De «maravilla» natural a paisaje casi lunar
Por más que ahora haya zonas que parezcan más un paisaje lunar en el que el gris de las cenizas lo domina prácticamente todo, el olor a quemado impide apreciar cualquier otro aroma y el terreno aún ca
De «maravilla» natural a paisaje casi lunar El Castañar del Valle de Iruelas se ha salvado. Todo un «soplo de aire» tras el paso del fuego de Burgohondo (Ávila), cuyos daños concretos sobre esta «joya» de Reserva Natural aún tardarán tiempo en poderse evaluar Regala esta noticia Añádenos en Google Buitres negros planeado sobre el paisaje carbonizado por el fuego en el Valle de Iruelas (Ávila). (AFP) Isabel Jimeno Valladolid 01/08/2026 a las 23:24h. Por más que ahora haya zonas que parezcan más un paisaje lunar en el que el gris de las cenizas lo domina prácticamente todo, el olor a quemado impide apreciar cualquier otro aroma y el terreno aún caliente anima más a apartar la vista que ... al deleite, lo cierto es que el valle de Iruelas, en la provincia de Ávila, es un auténtico pulmón verde dentro de ese organismo respiratorio que también es todo el Tiétar, al que ahora le cuesta respirar.
Sus vecinos siguen con la emoción atragantada al ver cómo su valle, su vida, su entorno ha sido consumido en apenas cinco días por el fuego declarado el pasado 22 de julio en Burgohondo, extendiéndose por más de 50.000 hectáreas. No es la primera vez que las llamas se propagan por este lugar, aunque sí la ocasión en la que lo han hecho con más velocidad, furia y voracidad, arrasando casi todo lo que encontraban a su paso. Deberán pasar los días, los meses, los años... para ver el impacto real no sólo en la retina, sino en la memoria y los sentimientos de los 33.000 vecinos y los muchos que tienen aquí su segunda residencia que tenían que salir obligados de sus casas y los cerca de 14.000 que habían de quedarse dentro para evitar los efectos del tóxico humo.
Ese paisaje único, que no existía hace 60 millones de años y que se formó cuando las placas tectónicas norte y sur comprimieron cual sándwich a la ibérica, ha sufrido en esta ocasión una profunda herida en la que es casa de una frondosa flora y una abundante y rica fauna. ¿Qué es? ¿Qué era el Valle de Iruelas?
«No se puede describir con palabras», asegura Teresa Martín, educadora ambiental. Y eso que ella se dedica a explicar este entorno único. «Una maravilla», resume para intentar hacer ver la riqueza de un espacio catalogado como Reserva Natural que, asegura, para quienes lo aprecian «por primera veza es una sensación muy especial y única».
A ella, que lleva más de un decenio en la Casa del Parque del Valle de Iruelas -y más de veinte años también en la no lejana de Guisando-, por más que haya pasado el tiempo le sigue impresionando ese «maravilloso» entorno. «Lo explicamos y lo sentimos como nuestro», asegura de esta «verdadera joya a nivel botánico», inseparable de la orografía con esa garganta «que no se puede describir». Así como legado de esos resineros y un sector forestal que «durante años» ayudaron con sus trabajos a que «el valle estuviera así de bonito» y configurar es entorno en el que, por ejemplo, anida la mayor colonia de buitre negro de Castilla y León y una de las mayores de España.
El Valle de Iruelas está conformado por un paisaje y orografías únicos que dan cobijo a múltiples especies, entre ellas el buitre negro -en la imagen estos días sobrevolando la zona tras el paso de las llamas- y una garganta que en verano no suele llevar agua en superficie.. (RUBÉN ORTEGA/EFE) Entre 120 y 150 parejas que estos días se han visto surcando el cielo sobre ese paisaje carbonizado y que anidaban aquí porque tenían los cimientos perfectos para construir su hogar: vetustos ejemplares de pinos negrales y laricios que con sus centenarias grandes copas les han servido para formar sus nidos. Así que para que la familia de esta rapaz siga siendo tan numerosa, «necesitan al menos esos 150 árboles», señala Teresa. Lo dice aún con la duda de hasta qué punto el fuego puede haber afectado a una de las riquezas y peculiaridades que salpican el valle de Iruelas y uno de los motivos para la catalogación como Reserva Natural de estas poco más de 8.800 hectáreas, en pleno corazón de la Cordillera Central, en la estribación oriental de la sierra de Gredos.
Alberga una de las colonias más importantes de buitre negro de España, que tenía en las grandes copas de los vetustos pinos la base para sus nidos Un «valioso» bosque con gran diversidad de especies, drenado por varios arroyos de montaña y una garganta «que no se puede describir con palabras», incide Teresa sobre ese paseo que evoca ahora desde la distancia en la memoria pero como si lo tuviese ante sus ojos. En verano por allí no aflora el agua que en otras estaciones mana con su cantarín soniquete, de ahí las dudas sobre las posibilidades de resistencia de ese «bosque galería» de alisos, fresnos, olmos, avellanos, arce Montpelier, tejos de los que hasta se conserva un ejemplar de 800 años..., enumera sin freno sobre esa «maravilla» de la que quiere hablar en presente por más que alguna vez se le escape el pasado. Que desde la Casa del Parque en la que en ese momento, entre mucho humo, estaba su compañera Ana y vio cómo el fuego avanzaba «muy rápido» -aunque sí se ha salvado de las llamas- ahora enfrente tienen un paisaje en el que domina el negro.
