La inflamación que ni duele ni se ve pero es la más peligrosa de todas
Esa 'inflamación' que no duele repercute de una manera constante en la biología del ser humano y su envejecimiento.
URGENTEDetenido el hombre que presuntamente asesinó a su exmujer en un centro comercial de Murcia ENCUESTA ¿Debe dimitir Infantino como presidente de la FIFA por sus últimas polémicas? La inflamación que ni duele ni se ve pero es la más peligrosa de todasIlustración sobre la inflamación más peligrosaImagen generada con IAEscucha este artículoSaludNoticia Basado en hechos observados y verificados directamente por nuestros periodistas o por fuentes informadas. 06 ago 2026 - 07:00Lucas Cueto Añádenos en Google Elígenos como tu fuente preferida en Google.WhatsAppTwitterFacebookLinkedinTelegramBeloudCopiar URLCompartirGuardarMostrar comentariosEsa 'inflamación' que no duele repercute de una manera constante en la biología del ser humano y su envejecimiento.¿La falta de sueño envejece tanto como fumar o comer mal?Retomemos a nuestros gemelos idénticos, aquellos que os comentaba en el otro artículo acerca del sueño (si no lo recuerdas, puedes leerlo). Mismo ADN, misma alimentación, mismo entrenamiento.
Ya vimos que el sueño, por sí solo, era capaz de separar sus caminos biológicos. Pero imagina que esta vez igualamos también esa variable: los dos duermen las mismas horas de sueño reparador desde que leyeron el artículo anterior. Y, aun así, uno sigue envejeciendo más rápido que el otro.¿Qué sigue siendo diferente?El trabajo de uno es una presión constante, sin tregua.
Reuniones encima de reuniones, un jefe que exige por WhatsApp a las once de la noche, la sensación permanente de ir un paso por detrás de manera constante. El otro tiene sus propios problemas —todos esos que todos tenemos y son inevitables—, pero su cuerpo dispone de momentos reales para considerar que su estado basal es la calma, no la alerta, como en el caso de su hermano. La diferencia entre ambos ya no es cuánto duermen.
Es cuánto tiempo pasan en modo alarma.Con el tiempo, ese detalle —aparentemente solo "psicológico"— acaba escrito en su biología. Uno de los gemelos envejece por dentro más rápido que el otro, y como consecuencia también por fuera. Pudiendo incluso enfermar con mucha más probabilidad.
Y la explicación tiene un nombre técnico que vale la pena conocer: inflamación crónica de bajo grado. La inflamación que no duele.El precio de vivir para siempre: el fascinante secreto que esconden las células cancerígenasCuando pensamos en inflamación, pensamos en un tobillo hinchado, una garganta irritada o un dolor de tripa, ¿verdad? Algo agudo, visible, que se resuelve en unos días o unas horas.
Pero existe otro tipo de inflamación completamente distinta: silenciosa, de bajo nivel, que no duele ni se ve, y que en lugar de durar un tiempo limitado dura años. Y es mucho más peligrosa…No odies al cortisolDetente un segundo en esto. No es una inflamación que aparece y desaparece.
Es un fuego lento que nunca llega a apagarse del todo. Los científicos tienen incluso un término para el fenómeno cuando se asocia al paso de los años: inflammaging, la fusión de "inflamación" y "envejecimiento" o "paso de los años". Y cada vez hay más evidencia de que el estrés mantenido es uno de sus principales combustibles, no solo en nuestro envejecimiento, sino en la base de muchas enfermedades.
El cortisol no es el enemigo. En dosis puntuales es, de hecho, imprescindible en nuestra vida y en nuestro día a día. Está de moda odiarlo, querer eliminarlo de nuestras vidas, pero no es realmente así.
Atentos: es la hormona que nos permite reaccionar ante un peligro, concentrarnos ante un examen o correr si algo se nos viene encima. El problema no es que exista. El problema es que se quede.En una situación de estrés puntual, el cortisol sube, hace su trabajo y vuelve a bajar.
