Por un agosto de vida contemplativa
La intimidad, que es fundamental en la construcción del individuo, avanza en su proceso de disolución en este siglo de redes sociales, algoritmos, datos e hipervigilancia, y lo importante, siempre, es
Por un agosto de vida contemplativa La intimidad, que es fundamental en la construcción del individuo, avanza en su proceso de disolución en este siglo de redes sociales, algoritmos, datos e hipervigilancia, y lo importante, siempre, es estar haciendo algo o, en su defecto, opinando sobre algo Una mujer disfruta del buen tiempo leyendo en una playa de Suances (Cantabria) EFE Raquel Marcos Oliva 1 de agosto de 2026 23:12 h 0 El cambio de paradigma que dio lugar a la modernidad fue, según Hanna Arendt, “la inversión del orden jerárquico entre la vida contemplativa y la vida activa”. Un movimiento que comienza en el siglo XVII y que convierte la acción en el estado más elevado de la condición humana, vaciando la contemplación de su significado tradicional, que era ser el camino predominante en la búsqueda de verdad, la sabiduría y la trascendencia. La pérdida del equilibrio entre el “ora” y el “labora”provoca que el trabajo, y la acción en general, nos desborde, impidiéndonos tener tiempo para el silencio, la escucha y la contemplación.
La intimidad, que es fundamental en la construcción del individuo, avanza en su proceso de disolución en este siglo de redes sociales, algoritmos, datos e hipervigilancia, y lo importante, siempre, es estar haciendo algo o, en su defecto, opinando sobre algo, compartiendo de manera compulsiva la acción y la opinión. En paralelo y relacionado con el abandono de la vida contemplativa, el ser humano pierde capacidad de atención y concentración. En EEUU se han vuelto tendencia los reportajes que aseguran que la edad de la lectura ha terminado y que la alfabetización ha sido solo un breve paréntesis en la historia de la humanidad.
En un artículo en The Atlantic, titulado “El final de la lectura está aquí”, destacaban que el libro más leído en 1958 fue Doctor Zhivago, de Boris Pasternak; en 2025 fue la última entrega de la serie Los Juegos del hambre. La mitad de los estadounidenses no leen un solo libro al año y los jóvenes han dejado de leer periódicos, sustituyéndolos por vídeos cortos como fuente de información. La gente no lee y muchos ya no escriben ni breves emails, delegando esa tarea en la IA.
Eso ya se conoce como crisis de alfabetización y es la pérdida de habilidades básicas que adquirimos a través de la lectura y la escritura, como la capacidad de hacer deducciones por el contexto, parafrasear, seguir una argumentación o sintetizar conceptos. Esta es la causa de que, por ejemplo, Netflix aconseje a sus guionistas situar contantemente al espectador en la trama, sobreexplicando lo que está viendo en pantalla. También de que triunfen eslóganes y conceptos que se repiten mil veces, en una vuelta perversa a una oralidad que ahora es digital y viral.
En la universidad ya hay alumnos, educados y alfabetizados, que se quejan de que sus profesores les obliguen a leer, existiendo vías menos costosas de adquisición de conocimientos. Por un agosto de vida contemplativa La intimidad, que es fundamental en la construcción del individuo, avanza en su proceso de disolución en este siglo de redes sociales, algoritmos, datos e hipervigilancia, y lo importante, siempre, es estar haciendo algo o, en su defecto, opinando sobre algo Una mujer disfruta del buen tiempo leyendo en una playa de Suances (Cantabria) EFE Raquel Marcos Oliva 1 de agosto de 2026 23:12 h 0 El cambio de paradigma que dio lugar a la modernidad fue, según Hanna Arendt, “la inversión del orden jerárquico entre la vida contemplativa y la vida activa”. Un movimiento que comienza en el siglo XVII y que convierte la acción en el estado más elevado de la condición humana, vaciando la contemplación de su significado tradicional, que era ser el camino predominante en la búsqueda de verdad, la sabiduría y la trascendencia.
La pérdida del equilibrio entre el “ora” y el “labora”provoca que el trabajo, y la acción en general, nos desborde, impidiéndonos tener tiempo para el silencio, la escucha y la contemplación. La intimidad, que es fundamental en la construcción del individuo, avanza en su proceso de disolución en este siglo de redes sociales, algoritmos, datos e hipervigilancia, y lo importante, siempre, es estar haciendo algo o, en su defecto, opinando sobre algo, compartiendo de manera compulsiva la acción y la opinión. En paralelo y relacionado con el abandono de la vida contemplativa, el ser humano pierde capacidad de atención y concentración.
En EEUU se han vuelto tendencia los reportajes que aseguran que la edad de la lectura ha terminado y que la alfabetización ha sido solo un breve paréntesis en la historia de la humanidad. En un artículo en The Atlantic, titulado “El final de la lectura está aquí”, destacaban que el libro más leído en 1958 fue Doctor Zhivago, de Boris Pasternak; en 2025 fue la última entrega de la serie Los Juegos del hambre. La mitad de los estadounidenses no leen un solo libro al año y los jóvenes han dejado de leer periódicos, sustituyéndolos por vídeos cortos como fuente de información.
La gente no lee y muchos ya no escriben ni breves emails, delegando esa tarea en la IA. Eso ya se conoce como crisis de alfabetización y es la pérdida de habilidades básicas que adquirimos a través de la lectura y la escritura, como la capacidad de hacer deducciones por el contexto, parafrasear, seguir una argumentación o sintetizar conceptos. Esta es la causa de que, por ejemplo, Netflix aconseje a sus guionistas situar contantemente al espectador en la trama, sobreexplicando lo que está viendo en pantalla.
También de que triunfen eslóganes y conceptos que se repiten mil veces, en una vuelta perversa a una oralidad que ahora es digital y viral. En la universidad ya hay alumnos, educados y alfabetizados, que se quejan de que sus profesores les obliguen a leer, existiendo vías menos costosas de adquisición de conocimientos.