Situada entre dos plazas de este pueblo extremeño, esta curiosa hendidura en una columna servía como vara de medir para telas, cuerdas o cueros
La vara de Zafra no era un simple adorno, sino una herramienta de transparencia que evitaba engaños y disputas en los intercambios de materiales textiles El curioso edificio que desde sus ventanas imp
Situada entre dos plazas de este pueblo extremeño, esta curiosa hendidura en una columna servía como vara de medir para telas, cuerdas o cueros La vara de Zafra no era un simple adorno, sino una herramienta de transparencia que evitaba engaños y disputas en los intercambios de materiales textiles — El curioso edificio que desde sus ventanas imparte lecciones de urbanidad — Con apenas tres metros de longitud, es uno de los puentes fronterizos más pequeños del mundo y está en Badajoz El origen de esta curiosa manera de medir se remonta a la Edad Media, cuando la Plaza Chica era el centro neurálgico del concejo Ayuntamiento de Zafra Alberto Gómez 5 de agosto de 2026 10:00 h 0 En pleno casco histórico de la localidad extremeña de Zafra se esconde un tesoro de incalculable valor histórico. Entre la Plaza Grande y la Plaza Chica, dos recintos que forman un más que recomendable conjunto, el tiempo parece haberse detenido bajo los soportales medievales. Es en este punto exacto donde el visitante contempla el Arquillo del Pan, un pasadizo que conecta ambos espacios y alberga una de las curiosidades más fascinantes de la localidad.
Bajo la mirada de la Virgen de la Esperancita, cuya hornacina barroca preside este tránsito, se halla una columna que guarda un secreto fundamental para el comercio de este precioso pueblo de la provincia de Badajoz. El mencionado pilar de granito no es un simple elemento de sostenimiento, sino que actuó durante siglos como referencia definitiva para los mercaderes. Su ubicación estratégica permitía que compradores y vendedores verificaran la honestidad de sus tratos antes de abandonar el mercado.
Pasear por este rincón supone viajar al origen mercantil de una ciudad que ha sabido conservar sus raíces en cada piedra que compone su fuste. Hoy, esa muesca vertical sigue atrayendo la mirada de los curiosos que buscan comprender cómo se regía la vida diaria en la Extremadura antigua. La pieza central de esta historia es una hendidura vertical cuidadosamente grabada en el fuste de una columna de mármol y granito.
Esta marca, conocida como la Vara de Medir, servía como patrón oficial para comprobar la longitud de diversos géneros comerciales. En una época donde no existía un sistema métrico unificado, este molde grabado en piedra era el juez supremo para medir telas, cuerdas o cueros. Los mercaderes que acudían a las ferias locales debían ajustar sus propias varas de madera a esta ranura pública para asegurar la legalidad.
No era un simple adorno, sino una herramienta de transparencia que evitaba engaños y disputas en los intercambios de materiales textiles. La muesca vertical sigue atrayendo la mirada de los curiosos que buscan comprender una época donde no existía un sistema métrico unificado Y es que si, dado el caso, un cliente sospechaba que le habían dado menos tela de la acordada, solo tenía que caminar unos pasos hacia este pilar oficial. Allí, el frío granito dictaminaba la verdad de forma inapelable, convirtiéndose en el símbolo de la justicia comercial en la plaza.
Actualmente, la muesca sigue siendo palpable, invitando a los transeúntes a deslizar sus dedos por el surco que midió la riqueza de antaño. El origen de este instrumento de medida se remonta a la Edad Media, cuando la Plaza Chica era el centro neurálgico del concejo. Desde el año 1380, la villa contaba con autorización real para celebrar mercados semanales, lo que impulsó su crecimiento económico.
Las casas de la plaza, que originalmente estuvieron recubiertas de azulejos moriscos, servían de posadas y tiendas para los feriantes. Bajo los 27 soportales que rodean el recinto, el intercambio de productos exigía una estandarización clara para evitar el caos. La importancia de Zafra como ciudad de ferias desde los siglos XIV y XV justificaba la existencia de este patrón público permanente.