Pero cuando el estrés se mantiene semana tras semana —ese jefe, esa hipoteca, esa incertidumbre constante…—, el cortisol deja de bajar del todo. Se queda ahí, en un nivel intermedio, como un motor que nunca llega a apagarse y tampoco llega a arrancar del todo. Y ojo aquí, no solo son estímulos como los que he indicado, puesto que esos cafés de más del día también son culpables, ya que la cafeína provoca una subida de esta hormona.El cortisol no es el enemigo.
En dosis puntuales es, de hecho, imprescindible en nuestra vida y en nuestro día a díaEse motor encendido de forma permanente interfiere con el sistema inmune, altera la forma en que el cuerpo regula el azúcar en sangre y mantiene activas las mismas rutas inflamatorias que se disparan cuando hay una infección real. Solo que aquí no hay ninguna infección. Solo hay una alarma que se ha olvidado de cómo apagarse.
Dicho de otra manera, estamos mintiendo a nuestro cuerpo, a nuestra naturaleza. Igual que ocurría con el sueño, el estrés crónico deja huella en los telómeros, esos "plásticos" (o cordones) protectores en los extremos del ADN de los que ya hablamos. Uno de los estudios más citados en este campo analizó a madres al cuidado de hijos con enfermedades crónicas: cuanto más años llevaban bajo ese estrés sostenido, más cortos tenían los telómeros.
En algunos casos, la diferencia equivalía a una década adicional de envejecimiento celular, sin que hubiera pasado una década de calendario.No es un caso aislado. El estrés mantenido se ha asociado también con múltiples enfermedades: mayor riesgo cardiovascular, peor regulación de la glucosa, más grasa acumulada en la zona abdominal y una respuesta inmune menos eficaz frente a infecciones reales… De nuevo: no es un solo efecto, son varios actuando a la vez, en silencio, sumando desgaste día a día. Si falla nuestro sistema inmune, nos veremos expuestos a infecciones o a fallos en la reparación celular.
Cuando el estrés pasa al primer planoMedicamentos contra la obesidad: una revolución histórica...si sabemos utilizarlosDurante años, la salud pública ha hablado de tabaco, alimentación y sedentarismo como los grandes factores de riesgo. El estrés mantenido ha quedado relegado a un segundo plano, como si fuera "cosa de la cabeza" y no una cuestión con consecuencias físicas medibles. Esa visión, poco a poco, está cambiando (¡y menos mal!).No se trata de decir que "el estrés sea peor que fumar".
Se trata de entender que, sostenido en el tiempo, activa los mismos mecanismos de fondo —inflamación, oxidación celular, desgaste metabólico— que otros hábitos que sí llevamos años tomándonos en serio. Esta frase ya te sonará, pero la usamos de nuevo: "una huella que no siempre se ve, pero que se acumula".El estrés no es una medallaVivimos en una cultura que premia estar "a tope" de trabajo. Contestar el correo a medianoche, no coger vacaciones, presumir de estar desbordado.
El estrés se ha convertido, casi sin darnos cuenta, en sinónimo de estar ocupado, de importar, de ser productivo.Biológicamente ocurre justo lo contrario. Un organismo que nunca desconecta no rinde más: rinde peor, y además paga un precio por ello. No es eficiencia.
Es desgaste silencioso, exactamente igual que dormir poco.No es casualidad que muchos de los mismos perfiles de alto rendimiento que protegen el sueño como un ritual —deportistas de élite, directivos que han pasado por un buen susto de salud— hayan incorporado también prácticas de recuperación activa del sistema nervioso: respiración, tiempo desconectados del móvil, rutinas fijas de descompresión después de la actividad. No lo hacen por moda. Lo hacen porque, al máximo nivel, se dieron cuenta de que un cuerpo en alarma permanente es un cuerpo que se rompe antes. (Prometo hablar de los beneficios de la meditación en próximos artículos).Un cambio sencilloNo hace falta eliminar el estrés de la vida —sería, además, en nuestra sociedad, utópico—.
