Todo lo que perdimos sin darnos cuenta
El otro día entramos en una conocida panadería toledana , de las pocas que todavía quedan con su propio horno donde cocer el pan. La dependienta que despachaba, una simpática mujer a la que le encanta
Todo lo que perdimos sin darnos cuenta «Nuestra memoria se va degastando a la vez que lo hace nuestra capacidad de atención, de modo que ya ni siquiera nos apercibimos de aquello que formaba parte de nuestro paisaje vital» Regala esta noticia Añádenos en Google Luis Peñalver Alhambra TOLEDO 19/08/2026 a las 18:35h. El otro día entramos en una conocida panadería toledana, de las pocas que todavía quedan con su propio horno donde cocer el pan.
La dependienta que despachaba, una simpática mujer a la que le encanta conversar con los clientes, parecía disgustada. Nos contó que ... poco antes estaba atendiendo a una anciana cuando entró en la tienda un joven, el cual, viendo que la señora mayor rebuscaba torpemente en su monedero una calderilla mientras con voz pausada hablaba de no sé qué asunto de médicos u hospitales, puso mala cara, se dio la vuelta y salió por donde había venido. Es muy posible que esa anciana no hiciese ese día otra salida de su casa que la de comprar el pan y que ésta fuese una de las pocas ocasiones que tenía para hablar con alguien y aliviar su soledad, pero al joven le faltaba el tiempo y la paciencia para esperar su turno.
Es lo que tiene la sociedad de la inmediatez y del rendimiento en la que el tiempo resulta tan valioso que no podemos perderlo inútilmente. La barbarie de lo útil, con su lógica del coste-beneficio, está corrompiendo nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos, sin entender que lo más superfluo o inútil constituye lo más preciado y valioso, precisamente aquello que nos humaniza. Estas líneas tratan de recordar algunas de esas cosas que han desaparecido de nuestras vidas sin apenas enterarnos, como el olor a tahona, la pérdida de tiempo sin necesidad de justificación alguna o la improvisada charla en el autobús, la consulta del médico o la cola de la pescadería, es decir, lo que era la vida antes de la aparición de los dispositivos móviles y las redes sociales.
Nuestra memoria se va degastando a la vez que lo hace nuestra capacidad de atención, de modo que ya ni siquiera nos apercibimos de aquello que formaba parte de nuestro paisaje vital. Lo que antes constituía una parte importante de nuestra cotidianidad, empezó a oscurecerse hasta desaparecer en silencio. Cambios grandes, pero sobre todo cambios sutiles, precisamente los que afectan a esas pequeñas cosas que son los que dan el tono o el estilo a nuestras vidas.
Los que tenemos ya cierta edad echamos de menos muchas de estas cosas. Echamos de menos las tiendas de barrio, los juegos espontáneos en la calle de los niños, los quioscos en los que comprábamos los periódicos los fines de semana, e incluso la propia prensa en papel. Extrañamos a las vecinas del barrio que se salían a tomar el fresco en las noches de verano, y a los familiares y amigos que llamaban a tu puerta sin avisar Extrañamos el aleteo de las mariposas, que ya apenas se ven, y los zapateros, los escarabajos y los saltamontes que salían a nuestro paso cuando paseábamos por el campo; o, cuando el sol se ponía, el canto de los grillos y el brillo de las luciérnagas.
Extrañamos el vuelo de los vencejos en verano e incluso, como está ocurriendo en muchas ciudades, las bandadas de gorriones alegrando el aire. Extrañamos a las vecinas del barrio que se salían a tomar el fresco en las noches de verano, y a los familiares y amigos que llamaban a tu puerta sin avisar. Echamos de menos las fotografías en papel que recogían los momentos más señalados de nuestra vida y que hoy sólo se ven en las casas de las personas mayores.
Echamos de menos esa espontaneidad, improvisación e imprevisión que nos permitía ir a los restaurantes, al teatro, a las exposiciones o a hacer una gestión administrativa sin reserva o cita previa. En las gasolineras, en las grandes superficies, en las cadenas de comida rápida, o simplemente en el teléfono, echamos de menos que nos atienda una persona física. Añoramos aquellos tiempos no demasiado lejanos en los que los carniceros, los polleros o los pescaderos de los supermercados no habían sido sustituidos por bandejas, antes de que los estudios de mercado decidieran que el perfil de los nuevos clientes es el de alguien que tiene siempre mucha prisa y no pueden entretenerse conversando con quienes les despachan las viandas.