La plaza se diseñó con un carácter eminentemente mercantil, porticada tempranamente para proteger la actividad de las inclemencias del tiempo. Entre las columnas de la arquería, algunas de ellas incluso de origen romano, la vara destacaba como el pilar de la confianza. Fue este dinámico ambiente comercial el que forjó la identidad de la población, haciendo de su plaza menor un hito ineludible.
Desde un punto de vista técnico, la medida grabada en la piedra corresponde a la tradicional Vara Castellana. Aunque las medidas locales variaban según el territorio antes de la racionalización decimal, en Zafra se fijó este patrón de 83,53 centímetros. No se trata de una línea continua, pues en ella se pueden distinguir cinco marcas o muecas que subdividen la longitud total.
Estas subdivisiones permitían calcular medidas tradicionales menores como el palmo, la cuarta, el pie, el codo y la braza. Era un sistema complejo pero sumamente eficaz para la venta al por menor de retales o materiales de construcción. Por un lado, facilitaba el control del uso comercial de hilos y tejidos, y por otro, servía para contrastar las herramientas de los maestros.
Es curioso observar que el fuste de la columna es plano en su parte trasera, lo que sugiere que su ubicación original pudo ser otra. Posiblemente estuvo apoyada contra una pared antes de ser integrada en la estructura porticada que vemos en la actualidad. Para velar por el cumplimiento de estas normas y garantizar la paz en el mercado, existía la figura del almotacén.
Este funcionario público era el encargado de vigilar estrictamente que todos los pesos y medidas fueran correctos y legales. Su oficina o cuarto se encontraba precisamente en las cercanías de la Plaza Chica, permitiéndole una vigilancia constante de la actividad. El almotacén era el único autorizado para resolver conflictos de medición utilizando la vara grabada como referencia absoluta.
Su labor era vital en una sociedad donde el comercio justo era la base de la prosperidad y de la convivencia ciudadana. Cualquier alteración de las varas de madera personales era castigada, manteniendo así la integridad del sistema comercial de la villa. La presencia de este inspector aseguraba que nadie pudiera aprovecharse de la falta de unificación metrológica que imperaba en el país.
Así, la vara en la columna y el almotacén en su cuarto formaban un binomio institucional que protegía tanto al vecino como al forastero. Experiencia turística La historia de la vara no es solo un recuerdo del pasado, sino que a veces vuelve a encajar de forma sorprendente. En la actualidad, el legado de este sistema de medida ha inspirado iniciativas modernas de economía social en la propia localidad.
Zafra ha creado su propia moneda local denominada varamedí, un nombre que fusiona el maravedí medieval con la icónica vara de medir. Esta moneda social busca promover el comercio de proximidad y evitar que la riqueza abandone el entorno de la población. La vara de medir aparece ilustrada en los billetes de esta moneda, junto a figuras ilustres como la escritora Dulce Chacón.
Incluso se ha incluido lectura en braille en los billetes como una medida de inclusión social para todos los ciudadanos. De este modo, el antiguo patrón de la columna sigue siendo, en pleno siglo XXI, un símbolo de confianza y apoyo mutuo. Hoy es posible pagar un café o diversos servicios utilizando estos varamedís en el medio centenar de establecimientos adheridos.
El proyecto ha convertido a Zafra en un referente de las monedas alternativas, celebrando encuentros internacionales sobre el tema. Visitar este rincón de Extremadura es sumergirse en un entorno donde la arquitectura y la historia mercantil se funden armoniosamente. Recorrer el Arquillo del Pan y tocar la vara de medir es una experiencia obligada para cualquier turista que aprecie el patrimonio.
La oficina de turismo local ofrece rutas guiadas para descubrir estos secretos, desde el Alcázar hasta las columnas de mármol. Zafra invita al viajero a perderse por sus callejuelas y a intentar calcular, a simple vista, la longitud de la muesca sagrada. Allí donde el ladrillo y el granito cuentan historias de feriantes y almotacenes, la identidad de la villa se mantiene más fuerte que nunca.
