En busca de la tranquilidad en la piscina municipal, aunque no siempre se encuentra
Siempre me ha gustado la gente con piscina, aunque ese amor no ha sido tan recíproco como hubiera deseado. En los peores días del verano, que son los días que no puedo salir de Madrid y Madrid no pued
Algo supuestamente divertido (II) En busca de la tranquilidad en la piscina municipal, aunque no siempre se encuentra Siempre me ha gustado la gente con piscina, aunque ese amor no ha sido tan recíproco como hubiera deseado Regala esta noticia Añádenos en Google Una familia disfrutando en una piscina pública. (Valerio Merino) Bruno Pardo Porto 04/08/2026 a las 01:38h. Siempre me ha gustado la gente con piscina, aunque ese amor no ha sido tan recíproco como hubiera deseado. En los peores días del verano, que son los días que no puedo salir de Madrid y Madrid no puede salir de mí, que es algo ... mucho peor, fantaseo con una de esas vidas que empiezan el día con un baño en la piscina; un baño antes del café, cuando el ruido no ha llegado a la mañana y nadie ha incumplido ninguna promesa todavía y lo único que te espera es un desayuno y tal vez volver a la cama, yo qué sé, volver al placer.
Imagino esas piscinas largas, silenciosas, apartadas de todo, tal vez en Capri, en Ibiza, en San Vicente del Mar: son piscinas que se complementan con la playa, que la completan… Pero los sueños sueños son, y aquí estamos, de nuevo en la brecha, pasando el QR para entrar a la piscina municipal del barrio de la Concepción, que es a un oasis lo que el Manzanares a un río, pero al menos está en Madrid, aquí al lado. La entrada son 2,20 euros. Es viernes a mediodía y la piscina está llena.
Es viernes, porque el fin de semana sería imposible estar aquí: es más fácil conseguir entrada para Bad Bunny que para darse un chapuzón un sábado. A esta hora los niños se cuentan por decenas, por cientos, si cierras los ojos por miles: dentro y fuera del agua, con flotador y sin él. Juegan a salpicarse o a mojarse con la pistola de agua estando en el agua, en una feliz redundancia que podría resumir el verano y la infancia, los veranos de la infancia, que son los más largos pero eso nadie te lo dice cuando eres pequeño, porque el contrato social consiste precisamente en ocultar información.
Nadie te dice a qué renuncias cuando sales al mercado laboral, nadie te dice que no volverás a ser niño hasta que te jubiles. Aquí, en la piscina, se tocan la felicidad de la niñez y la de la vejez, que son los principales usuarios del recinto… Si alguien cruzara España de piscina en piscina, como el nadador de Cheever, hoy sería un niño o un jubilado: es imposible pensar otra cosa aquí. Y otra obviedad: las piscinas de Hockney no eran piscinas públicas.
Sospecho que de todo este paisaje humano no le interesaría mucho más que la vista de los socorristas. Me acuerdo ahora de lo que le soltó a nuestro Fernando Castro, después de que este le dijera que añoraba el placer de sus piscinas: «Querido, verte en bañador puede ser una experiencia apocalíptica». —¿La piscina pública es charca?—le pregunté a una usuaria de piscina comunitaria. —La piscina pública es dura. Hay una pose aún por inmortalizar en la historia del arte, y es la que adoptan quienes entran a la piscina pero tienen frío, y suben los brazos como evitando mojarse más de la cuenta, pero con los codos doblados: parece que bailan una muiñeira, y aguantan así un rato.
Es un trabajo no para Hockney, en paz descanse, sino para un caricaturista, más bien. Newsletter No pasa mucho en esta piscina: tan solo la vida. La lectura de novela gorda y ligera, las cartas, los adolescentes siendo adolescentes, los socorristas mirando un horizonte que no es tal, el táper de fruta, el sándwich envuelto en papel albal.
Aquí yo no he visto muchas cosas, solo una vez, no hoy, vi caer a una paloma de un árbol, muerta de calor: aquello fue el acontecimiento de la semana, no se hablaba de otra cosa, la pobre paloma. Hoy los gorriones le roban las patatas fritas a los niños. El gran evento de la mañana es que una señora ha recuperado su anillo, perdido no sé si por quitárselo o por dejárselo puesto. —Ay, gracias, de verdad.
Es que no es tanto por el anillo. Es el valor sentimental— le dijo a la responsable de la piscina. —Ya te lo dije yo: ten fe mujer, que va a aparecer. —Gracias, de verdad. —Nada, mujer. Es el segundo anillo que encuentro este verano.
En una piscina española es difícil no pensar en Álvaro Muñoz, aquel niño de la piscina de Teruel que se hizo viral por decir en televisión: «Pues la tranquilidad, la tranquilidad es lo que más se busca. Llegas a otras piscinas de aquí de Teruel y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso...» Muñoz se hizo viral, y enfermó, pero ahora es un hombre de fe que dice: «El único refugio que tenía y tengo es la parroquia».
A Sonsoles Ónega le contó que quiere entrar al seminario… Noticia relacionada El crítico deambulante Nostalgia de las alcantarillas Fernando Castro Flórez En la piscina no hay mucha sombra, pero sí muchos valientes que no la necesitan. Hay mesas de pícnic, y la familiaridad de la repetición. Hay gente que se despide con un 'buen verano', como si se fueran al verano de verdad, que es el que empieza lejos de Madrid y cerca del mar.