Echamos de menos leer un libro o disfrutar de una canción sin tener que reseñarlo o dar un «me gusta», o recrearnos con los mejores momentos de un viaje sin necesidad de fotografiarlo y compartirlo en Instagram. Echamos de menos las postales, las cartas y hasta los christmas o tarjetas de felicitación por Navidad. Echamos de menos también a los abuelos en los hogares.
Y los guisos de cuchara y puchero. Ya apenas nos acordamos de cuando viajábamos sin navegador y teníamos que preguntar a un paisano por una calle o por una iglesia. En esta época que monitoriza y monetiza lo que vivimos, como si tuviéramos que vivir siempre en «modo de grabación», echamos de menos hacer cosas simplemente porque nos gusta, porque sí, porque quiero sentir la experiencia como si fuera mía y solamente mía, ya que su disfrute no depende de cuánta gente la ve.
Inmersos en el ruido mediático y tecnológico, echamos en falta el silencio y la tranquilidad, esas pausas o momentos de calma tan necesarios para aburrirnos y para pensar o imaginar. Y, sepultados como estamos por la contaminación lumínica (para ver la Vía Láctea tenemos que alejarnos más de 80 kilómetros de Madrid), ¡cómo echamos de menos contemplar el cielo nocturno tachonado de estrellas! En fin, quizás, si nadie lo remedia, el desarrollo de la IA acabe haciendo que echemos de menos los tiempos en los que pensábamos y decidíamos por nosotros mismos.
Invito al lector que haya tenido la paciencia de leer hasta aquí, a que añada a esta lista otras cosas o vivencias que hasta no hace mucho llevábamos incorporadas a nuestras vidas y hoy se han esfumado como por encanto. En un mundo tan acelerado como el que nos ha tocado vivir, anestesiados por esa omnipresente actualidad que relega el pasado al olvido y convierte hoy en obsoleto lo que ayer era noticia; atronados nuestros oídos por el incesante bombardeo de imágenes mediáticas y cada vez más aislados gracias a las nuevas tecnologías, estamos viviendo sin apenas darnos cuenta la desaparición en pocos años del mundo que conocíamos, y con él la desaparición de muchas de las emociones que forman parte de las raíces de nuestras vidas. Y lo peor no es que los casetes o los Cd, e incluso los libros de papel, se hayan convertido en los nuevos hogares en trastos inútiles: lo peor es que se está perdiendo el gusto de tratar con la gente y de escuchar a las personas.
Luis Peñalver Alhambra comentarios Reportar un error Todo lo que perdimos sin darnos cuenta «Nuestra memoria se va degastando a la vez que lo hace nuestra capacidad de atención, de modo que ya ni siquiera nos apercibimos de aquello que formaba parte de nuestro paisaje vital» Regala esta noticia Añádenos en Google Luis Peñalver Alhambra TOLEDO 19/08/2026 a las 18:35h. El otro día entramos en una conocida panadería toledana, de las pocas que todavía quedan con su propio horno donde cocer el pan.
La dependienta que despachaba, una simpática mujer a la que le encanta conversar con los clientes, parecía disgustada. Nos contó que ... poco antes estaba atendiendo a una anciana cuando entró en la tienda un joven, el cual, viendo que la señora mayor rebuscaba torpemente en su monedero una calderilla mientras con voz pausada hablaba de no sé qué asunto de médicos u hospitales, puso mala cara, se dio la vuelta y salió por donde había venido. Es muy posible que esa anciana no hiciese ese día otra salida de su casa que la de comprar el pan y que ésta fuese una de las pocas ocasiones que tenía para hablar con alguien y aliviar su soledad, pero al joven le faltaba el tiempo y la paciencia para esperar su turno.
Es lo que tiene la sociedad de la inmediatez y del rendimiento en la que el tiempo resulta tan valioso que no podemos perderlo inútilmente. La barbarie de lo útil, con su lógica del coste-beneficio, está corrompiendo nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos, sin entender que lo más superfluo o inútil constituye lo más preciado y valioso, precisamente aquello que nos humaniza. Estas líneas tratan de recordar algunas de esas cosas que han desaparecido de nuestras vidas sin apenas enterarnos, como el olor a tahona, la pérdida de tiempo sin necesidad de justificación alguna o la improvisada charla en el autobús, la consulta del médico o la cola de la pescadería, es decir, lo que era la vida antes de la aparición de los dispositivos móviles y las redes sociales.
Nuestra memoria se va degastando a la vez que lo hace nuestra capacidad de atención, de modo que ya ni siquiera nos apercibimos de aquello que formaba parte de nuestro paisaje vital. Lo que antes constituía una parte importante de nuestra cotidianidad, empezó a oscurecerse hasta desaparecer en silencio. Cambios grandes, pero sobre todo cambios sutiles, precisamente los que afectan a esas pequeñas cosas que son los que dan el tono o el estilo a nuestras vidas.