Etiquetas / SPIN / Extremadura / Tradiciones / Historia / Badajoz / Comercio Situada entre dos plazas de este pueblo extremeño, esta curiosa hendidura en una columna servía como vara de medir para telas, cuerdas o cueros La vara de Zafra no era un simple adorno, sino una herramienta de transparencia que evitaba engaños y disputas en los intercambios de materiales textiles — El curioso edificio que desde sus ventanas imparte lecciones de urbanidad — Con apenas tres metros de longitud, es uno de los puentes fronterizos más pequeños del mundo y está en Badajoz El origen de esta curiosa manera de medir se remonta a la Edad Media, cuando la Plaza Chica era el centro neurálgico del concejo Ayuntamiento de Zafra Alberto Gómez 5 de agosto de 2026 10:00 h 0 En pleno casco histórico de la localidad extremeña de Zafra se esconde un tesoro de incalculable valor histórico. Entre la Plaza Grande y la Plaza Chica, dos recintos que forman un más que recomendable conjunto, el tiempo parece haberse detenido bajo los soportales medievales. Es en este punto exacto donde el visitante contempla el Arquillo del Pan, un pasadizo que conecta ambos espacios y alberga una de las curiosidades más fascinantes de la localidad.
Bajo la mirada de la Virgen de la Esperancita, cuya hornacina barroca preside este tránsito, se halla una columna que guarda un secreto fundamental para el comercio de este precioso pueblo de la provincia de Badajoz. El mencionado pilar de granito no es un simple elemento de sostenimiento, sino que actuó durante siglos como referencia definitiva para los mercaderes. Su ubicación estratégica permitía que compradores y vendedores verificaran la honestidad de sus tratos antes de abandonar el mercado.
Pasear por este rincón supone viajar al origen mercantil de una ciudad que ha sabido conservar sus raíces en cada piedra que compone su fuste. Hoy, esa muesca vertical sigue atrayendo la mirada de los curiosos que buscan comprender cómo se regía la vida diaria en la Extremadura antigua. La pieza central de esta historia es una hendidura vertical cuidadosamente grabada en el fuste de una columna de mármol y granito.
Esta marca, conocida como la Vara de Medir, servía como patrón oficial para comprobar la longitud de diversos géneros comerciales. En una época donde no existía un sistema métrico unificado, este molde grabado en piedra era el juez supremo para medir telas, cuerdas o cueros. Los mercaderes que acudían a las ferias locales debían ajustar sus propias varas de madera a esta ranura pública para asegurar la legalidad.
No era un simple adorno, sino una herramienta de transparencia que evitaba engaños y disputas en los intercambios de materiales textiles. La muesca vertical sigue atrayendo la mirada de los curiosos que buscan comprender una época donde no existía un sistema métrico unificado Y es que si, dado el caso, un cliente sospechaba que le habían dado menos tela de la acordada, solo tenía que caminar unos pasos hacia este pilar oficial. Allí, el frío granito dictaminaba la verdad de forma inapelable, convirtiéndose en el símbolo de la justicia comercial en la plaza.
Actualmente, la muesca sigue siendo palpable, invitando a los transeúntes a deslizar sus dedos por el surco que midió la riqueza de antaño. El origen de este instrumento de medida se remonta a la Edad Media, cuando la Plaza Chica era el centro neurálgico del concejo. Desde el año 1380, la villa contaba con autorización real para celebrar mercados semanales, lo que impulsó su crecimiento económico.
Las casas de la plaza, que originalmente estuvieron recubiertas de azulejos moriscos, servían de posadas y tiendas para los feriantes. Bajo los 27 soportales que rodean el recinto, el intercambio de productos exigía una estandarización clara para evitar el caos. La importancia de Zafra como ciudad de ferias desde los siglos XIV y XV justificaba la existencia de este patrón público permanente.
