El concilio de Nicea lo condenó en 325 y definió justo lo contrario. El credo niceno-constantinopolitano, ampliado en 381 es el que todavía hoy se recita en misa. Condenarlo no bastó.
Durante medio siglo la corte imperial amparó fórmulas intermedias, y hubo años en que la doctrina oficial del imperio fue precisamente la arriana. Justo en esa época se evangelizó a los germanos asentados al otro lado del Danubio desde la perspectiva arrianista: el obispo Ulfilas les tradujo la Biblia a su lengua y omitió los libros de los Reyes —cuenta un cronista llamado Filostorgio, que era arriano— para no alimentar el gusto por la guerra de gente que ya lo tenía de sobra. Con los vándalos el proceso concreto no está documentado, pero el resultado fue el mismo.
El Codex Argenteus, copia ostrogoda hecha en Rávena en tiempos de Teodorico, hacia el 500-520 (Biblioteca de la Universidad de Upsala). (J.P) Aquellos misioneros no predicaban una herejía: predicaban la fe oficial del Estado, que era arriana. Lo que cambió fue el Estado. En 380 Teodosio hizo del credo de Nicea la religión del imperio, y los germanos convertidos cuarenta años antes se encontraron siendo herejes sin haber cambiado una coma de lo que creían.
El efecto práctico duró siglos: en una misma ciudad podía haber dos obispos, dos bautismos y dos templos que no se reconocían entre sí. Para un rey vándalo, la basílica católica de Hispalis no era un lugar sagrado. Era el edificio del enemigo, y el que guardaba el tesoro.
El rey vándalo que profanó una iglesia sevillana La versión tradicional nos cuenta que Gunderico entra en Hispalis al frente de sus hombres y va derecho a la basílica cristiana de San Vicente, que era la iglesia más rica de la ciudad y donde los hispalenses guardan lo que tienen. Sin desmontar del caballo, cruza el umbral de la puerta y entra con las armas encima, y en ese instante algo lo agarra por dentro. Se retuerce, grita, cae.
Los suyos lo sacan del atrio muerto. Un demonio lo ha estrangulado por haber puesto la mano sobre la casa de Dios, y esa misma tarde el reino de los vándalos pasa a su hermanastro Genserico. Recreación de la muerte de Gunderico en el atrio de la basílica hispalense, según la tradición recogida en la lápida de San Vicente. (J.P) Más allá del hecho legendario o milagroso, lo que sabemos con certeza cabe en dos líneas.
Hidacio, obispo de Chaves y contemporáneo de los hechos, escribió que Gunderico, tomada Hispalis, «extendió impíamente la mano contra la iglesia de aquella ciudad y al punto, por juicio de Dios, arrebatado por un demonio, murió». Le sucedió su hermanastro Genserico. Nada más.
Hidacio era un obispo católico contando el final de un rey vándalo, y en ese género la muerte súbita por castigo divino aparece una y otra vez. Que Gunderico murió en 428, poco después de tomar la ciudad, es razonablemente seguro; lo demás es interpretación legendaria. La basílica, en cambio, sí existió: allí recibió san Isidoro la penitencia pocos días antes de morir, en 636, según cuenta un clérigo sevillano llamado Redempto que estuvo presente.
Pero no sabemos dónde estaba. Se ha propuesto bajo el Salvador, bajo el patio de Banderas, en la calle Mármoles o bajo la misma Parroquia de San Vicente por el nombre homónimo —la teoría menos probable—, como contamos en un artículo anterior. Del templo que hoy lleva el nombre tampoco queda nada de entonces: la parroquia actual es medieval, levantada en el siglo XIV.
Doscientos años más tarde san Isidoro copió el pasaje casi al pie de la letra. Y es a él a quien la lápida invoca como garante: quien la mandó grabar puso el nombre de san Isidoro. La lápida del muro de la Parroquia de San Vicente de Sevilla, que sitúa en esta puerta la muerte del rey vándalo. (J.P) La piedra desde luego no es de aquella época.
Por la letra y la tipografía es del XVIII, mil trescientos años posterior a los hechos que narra, y sitúa la muerte de Gunderico en 421, siete años antes de la fecha que da Hidacio. El gran profesor —y alcalde de Sevilla— José Hernández Díaz ya sentenció en su estudio «El templo hispalense de San Vicente» (Boletín de Bellas Artes) que «nada puede comprobarse de todo ello, ni queda in situ resto alguno de tan remotos años; circunstancia, por otra parte, nada probable en el urbanismo de la época». Como bien documentó el catedrático, la colocación de esta placa no es un testimonio histórico real de la época visigoda, sino que responde a un esfuerzo propagandístico del clero del siglo XVIII por monumentalizar y dar veracidad física a las tradiciones populares más antiguas de la iglesia.
Este empeño legitimador corrió en paralelo al encargo de las obras de arte del interior, concretamente los dos grandes lienzos del presbiterio pintados por los hermanos Joaquín José y Juan Cano en 1753, que plasmaron visualmente estas mismas leyendas: el fulminante castigo divino al rey vándalo por intentar profanar el templo y la santa muerte del arzobispo hispalense. En lo alto de dicha placa, sobre una paloma, quien la compuso mandó labrar un versículo del profeta Amós: Constituite in porta iudicium, «estableced el juicio en la puerta». En la Biblia la puerta de la ciudad es el lugar donde se imparte justicia, y la inscripción hace morir al rey justo al cruzar la puerta.
«Estableced el juicio en la puerta». El versículo de Amós elegido para una muerte ocurrida, según la lápida, al cruzar esa puerta. (J.P) En 428 cayó una capital de provincia entera, con su puerto y sus almacenes, y de todo aquello lo único que un cronista contemporáneo anotó fue lo que le pasó a un rey delante de una iglesia. No sabemos dónde estaba el edificio.
Sabemos qué clase de edificio era, y que era el que más importaba. En mayo de 429 Genserico embarcó a todo el pueblo vándalo rumbo a África. Diez años después tomaba Cartago —la que Roma había arrasado en el 146 a.
C. y ella misma refundó como capital de África—; veintiséis años después de salir de Sevilla saqueaba Roma, que caía así por segunda vez en menos de medio siglo. La marcha de Genserico no devolvió Sevilla al imperio. En 441 la tomó un rey suevo, y poco después llegaron los godos con una situación que duraría más de un siglo: en el palacio hispalense se hablaba gótico y se rezaba en clave arriana; en la calle se hablaba latín y se profesaba el credo de Nicea.
Siglo y medio después de Gunderico, el hijo de un rey godo rompió esa división precisamente aquí, en Sevilla, y le costó la vida. Se llamaba Hermenegildo. Pero esa es otra historia que contaremos más adelante. comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Javier Ruiz, sobre sus orígenes humildes: «Mi abuelo era minero y la familia de mi madre viene de un camionero que montó una yesería y trabajaba el olivar»
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