Se trata de asegurarse de que, entre pico y pico, el cuerpo tenga ocasión de volver a la calma. Unos minutos de respiración consciente, una caminata sin móvil, una conversación real en lugar de una pantalla, deporte… pueden parecer gestos pequeños. Pero son, literalmente, la forma en que le decimos al cuerpo que la alarma ya puede apagarse.Nuestro segundo gemelo, el que ha aprendido a hacer esto, no tiene una vida con menos problemas que su hermano.
Tiene, simplemente, un sistema nervioso que sabe volver a casa.Conforme a los criterios de¿Por qué confiar en nosotros?Más información sobre:Salud y bienestarVida saludableLucas CuetoLucas Cueto-Felgueroso López-Cortijo colabora en 20minutos, dentro del vertical de bienestar 20bien. Es médico especialista en Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello. Compagina su práctica quirúrgica y clínica con la docencia y la divulgación médica.
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Pero imagina que esta vez igualamos también esa variable: los dos duermen las mismas horas de sueño reparador desde que leyeron el artículo anterior. Y, aun así, uno sigue envejeciendo más rápido que el otro.¿Qué sigue siendo diferente?El trabajo de uno es una presión constante, sin tregua. Reuniones encima de reuniones, un jefe que exige por WhatsApp a las once de la noche, la sensación permanente de ir un paso por detrás de manera constante.
El otro tiene sus propios problemas —todos esos que todos tenemos y son inevitables—, pero su cuerpo dispone de momentos reales para considerar que su estado basal es la calma, no la alerta, como en el caso de su hermano. La diferencia entre ambos ya no es cuánto duermen. Es cuánto tiempo pasan en modo alarma.Con el tiempo, ese detalle —aparentemente solo "psicológico"— acaba escrito en su biología.
Uno de los gemelos envejece por dentro más rápido que el otro, y como consecuencia también por fuera. Pudiendo incluso enfermar con mucha más probabilidad. Y la explicación tiene un nombre técnico que vale la pena conocer: inflamación crónica de bajo grado.
La inflamación que no duele.El precio de vivir para siempre: el fascinante secreto que esconden las células cancerígenasCuando pensamos en inflamación, pensamos en un tobillo hinchado, una garganta irritada o un dolor de tripa, ¿verdad? Algo agudo, visible, que se resuelve en unos días o unas horas. Pero existe otro tipo de inflamación completamente distinta: silenciosa, de bajo nivel, que no duele ni se ve, y que en lugar de durar un tiempo limitado dura años.
Y es mucho más peligrosa…No odies al cortisolDetente un segundo en esto. No es una inflamación que aparece y desaparece. Es un fuego lento que nunca llega a apagarse del todo.
Los científicos tienen incluso un término para el fenómeno cuando se asocia al paso de los años: inflammaging, la fusión de "inflamación" y "envejecimiento" o "paso de los años". Y cada vez hay más evidencia de que el estrés mantenido es uno de sus principales combustibles, no solo en nuestro envejecimiento, sino en la base de muchas enfermedades. El cortisol no es el enemigo.
En dosis puntuales es, de hecho, imprescindible en nuestra vida y en nuestro día a día. Está de moda odiarlo, querer eliminarlo de nuestras vidas, pero no es realmente así. Atentos: es la hormona que nos permite reaccionar ante un peligro, concentrarnos ante un examen o correr si algo se nos viene encima.
El problema no es que exista. El problema es que se quede.En una situación de estrés puntual, el cortisol sube, hace su trabajo y vuelve a bajar. Pero cuando el estrés se mantiene semana tras semana —ese jefe, esa hipoteca, esa incertidumbre constante…—, el cortisol deja de bajar del todo.
Se queda ahí, en un nivel intermedio, como un motor que nunca llega a apagarse y tampoco llega a arrancar del todo. Y ojo aquí, no solo son estímulos como los que he indicado, puesto que esos cafés de más del día también son culpables, ya que la cafeína provoca una subida de esta hormona.El cortisol no es el enemigo. En dosis puntuales es, de hecho, imprescindible en nuestra vida y en nuestro día a díaEse motor encendido de forma permanente interfiere con el sistema inmune, altera la forma en que el cuerpo regula el azúcar en sangre y mantiene activas las mismas rutas inflamatorias que se disparan cuando hay una infección real.