El Abuelo vive Newsletter «Más de un día llorando» estuvieron ella y sus tres compañeros al saber del incendio avanzando, recuerda con la voz quebrada y «temblando el momento» de verlo. Con la «impotencia» gravada por lo «horroroso» de lo vivido: «Triste, muy triste». Al menos, apunta, «el castañar parece que se ha salvado».
«Gracias a Dios, es un soplo de aire al menos...», se intenta consolar al saber que este espacio «fuera de lo normal», en el término de El Tiemblo y que supone la mejor y más extensa manifestación de castañar del Sistema Central, no sucumbió a las llamas. Y ahí sigue, con sus 1.950 centímetros de altura, más de 2.100 de tronco hueco que fue refugio de pastores y caminantes y más de 500 años de vida, el Abuelo. Ya un día alguien lo quemó, pero también sobrevivió.
El valle de Iruelas, con la brusca variación altitudinal que también lo caracteriza y sirve para que cohabiten retamares, jarales, piornales y hasta enebrales, es mucho más. Es también casa del águila imperial -especie en peligro de extinción-, del picogordo, el piquituerto, el águila real, el azor, el reyezuelo listado o el trepador azul. Pico picapinos, oropéndolas, arrendajos, carboneros comunes, herrerillos, currucas capirotadas, rabilargos... planeaban los cielos de lo que también es Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y de Especial Conservación (ZEC).
Jabalí, zorro, ardilla, ciervo, corzo también son vecinos de este entorno natural junto al embalse del Burguillo del que se alimentaron las llamas, dejando también numerosos cadáveres a su paso. Culebras bastardas, de herradura, viperinas o de escalera... Lagarto verdinegro, rana patilarga, tritón ibérico, lagarto ocelado o lagartija colilarga componen también la fauna de este espacio incardinado entre esas 50.000 hectáreas por la que campó el fuego.
«La naturaleza tiene mucha fuerza», dice Teresa, agarrada a esa confianza y la esperanza de que, como el castañar, haya más claros verdes entre el oscuro paisaje calcinado. comentarios Reportar un error De «maravilla» natural a paisaje casi lunar El Castañar del Valle de Iruelas se ha salvado. Todo un «soplo de aire» tras el paso del fuego de Burgohondo (Ávila), cuyos daños concretos sobre esta «joya» de Reserva Natural aún tardarán tiempo en poderse evaluar Regala esta noticia Añádenos en Google Buitres negros planeado sobre el paisaje carbonizado por el fuego en el Valle de Iruelas (Ávila). (AFP) Isabel Jimeno Valladolid 01/08/2026 a las 23:24h. Por más que ahora haya zonas que parezcan más un paisaje lunar en el que el gris de las cenizas lo domina prácticamente todo, el olor a quemado impide apreciar cualquier otro aroma y el terreno aún caliente anima más a apartar la vista que ... al deleite, lo cierto es que el valle de Iruelas, en la provincia de Ávila, es un auténtico pulmón verde dentro de ese organismo respiratorio que también es todo el Tiétar, al que ahora le cuesta respirar.
Sus vecinos siguen con la emoción atragantada al ver cómo su valle, su vida, su entorno ha sido consumido en apenas cinco días por el fuego declarado el pasado 22 de julio en Burgohondo, extendiéndose por más de 50.000 hectáreas. No es la primera vez que las llamas se propagan por este lugar, aunque sí la ocasión en la que lo han hecho con más velocidad, furia y voracidad, arrasando casi todo lo que encontraban a su paso. Deberán pasar los días, los meses, los años... para ver el impacto real no sólo en la retina, sino en la memoria y los sentimientos de los 33.000 vecinos y los muchos que tienen aquí su segunda residencia que tenían que salir obligados de sus casas y los cerca de 14.000 que habían de quedarse dentro para evitar los efectos del tóxico humo.
Ese paisaje único, que no existía hace 60 millones de años y que se formó cuando las placas tectónicas norte y sur comprimieron cual sándwich a la ibérica, ha sufrido en esta ocasión una profunda herida en la que es casa de una frondosa flora y una abundante y rica fauna. ¿Qué es? ¿Qué era el Valle de Iruelas?
«No se puede describir con palabras», asegura Teresa Martín, educadora ambiental. Y eso que ella se dedica a explicar este entorno único. «Una maravilla», resume para intentar hacer ver la riqueza de un espacio catalogado como Reserva Natural que, asegura, para quienes lo aprecian «por primera veza es una sensación muy especial y única».