Los que tenemos ya cierta edad echamos de menos muchas de estas cosas. Echamos de menos las tiendas de barrio, los juegos espontáneos en la calle de los niños, los quioscos en los que comprábamos los periódicos los fines de semana, e incluso la propia prensa en papel. Extrañamos a las vecinas del barrio que se salían a tomar el fresco en las noches de verano, y a los familiares y amigos que llamaban a tu puerta sin avisar Extrañamos el aleteo de las mariposas, que ya apenas se ven, y los zapateros, los escarabajos y los saltamontes que salían a nuestro paso cuando paseábamos por el campo; o, cuando el sol se ponía, el canto de los grillos y el brillo de las luciérnagas.
Extrañamos el vuelo de los vencejos en verano e incluso, como está ocurriendo en muchas ciudades, las bandadas de gorriones alegrando el aire. Extrañamos a las vecinas del barrio que se salían a tomar el fresco en las noches de verano, y a los familiares y amigos que llamaban a tu puerta sin avisar. Echamos de menos las fotografías en papel que recogían los momentos más señalados de nuestra vida y que hoy sólo se ven en las casas de las personas mayores.
Echamos de menos esa espontaneidad, improvisación e imprevisión que nos permitía ir a los restaurantes, al teatro, a las exposiciones o a hacer una gestión administrativa sin reserva o cita previa. En las gasolineras, en las grandes superficies, en las cadenas de comida rápida, o simplemente en el teléfono, echamos de menos que nos atienda una persona física. Añoramos aquellos tiempos no demasiado lejanos en los que los carniceros, los polleros o los pescaderos de los supermercados no habían sido sustituidos por bandejas, antes de que los estudios de mercado decidieran que el perfil de los nuevos clientes es el de alguien que tiene siempre mucha prisa y no pueden entretenerse conversando con quienes les despachan las viandas.
Echamos de menos leer un libro o disfrutar de una canción sin tener que reseñarlo o dar un «me gusta», o recrearnos con los mejores momentos de un viaje sin necesidad de fotografiarlo y compartirlo en Instagram. Echamos de menos las postales, las cartas y hasta los christmas o tarjetas de felicitación por Navidad. Echamos de menos también a los abuelos en los hogares.
Y los guisos de cuchara y puchero. Ya apenas nos acordamos de cuando viajábamos sin navegador y teníamos que preguntar a un paisano por una calle o por una iglesia. En esta época que monitoriza y monetiza lo que vivimos, como si tuviéramos que vivir siempre en «modo de grabación», echamos de menos hacer cosas simplemente porque nos gusta, porque sí, porque quiero sentir la experiencia como si fuera mía y solamente mía, ya que su disfrute no depende de cuánta gente la ve.
Inmersos en el ruido mediático y tecnológico, echamos en falta el silencio y la tranquilidad, esas pausas o momentos de calma tan necesarios para aburrirnos y para pensar o imaginar. Y, sepultados como estamos por la contaminación lumínica (para ver la Vía Láctea tenemos que alejarnos más de 80 kilómetros de Madrid), ¡cómo echamos de menos contemplar el cielo nocturno tachonado de estrellas! En fin, quizás, si nadie lo remedia, el desarrollo de la IA acabe haciendo que echemos de menos los tiempos en los que pensábamos y decidíamos por nosotros mismos.
Invito al lector que haya tenido la paciencia de leer hasta aquí, a que añada a esta lista otras cosas o vivencias que hasta no hace mucho llevábamos incorporadas a nuestras vidas y hoy se han esfumado como por encanto. En un mundo tan acelerado como el que nos ha tocado vivir, anestesiados por esa omnipresente actualidad que relega el pasado al olvido y convierte hoy en obsoleto lo que ayer era noticia; atronados nuestros oídos por el incesante bombardeo de imágenes mediáticas y cada vez más aislados gracias a las nuevas tecnologías, estamos viviendo sin apenas darnos cuenta la desaparición en pocos años del mundo que conocíamos, y con él la desaparición de muchas de las emociones que forman parte de las raíces de nuestras vidas. Y lo peor no es que los casetes o los Cd, e incluso los libros de papel, se hayan convertido en los nuevos hogares en trastos inútiles: lo peor es que se está perdiendo el gusto de tratar con la gente y de escuchar a las personas.
Luis Peñalver Alhambra comentarios Reportar un error