Como si esto fuera pura supervivencia. Pero al cerrar los ojos suenan las chicharras y en la siesta puedes soñar con el mar. O con aquellas piscinas silenciosas. comentarios Reportar un error Algo supuestamente divertido (II) En busca de la tranquilidad en la piscina municipal, aunque no siempre se encuentra Siempre me ha gustado la gente con piscina, aunque ese amor no ha sido tan recíproco como hubiera deseado Regala esta noticia Añádenos en Google Una familia disfrutando en una piscina pública. (Valerio Merino) Bruno Pardo Porto 04/08/2026 a las 01:38h.
Siempre me ha gustado la gente con piscina, aunque ese amor no ha sido tan recíproco como hubiera deseado. En los peores días del verano, que son los días que no puedo salir de Madrid y Madrid no puede salir de mí, que es algo ... mucho peor, fantaseo con una de esas vidas que empiezan el día con un baño en la piscina; un baño antes del café, cuando el ruido no ha llegado a la mañana y nadie ha incumplido ninguna promesa todavía y lo único que te espera es un desayuno y tal vez volver a la cama, yo qué sé, volver al placer. Imagino esas piscinas largas, silenciosas, apartadas de todo, tal vez en Capri, en Ibiza, en San Vicente del Mar: son piscinas que se complementan con la playa, que la completan… Pero los sueños sueños son, y aquí estamos, de nuevo en la brecha, pasando el QR para entrar a la piscina municipal del barrio de la Concepción, que es a un oasis lo que el Manzanares a un río, pero al menos está en Madrid, aquí al lado.
La entrada son 2,20 euros. Es viernes a mediodía y la piscina está llena. Es viernes, porque el fin de semana sería imposible estar aquí: es más fácil conseguir entrada para Bad Bunny que para darse un chapuzón un sábado.
A esta hora los niños se cuentan por decenas, por cientos, si cierras los ojos por miles: dentro y fuera del agua, con flotador y sin él. Juegan a salpicarse o a mojarse con la pistola de agua estando en el agua, en una feliz redundancia que podría resumir el verano y la infancia, los veranos de la infancia, que son los más largos pero eso nadie te lo dice cuando eres pequeño, porque el contrato social consiste precisamente en ocultar información. Nadie te dice a qué renuncias cuando sales al mercado laboral, nadie te dice que no volverás a ser niño hasta que te jubiles.
Aquí, en la piscina, se tocan la felicidad de la niñez y la de la vejez, que son los principales usuarios del recinto… Si alguien cruzara España de piscina en piscina, como el nadador de Cheever, hoy sería un niño o un jubilado: es imposible pensar otra cosa aquí. Y otra obviedad: las piscinas de Hockney no eran piscinas públicas. Sospecho que de todo este paisaje humano no le interesaría mucho más que la vista de los socorristas.
Me acuerdo ahora de lo que le soltó a nuestro Fernando Castro, después de que este le dijera que añoraba el placer de sus piscinas: «Querido, verte en bañador puede ser una experiencia apocalíptica». —¿La piscina pública es charca?—le pregunté a una usuaria de piscina comunitaria. —La piscina pública es dura. Hay una pose aún por inmortalizar en la historia del arte, y es la que adoptan quienes entran a la piscina pero tienen frío, y suben los brazos como evitando mojarse más de la cuenta, pero con los codos doblados: parece que bailan una muiñeira, y aguantan así un rato. Es un trabajo no para Hockney, en paz descanse, sino para un caricaturista, más bien.
Newsletter No pasa mucho en esta piscina: tan solo la vida. La lectura de novela gorda y ligera, las cartas, los adolescentes siendo adolescentes, los socorristas mirando un horizonte que no es tal, el táper de fruta, el sándwich envuelto en papel albal. Aquí yo no he visto muchas cosas, solo una vez, no hoy, vi caer a una paloma de un árbol, muerta de calor: aquello fue el acontecimiento de la semana, no se hablaba de otra cosa, la pobre paloma.
Hoy los gorriones le roban las patatas fritas a los niños. El gran evento de la mañana es que una señora ha recuperado su anillo, perdido no sé si por quitárselo o por dejárselo puesto. —Ay, gracias, de verdad. Es que no es tanto por el anillo.
Es el valor sentimental— le dijo a la responsable de la piscina. —Ya te lo dije yo: ten fe mujer, que va a aparecer. —Gracias, de verdad. —Nada, mujer. Es el segundo anillo que encuentro este verano. En una piscina española es difícil no pensar en Álvaro Muñoz, aquel niño de la piscina de Teruel que se hizo viral por decir en televisión: «Pues la tranquilidad, la tranquilidad es lo que más se busca.
Llegas a otras piscinas de aquí de Teruel y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso...» Muñoz se hizo viral, y enfermó, pero ahora es un hombre de fe que dice: «El único refugio que tenía y tengo es la parroquia». A Sonsoles Ónega le contó que quiere entrar al seminario… Noticia relacionada El crítico deambulante Nostalgia de las alcantarillas Fernando Castro Flórez En la piscina no hay mucha sombra, pero sí muchos valientes que no la necesitan.
Hay mesas de pícnic, y la familiaridad de la repetición. Hay gente que se despide con un 'buen verano', como si se fueran al verano de verdad, que es el que empieza lejos de Madrid y cerca del mar. Como si esto fuera pura supervivencia.
Pero al cerrar los ojos suenan las chicharras y en la siesta puedes soñar con el mar. O con aquellas piscinas silenciosas. comentarios Reportar un error El crítico deambulante Nostalgia de las alcantarillas Fernando Castro Flórez Freidora de aire, heladera y ventilador: mis 3 imprescindibles de SharkNinja para el verano Alejandra Santisteban Guiu Jordi Cruz, sobre sus inicios en televisión: «Tuve dos años que viví la noche en Madrid. Probé cosas, pero no me sentaron bien»
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