A ella, que lleva más de un decenio en la Casa del Parque del Valle de Iruelas -y más de veinte años también en la no lejana de Guisando-, por más que haya pasado el tiempo le sigue impresionando ese «maravilloso» entorno. «Lo explicamos y lo sentimos como nuestro», asegura de esta «verdadera joya a nivel botánico», inseparable de la orografía con esa garganta «que no se puede describir». Así como legado de esos resineros y un sector forestal que «durante años» ayudaron con sus trabajos a que «el valle estuviera así de bonito» y configurar es entorno en el que, por ejemplo, anida la mayor colonia de buitre negro de Castilla y León y una de las mayores de España.
El Valle de Iruelas está conformado por un paisaje y orografías únicos que dan cobijo a múltiples especies, entre ellas el buitre negro -en la imagen estos días sobrevolando la zona tras el paso de las llamas- y una garganta que en verano no suele llevar agua en superficie.. (RUBÉN ORTEGA/EFE) Entre 120 y 150 parejas que estos días se han visto surcando el cielo sobre ese paisaje carbonizado y que anidaban aquí porque tenían los cimientos perfectos para construir su hogar: vetustos ejemplares de pinos negrales y laricios que con sus centenarias grandes copas les han servido para formar sus nidos. Así que para que la familia de esta rapaz siga siendo tan numerosa, «necesitan al menos esos 150 árboles», señala Teresa. Lo dice aún con la duda de hasta qué punto el fuego puede haber afectado a una de las riquezas y peculiaridades que salpican el valle de Iruelas y uno de los motivos para la catalogación como Reserva Natural de estas poco más de 8.800 hectáreas, en pleno corazón de la Cordillera Central, en la estribación oriental de la sierra de Gredos.
Alberga una de las colonias más importantes de buitre negro de España, que tenía en las grandes copas de los vetustos pinos la base para sus nidos Un «valioso» bosque con gran diversidad de especies, drenado por varios arroyos de montaña y una garganta «que no se puede describir con palabras», incide Teresa sobre ese paseo que evoca ahora desde la distancia en la memoria pero como si lo tuviese ante sus ojos. En verano por allí no aflora el agua que en otras estaciones mana con su cantarín soniquete, de ahí las dudas sobre las posibilidades de resistencia de ese «bosque galería» de alisos, fresnos, olmos, avellanos, arce Montpelier, tejos de los que hasta se conserva un ejemplar de 800 años..., enumera sin freno sobre esa «maravilla» de la que quiere hablar en presente por más que alguna vez se le escape el pasado. Que desde la Casa del Parque en la que en ese momento, entre mucho humo, estaba su compañera Ana y vio cómo el fuego avanzaba «muy rápido» -aunque sí se ha salvado de las llamas- ahora enfrente tienen un paisaje en el que domina el negro.
El Abuelo vive Newsletter «Más de un día llorando» estuvieron ella y sus tres compañeros al saber del incendio avanzando, recuerda con la voz quebrada y «temblando el momento» de verlo. Con la «impotencia» gravada por lo «horroroso» de lo vivido: «Triste, muy triste». Al menos, apunta, «el castañar parece que se ha salvado».
«Gracias a Dios, es un soplo de aire al menos...», se intenta consolar al saber que este espacio «fuera de lo normal», en el término de El Tiemblo y que supone la mejor y más extensa manifestación de castañar del Sistema Central, no sucumbió a las llamas. Y ahí sigue, con sus 1.950 centímetros de altura, más de 2.100 de tronco hueco que fue refugio de pastores y caminantes y más de 500 años de vida, el Abuelo. Ya un día alguien lo quemó, pero también sobrevivió.
El valle de Iruelas, con la brusca variación altitudinal que también lo caracteriza y sirve para que cohabiten retamares, jarales, piornales y hasta enebrales, es mucho más. Es también casa del águila imperial -especie en peligro de extinción-, del picogordo, el piquituerto, el águila real, el azor, el reyezuelo listado o el trepador azul. Pico picapinos, oropéndolas, arrendajos, carboneros comunes, herrerillos, currucas capirotadas, rabilargos... planeaban los cielos de lo que también es Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y de Especial Conservación (ZEC).
Jabalí, zorro, ardilla, ciervo, corzo también son vecinos de este entorno natural junto al embalse del Burguillo del que se alimentaron las llamas, dejando también numerosos cadáveres a su paso. Culebras bastardas, de herradura, viperinas o de escalera... Lagarto verdinegro, rana patilarga, tritón ibérico, lagarto ocelado o lagartija colilarga componen también la fauna de este espacio incardinado entre esas 50.000 hectáreas por la que campó el fuego.
«La naturaleza tiene mucha fuerza», dice Teresa, agarrada a esa confianza y la esperanza de que, como el castañar, haya más claros verdes entre el oscuro paisaje calcinado. comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola» Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor»
Borja Sánchez