La plaza se diseñó con un carácter eminentemente mercantil, porticada tempranamente para proteger la actividad de las inclemencias del tiempo. Entre las columnas de la arquería, algunas de ellas incluso de origen romano, la vara destacaba como el pilar de la confianza. Fue este dinámico ambiente comercial el que forjó la identidad de la población, haciendo de su plaza menor un hito ineludible.
Desde un punto de vista técnico, la medida grabada en la piedra corresponde a la tradicional Vara Castellana. Aunque las medidas locales variaban según el territorio antes de la racionalización decimal, en Zafra se fijó este patrón de 83,53 centímetros. No se trata de una línea continua, pues en ella se pueden distinguir cinco marcas o muecas que subdividen la longitud total.
Estas subdivisiones permitían calcular medidas tradicionales menores como el palmo, la cuarta, el pie, el codo y la braza. Era un sistema complejo pero sumamente eficaz para la venta al por menor de retales o materiales de construcción. Por un lado, facilitaba el control del uso comercial de hilos y tejidos, y por otro, servía para contrastar las herramientas de los maestros.
Es curioso observar que el fuste de la columna es plano en su parte trasera, lo que sugiere que su ubicación original pudo ser otra. Posiblemente estuvo apoyada contra una pared antes de ser integrada en la estructura porticada que vemos en la actualidad. Para velar por el cumplimiento de estas normas y garantizar la paz en el mercado, existía la figura del almotacén.
Este funcionario público era el encargado de vigilar estrictamente que todos los pesos y medidas fueran correctos y legales. Su oficina o cuarto se encontraba precisamente en las cercanías de la Plaza Chica, permitiéndole una vigilancia constante de la actividad. El almotacén era el único autorizado para resolver conflictos de medición utilizando la vara grabada como referencia absoluta.
Su labor era vital en una sociedad donde el comercio justo era la base de la prosperidad y de la convivencia ciudadana. Cualquier alteración de las varas de madera personales era castigada, manteniendo así la integridad del sistema comercial de la villa. La presencia de este inspector aseguraba que nadie pudiera aprovecharse de la falta de unificación metrológica que imperaba en el país.
Así, la vara en la columna y el almotacén en su cuarto formaban un binomio institucional que protegía tanto al vecino como al forastero. Experiencia turística La historia de la vara no es solo un recuerdo del pasado, sino que a veces vuelve a encajar de forma sorprendente. En la actualidad, el legado de este sistema de medida ha inspirado iniciativas modernas de economía social en la propia localidad.
Zafra ha creado su propia moneda local denominada varamedí, un nombre que fusiona el maravedí medieval con la icónica vara de medir. Esta moneda social busca promover el comercio de proximidad y evitar que la riqueza abandone el entorno de la población. La vara de medir aparece ilustrada en los billetes de esta moneda, junto a figuras ilustres como la escritora Dulce Chacón.
Incluso se ha incluido lectura en braille en los billetes como una medida de inclusión social para todos los ciudadanos. De este modo, el antiguo patrón de la columna sigue siendo, en pleno siglo XXI, un símbolo de confianza y apoyo mutuo. Hoy es posible pagar un café o diversos servicios utilizando estos varamedís en el medio centenar de establecimientos adheridos.
El proyecto ha convertido a Zafra en un referente de las monedas alternativas, celebrando encuentros internacionales sobre el tema. Visitar este rincón de Extremadura es sumergirse en un entorno donde la arquitectura y la historia mercantil se funden armoniosamente. Recorrer el Arquillo del Pan y tocar la vara de medir es una experiencia obligada para cualquier turista que aprecie el patrimonio.
La oficina de turismo local ofrece rutas guiadas para descubrir estos secretos, desde el Alcázar hasta las columnas de mármol. Zafra invita al viajero a perderse por sus callejuelas y a intentar calcular, a simple vista, la longitud de la muesca sagrada. Allí donde el ladrillo y el granito cuentan historias de feriantes y almotacenes, la identidad de la villa se mantiene más fuerte que nunca.
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