Solo que aquí no hay ninguna infección. Solo hay una alarma que se ha olvidado de cómo apagarse. Dicho de otra manera, estamos mintiendo a nuestro cuerpo, a nuestra naturaleza.
Igual que ocurría con el sueño, el estrés crónico deja huella en los telómeros, esos "plásticos" (o cordones) protectores en los extremos del ADN de los que ya hablamos. Uno de los estudios más citados en este campo analizó a madres al cuidado de hijos con enfermedades crónicas: cuanto más años llevaban bajo ese estrés sostenido, más cortos tenían los telómeros. En algunos casos, la diferencia equivalía a una década adicional de envejecimiento celular, sin que hubiera pasado una década de calendario.No es un caso aislado.
El estrés mantenido se ha asociado también con múltiples enfermedades: mayor riesgo cardiovascular, peor regulación de la glucosa, más grasa acumulada en la zona abdominal y una respuesta inmune menos eficaz frente a infecciones reales… De nuevo: no es un solo efecto, son varios actuando a la vez, en silencio, sumando desgaste día a día. Si falla nuestro sistema inmune, nos veremos expuestos a infecciones o a fallos en la reparación celular. Cuando el estrés pasa al primer planoMedicamentos contra la obesidad: una revolución histórica...si sabemos utilizarlosDurante años, la salud pública ha hablado de tabaco, alimentación y sedentarismo como los grandes factores de riesgo.
El estrés mantenido ha quedado relegado a un segundo plano, como si fuera "cosa de la cabeza" y no una cuestión con consecuencias físicas medibles. Esa visión, poco a poco, está cambiando (¡y menos mal!).No se trata de decir que "el estrés sea peor que fumar". Se trata de entender que, sostenido en el tiempo, activa los mismos mecanismos de fondo —inflamación, oxidación celular, desgaste metabólico— que otros hábitos que sí llevamos años tomándonos en serio.
Esta frase ya te sonará, pero la usamos de nuevo: "una huella que no siempre se ve, pero que se acumula".El estrés no es una medallaVivimos en una cultura que premia estar "a tope" de trabajo. Contestar el correo a medianoche, no coger vacaciones, presumir de estar desbordado. El estrés se ha convertido, casi sin darnos cuenta, en sinónimo de estar ocupado, de importar, de ser productivo.Biológicamente ocurre justo lo contrario.
Un organismo que nunca desconecta no rinde más: rinde peor, y además paga un precio por ello. No es eficiencia. Es desgaste silencioso, exactamente igual que dormir poco.No es casualidad que muchos de los mismos perfiles de alto rendimiento que protegen el sueño como un ritual —deportistas de élite, directivos que han pasado por un buen susto de salud— hayan incorporado también prácticas de recuperación activa del sistema nervioso: respiración, tiempo desconectados del móvil, rutinas fijas de descompresión después de la actividad.
No lo hacen por moda. Lo hacen porque, al máximo nivel, se dieron cuenta de que un cuerpo en alarma permanente es un cuerpo que se rompe antes. (Prometo hablar de los beneficios de la meditación en próximos artículos).Un cambio sencilloNo hace falta eliminar el estrés de la vida —sería, además, en nuestra sociedad, utópico—. Se trata de asegurarse de que, entre pico y pico, el cuerpo tenga ocasión de volver a la calma.
Unos minutos de respiración consciente, una caminata sin móvil, una conversación real en lugar de una pantalla, deporte… pueden parecer gestos pequeños. Pero son, literalmente, la forma en que le decimos al cuerpo que la alarma ya puede apagarse.Nuestro segundo gemelo, el que ha aprendido a hacer esto, no tiene una vida con menos problemas que su hermano. Tiene, simplemente, un sistema nervioso que sabe volver a casa.Conforme a los criterios de¿Por qué confiar en nosotros?